Los retratos en la pintura de Juan Soriano

 

Los diarios literarios son quizá uno de los géneros que más disfruto leer, hasta ahora no me he detenido a pensar en cuál podría ser la razón para eso. Creo que tiene que ver con la libertad que ese espacio permite al escritor, con la sinceridad que hay en ellos y con una visión múltiple y a la vez única del mundo y del yo. En la pintura me sucede lo mismo con los retratos y autorretratos; encuentro en ellos un triángulo semiótico, un diálogo entre el pintor, el retratado y el espectador, siempre distinto.

En pintura el retrato está limitado a dos dimensiones que deben tener la capacidad de dar vida al universo de la persona retratada. Pero no sólo los autorretratos capturan la esencia del pintor, los retratos también enuncian el universo del autor. Un ejemplo son las obras del pintor mexicano Juan Soriano (1920-2006), famoso por sus esculturas monumentales y retratos. El pintor jalisciense discípulo de Jesús Reyes Ferreira, “Chucho” Reyes, es reconocido por haber pertenecido a la Generación de la Ruptura y por su trabajo en el teatro, la pintura, la escultura, la cerámica y la docencia.  

Juan Soriano recuerda que desde pequeño los rostros y rasgos de la gente le provocaban especial inquietud y que con el paso del tiempo encontró lo fascinante que era el cambio en cada persona de un momento a otro. Quizá una de las figuras que más lo impactaron fue la de Guadalupe Marín, “Lupe Marín”, novelista y modelo mexicana, a quien dedicó en 1962 una serie de retratos entre los que se incluyen dibujos, pinturas, acuarelas y bocetos.

Retrato de Lupe Marín, 1962

Sobre estos retratos Juan García Ponce escribe:

En la figura de Lupe Marín, Soriano ve todo un aspecto de la vida de México durante los años que determinaron su formación y ve, además, algo que va todavía mucho más adentro: la imagen arquetípica de la mujer. En sus dos aspectos la modelo tocaba de este modo dos elementos fundamentales en la vida de Soriano: la realidad histórica, podríamos decir, en que le ha tocado desarrollarse como persona y como artista, y la psicológica, que en cierta medida determina su manera de enfrentarse a esa realidad.[1]

Hay, evidentemente, una conexión entre la figura de la retratada y la visión personal de Soriano. Los rasgos cambian en cada representación; a veces las manos, a veces la nariz, a veces los ojos, el protagonismo de cada uno va más allá del estilo o la búsqueda de la perfección. Lo que parece querer decir cada imagen es algo que abarca mucho más que solamente un rostro o una visión, es la revelación de una verdad que de tan particular es también universal.

La sinceridad es impresionante, es tan real e íntima que no necesita mirarnos a los ojos; lo que tiene que decir es a fin de cuentas un mensaje cifrado en el lenguaje de cada uno. En el momento de observar nos enfrentamos con una realidad capturada en el tiempo a través de una lente dirigida específicamente a nosotros, como si fuéramos el punto de partida y también el de llegada.

Retrato de Elena Garro, 1948

La historia del arte nos dice que los primeros retratos de las civilizaciones antiguas eran representaciones de dioses y gobernantes, luego de figuras alegóricas y bíblicas, y posteriormente en el barroco fueron signo de estatus y poder. En esta época los retratos se acompañaban con símbolos.

Se da así una especie de transformación de un carácter sagrado a uno profano, pero con el mismo objetivo de exaltar, descifrar o traducir lo que una persona es en un momento determinado. En los retratos modernos el énfasis muchas veces recae en el rostro y en los ojos porque a través del tiempo éstos se han consolidado como el signo más evidente del alma.

En el caso de Juan Soriano resulta curioso que la mirada no siempre es directa y que el símbolo va más allá de ser un acompañamiento, sino que toda la figura se enuncia en el cuadro como una representación o abstracción de lo que encarna una persona. Esa característica tampoco se limita a la interpretación ni del retratado ni mucho menos del autor, aunque definitivamente exista un diálogo que sucede en quien observa.

Retrato de Diego de Mesa con perro,
1948

A pesar de ello, el encuentro entre la imagen y el espectador parece casual, en ocasiones  nos confronta, pero otras sólo observamos desde fuera como sorprendidos en el mismo hastío o interés de un momento cotidiano en el cual miramos por la ventana, escribimos o nos encontramos de frente con nuestra propia imagen.

En los diarios podemos encontrar retazos de situaciones y experiencias, fragmentos con una visión especial del momento en que fueron escritos, también reflexiones posteriores que van construyendo de a poco la imagen de quien escribe y, mientras leemos, también la nuestra. Se trata de un proceso de abstracción y síntesis en el que, como si fuéramos Picasso, imaginamos una pierna, un ojo o un dedo en su forma más esencial y a partir de cada pieza construimos una visión del otro que también refleja al observador.

Juan Soriano - Autorretrato
Autorretrato, 1952

[1] García Ponce, J. (1962). Lupe Marín por Juan Soriano. Universidad de México, pp. 26-28. https://www.revistadelauniversidad.mx/download/afa5e5f8-e51b-4108-9cd1-82637875b25d?filename=lupe-marin-por-juan-soriano-(ii)

 

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