Alguien cancele a Roland Barthes

 

Hace tiempo pensaba en todas las polémicas declaraciones que algunos cineastas, músicos e, incluso, actores han manifestado y por las cuales se les ha castigado severamente con el yugo de la bendita cancelación (aunque ésta no dure más que un día mientras es tendencia en Twitter). Lo cierto es que en el caso de los escritores la cancelación pareciera no aplicarse y la razón es obvia: “la escritura es la destrucción de toda voz”.

La cita anterior es de Roland Barthes y aparece en un ensayo titulado “La muerte del autor”. Dicha sentencia no tiene el más mínimo sentido de justificar o “perdonar” al creador que está detrás de la obra, sino que nos invita a poner cierta distancia y hacer un sacrificio, porque siempre debe haber quien pierda cuando hay un tercero en discordia (autor, obra y lector).

Lo anterior tiene como base la imagen que la crítica literaria ha hecho del autor, es decir, él pasa a ser, de manera tiránica, el centro de la literatura dentro de la cultura (aquí podríamos extenderlo al arte en general). Barthes menciona que siempre tendemos a pensar en que la explicación de una obra depende de los defectos o aciertos de su autor, por ejemplo, la obra de Charles Bukowski es el resultado de su machismo y alcoholismo, pero esto no es así.

El imperio del autor

Como ya se dijo, la crítica puso en una especie de pedestal al autor pero, gracias a las vanguardias, el lenguaje mismo fue el que ponía las obras en ese podio y así comenzó a desplazar poco a poco al autor. Esto ocurrió porque el tiempo iba pasando y los surrealistas fueron los que, con la escritura automática, terminaron por superponer al lenguaje.

Roland Barthes menciona que Brecht fue quien propuso un alejamiento del autor y la obra, pues el autor del texto se queda en el mismo tiempo donde lo escribió (o creó)  mientras que el tiempo de la enunciación no envejece, es aquí y ahora. Barthes menciona lo siguiente:

Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje Autor-Dios) sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que concuerdan y contrastan diversas escrituras y citas provenientes de los mil focos de cultura.

Devolverle el fuego al lector

Roland Barthes nos cuenta que la obra tiene múltiples dimensiones y escrituras, las cuales provienen de diversas influencias, por lo que establecen un diálogo entre ellas y el lector. Para el crítico francés, la unidad del texto (poético, pictórico, artístico) se da gracias a quien entiende que no es la persona quien escribe la que habla, sino que detrás de algún personaje hay, por lo menos, dos dimensiones y es el lector el que las encuentra e interpreta.

A diferencia del autor, es el lector del texto artístico quien no tiene historia, biografía o psicología que ponga un velo sobre la obra, pues esos fueron algunos de los aspectos utilizados por la crítica clásica para poner el  único reflector en quien escribe y no en quien percibe. Ante ello Roland Barthes sentencia: “el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor.”

La cancelación y el nacimiento del lector

Con el contexto anterior entonces, ¿qué podemos hacer frente a la cultura de la cancelación? La respuesta más o menos la tenemos clara y es: confiar en nuestro análisis, como lectores, de cualquier discurso y texto. No siempre las personas detrás de un buen discurso tienen la razón absoluta y, por supuesto, debemos poner cierta distancia en, por ejemplo, las películas de Woody Allen, los textos de Octavio Paz o del trabajo de Andy Warhol, para poder entender la obra más allá de la sombra del autor, pues los aciertos o vicios de un texto no son de ninguna manera la representación del autor sino del diálogo entre culturas y obras.

Tomémonos en serio el papel de un Prometeo del siglo XXI con el fuego que puede quemar la imagen del autor a través de nuestra función del lector y no mediante la cultura de la cancelación donde sigue imperando el mito del autor. Quememos ese mito con el análisis de la obra misma. 

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