Temporada de huracanes, una vorágine de voces

Al iniciar un relato, lo primero que podemos leer (aparte del título y nombre del capítulo, quizá) es una voz: la de un narrador que da los primeros detalles de la historia. La voz que articula y forma las palabras nos somete a su ritmo y visión, nos vuelve partícipes del juego del autor y nos reta a seguirle la pista en la narrativa.

Temporada de huracanes de Fernanda Melchor juega con esta idea desde el inicio de la novela donde somos testigos de la muerte de la Bruja en la comunidad de La Matosa, un pequeño poblado en el que la esperanza se vuelve monotonía y abandono. La historia comienza cuando un grupo de niños encuentra el cadáver putrefacto de la Bruja, es entonces cuando el narrador se vuelve la misma voz del pueblo que revela cada detalle escabroso de los involucrados en el crimen hasta dejarnos ver las consecuencias de esta muerte tanto en lo interno como en lo externo del poblado.

El relato abre con la muerte, con el final de una vida, y es este elemento el que moldea (o desfigura) la estructura y los personajes de la novela. Desde el inicio, la voz narrativa se vuelve una ráfaga que arrasa con cualquier punto y aparte para resaltar la voz de los dimes y diretes tan común en el habla popular.

De esta manera, un cúmulo de voces, al igual que un conjunto de vientos en un huracán, se entremezclan desde el segundo capítulo para dar paso al testimonio de uno, dos y hasta tres personajes en un mismo hilo narrativo. Esta ferocidad vuelve a los capítulos de largo aliento con la finalidad de envolver el hecho central (la muerte de la Bruja) y postrarlo como el ojo del huracán, un epicentro del que se parte para conocer a los involucrados. 

Cuando este remolino toma su forma, los personajes muestran su cara. La autora nos presenta dos tipos de personajes: los femeninos y los masculinos, ambos motivados por la violencia, el abandono, el erotismo y los deseos. Luismi, Brando y el Munra son la tríada que representa el lado masculino del cosmos de Fernanda Melchor: estos personajes son la pasividad, la haraganería, la violencia y el exceso, es decir, son unos completos buenos para nada. Mientras que Chabela, Norma, Yesenia y su abuela representan un matriarcado silencioso (o silenciado) que motiva las acciones, que provee y hace algo más o menos aceptable de sus contrapartes (y parejas), son ellas quienes (sobre)viven La Matosa por cualquier medio y buscan un atisbo de luz, aunque sea para un momento de tranquilidad.

Por su parte, Luismi es un adolescente que pasa la mayor parte del día drogado para no sentir nada y abstraerse de la realidad. Su madre, Chabela, es una prostituta que mantiene al Munra, su pareja actual y que es un simple palero de personajes políticos. Cuando Norma, una niña de 13 años llega a La Matosa por accidente, se encuentra con Luismi y éste la invita a su “casa” de láminas en el patio de la casa de su madre, y pronto ella trata de cuidarlo para mostrarle su agradecimiento.

Tanto Norma como Chabela son las encargadas de “mantener” a flote a Luismi y Munra. Las mujeres de Melchor soportan los vientos álgidos de la historia, se vuelven parte de ellos. Ambas son víctimas de la desesperanza y violencia, pero también son las únicas quienes buscan una oportunidad de cambiar su realidad.

Es en este punto donde apreciamos la propuesta clara de la autora: revelar las diferentes formas en las que la violencia puede golpear y deformar la cotidianeidad. En La Matosa, las mismas voces que acusan son aquellas que no salen a la superficie, no nombran lo que no quieren ver y el silencio termina por aterrizar para normalizar la situación. Violaciones, deseos retorcidos y parafilias son sólo algunas de las aberraciones que se esconden en las gargantas de los personajes.

Al final, el asesinato es sólo un hecho que cobra importancia por la “fortuna” que la Bruja dejó en su hogar. Se vuelve un conflicto de poder en el que el cuerpo asesinado ya no es protagonista, ni siquiera la muerte, sino que deja su lugar a la desolación que advierte al lector sobre lo profundo que puede caer el ser humano.

Temporada de huracanes de Fernanda Melchor utiliza una narrativa para contar una realidad violenta, para ver cómo esta misma violencia influye desde la lengua y termina en un agujero donde apenas un atisbo de luz puede marcar la esperanza de un final o quizá de un principio. Todo junto y revuelto, como los vientos huracanados.

Pensándolo bien, en el México actual es imposible contar historias con finales felices.

Déjanos tu comentario
Tags:

Tal vez pueda interesarte...