De la ociosidad, un ensayo de Michel de Montaigne

El 28 de febrero de 1571, Michel de Montaigne decidió retirarse de la vida pública y aislarse en su hogar para escribir sus famosos ensayos. La intención del escritor francés era poder estar a solas con su pensamiento y, de una vez por todas, darle forma a todas aquellas reflexiones que eran parte de su vida diaria. Tras aprender, y en muchos casos memorizar, las grandes lecciones de los clásicos, Michel de Montaigne entremezcló estas voces con su contexto y su historia para ampliar su pensamiento.

Aunque su objetivo principal fue escribir sus ensayos, en muchas ocasiones Montaigne no pudo evitar los estragos del ocio. Ante esto, el autor tenía una postura firme: el ocio debía ser regulado y sometido a un estricta disciplina para que no se convirtiera en un vicio. En su ensayo “La ociosidad”, Michel de Montaigne explica por qué deberíamos ocupar nuestra mente en tareas y no entregarnos al ocio de tiempo completo. En esta ocasión, te compartimos completo este breve ensayo cuya traducción fue tomada de la edición de Los ensayos de Acantilado a cargo de J. Bayod Brau:

Libro I, capítulo VIII
La ociosidad

Vemos que las tierras ociosas, si son ricas y fértiles, rebosan de cien mil clases de hierbas salvajes e inútiles, y que, para mantenerlas a raya, es preciso someterlas y dedicarlas a determinadas semillas para nuestro servicio.[1] Y vemos asimismo que las mujeres producen por sí mismas pedazos de carne informes, pero que, para efectuar una generación buena y natural, hay que ocuparlas con otra semilla.[2] Lo mismo ocurre con los espíritus. Si no los ocupamos en un asunto determinado que los refrene y obligue, se lanzan en desorden, a diestro y siniestro, por el vago campo de las imaginaciones:

Como en un vaso de bronce, la luz temblorosa del agua que refleja el sol o la imagen de la luna revolotea a lo lejos, surge en el aire y golpea los artesonados de los techos más altos.[3]

Y no hay locura ni desvarío que no produzcan en tal agitación,

como sueños de un enfermo, se forjan vanas imágenes.[4]

El alma que no tiene un objetivo establecido, se pierde. Porque, como suele decirse, estar en todas partes es no estar en lugar alguno:[5]

Quien habita por doquier, Máximo, no habita en parte alguna.[6]

Recientemente me retiré a mi casa, decidido a no hacer otra cosa, en la medida de mis fuerzas, que pasar descansando y apartado la poca vida que me resta. Se me antojaba que no podía hacerle mayor favor a mi espíritu que dejarlo conversar en completa ociosidad consigo mismo, y detenerse y fijarse en sí. Esperaba que, a partir de entonces, podría lograrlo con más facilidad, pues con el tiempo se habría vuelto más grave y más maduro. Pero veo,

la ociosidad vuelve siempre el espíritu inestable,[7]

que, al contrario, como un caballo desbocado, se lanza con cien veces más fuerza a la carrera por sí mismo de lo que lo hacía por otros. Y me alumbra tantas quimeras y monstruos fantásticos, encabalgados los unos sobre los otros, sin orden ni propósito, que, para contemplar a mis anchas su insensatez y extrañeza, he empezado a registrarlos, esperando causarle con el tiempo vergüenza a sí mismo.

En un contexto actual, el ocio ha experimentado un ligero cambio de paradigma como fuente de creatividad, descanso y relajación necesario ante el extenuante ritmo de vida. Sin embargo, no hay que dejar de lado la visión que Michel de Montaigne nos brinda en su texto «La ociosidad» para enfocar esos momentos y no perder la estabilidad del espíritu.

Referencias

Montaigne, Michel de. “La ociosidad” en Los ensayos de Montaigne. Acantilado, Barcelona, 2007.

[1] Cfr. Pedro Mexía, Silva de varia lección.
[2] Plutarco, Deberes del matrimonio.
[3] Virgilio, Eneida.
[4] Horacio, Arte poética.
[5] Seneca, Cartas a Lucilio.
[6] Marcial, VII.
[7] Lucano, IV.

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