Evocación en Sed de Mar de Esther Seligson

El género epistolar lleva a un mayor acercamiento, a una intimidad. Por su escritura en primera persona,  provoca la sensación de leer el alma, el corazón de quien escribe. Algunos verbos emergen en nuestra conciencia al tener una carta: desnudar, desvestirse. Estos connotan la transparencia del acto, su pulcritud. Más que una transparencia, muestran una revelación. La carta posee ese toque pudoroso y prohibido que atrae y seduce. Sed de mar de Esther Seligson no es la excepción.

Autora del siglo XX, aficionada al tarot y a la filosofía, Seligson fue traductora de Emil Ciorán por quien se sentía atraída: “La fascinación por la locura, por lo insensato, por la ruptura, y el dolor de la imposibilidad, la unían al pensador rumano.”[1] Con estos antecedentes se puede apreciar cómo la autora pudo haber concebido un libro como lo es Sed de Mar donde el matiz introspectivo y solipsista se manifiesta.

Son tres los narradores, en las cartas, que conforman esta obra: Penélope, Euriclea y Ulises. La perspectiva de Penélope enriquece nuestra lectura de la Odisea, obra magnánima que sirve de punto de partida para toda la literatura contemporánea. El cansancio, la pérdida de la esperanza porque Ulises regrese, la soledad y el abatimiento recorren sus líneas. Asistimos, con su lectura, al choque entre el silencio y la palabra. El silencio que prevalece en el corazón de Penélope sin Ulises y el eco de su palabra que vive en el recuerdo. Seligson al darle voz a esta dama resignifica el relato homérico. La forma de su narración recuerda al monólogo de Molly Bloom del relato de Joyce. Está escrita a renglón seguido y sin separación entre párrafos.

El erotismo desempeña un papel importante. Ella anhela la caricia, el tacto olvidado, el roce perdido. El ausente se vuelve a nuestros ojos un truhan y nos preguntamos ¿por qué abandonar casa y familia por una guerra ajena? El hijo crece sin su padre y Penélope se refugia en la añoranza. Explica ella: “Y sí, el tempo del amor es un tiempo robado al Tiempo, y ese hurto hay que pagarlo, los Dioses lo exigen sin clemencia.”[2] Se paga por tomar prestado algo que solo les pertenece a las deidades. La tristeza, el dolor, el olvido, son la substancia de ese pago.

El tiempo se asocia con el polvo. Surge entonces una metáfora recurrente: la volatilidad de la vida, su ligereza, su caducidad. El mar está presente de continuo, es aquello que la separa de su amado y es también una extensión de él. Sabe que, tras esas aguas, en algún punto remoto, se encuentra su Ulises. Ahora ella está confinada en su habitación, alejada de la osadía de los pretendientes que la acechan. Su identidad se pierde. Era ella misma en la boca de su amado, en sus besos, en sus caricias se reconocía. En su ausencia se pierde.

La siguiente intervención es de Euriclea, quien es algo así como la sirvienta. Es una anciana que le escribe a Ulises y le cuenta cómo es el pesar de Penélope por su ausencia. Ella misma se compara con su ama ya que describe lo que le aconteció. Pone de manifiesto la intensidad del amor que ella siente por él y también se nos hace notar los defectos de este llamado héroe. Al haber un cambio de punto de vista, se nos muestra la humanidad del héroe griego. Euriclea le señala el abandono con que dejó a su casa y su familia. Por supuesto, el centro de la narración es Penélope y de ella salen a relucir otras quejas.

Por ejemplo, le dice a su amo que nunca supo alcanzar aquello que trasciende a la caricia, al erotismo carnal, nunca llegó a ese punto supraterrenal, la nodriza lo explica así: “¿Acaso piensas que en nosotras todo gira alrededor de la caricia? Mas si la evidencia nos traiciona es para que ustedes vislumbren el otro puente, ese que conduce a lo invisible y a lo más secreto.”[3] Esta asociación con un puente hace que la idea de trascendencia sea más visible, pues trascender es, en cierto sentido, cruzar un puente.

Es con el tercer narrador de Esther Seligson con el que entramos al terreno de la réplica. Ulises se muestra indignado ante las palabras que la nodriza le ha dedicado. Arguye que, tras ese viaje, subyace el verdadero encuentro con el amor. Aquí Ulises nos habla de un amor distinto al conocido. Define a este sentimiento como una lucha consigo mismo y lo asemeja al del mito del Minotauro: “Para nosotros es conquista, entrar al laberinto y enfrentar al Minotauro, y en ese cara a cara nuestro amor se va desdibujando: es nuestra voz la que escucha, nuestro miedo indefenso, es la vulnerable soledad lo que hay que vencer a solas.”[4] La noción de conquista abre la pauta para la idea de que el hombre es el conquistador. Sin embargo, en su viaje él es quien es apresado por las mujeres que lo desean. Ejemplo de ello es Calipso quien lo retiene en su isla y le promete la inmortalidad. Entonces Ulises está condenado a estar con ella por varios años, cumpliendo el deseo de la diosa.

La parte final nos conduce a una posibilidad que no era concebible, al menos con la sola lectura de la Odisea. Este sería un final de vuelta de tuerca, si estuviéramos en presencia de un cuento o novela porque invita a ser increíble. Penélope no aguanta la espera de su amado y se marcha. Ella le pide a Ulises, por medio del intermediario que es la carta, que la nombre como guste, aunque también le recuerda el nombre que ostentó para engañar al Cíclope: Nadie. Ese nombre, explica, le viene más a ella.

Ese texto es atractivo porque devela el silencio con que la reina de Ítaca había permanecido en la historia de Homero. No está por demás decir que en relato canónico la voz femenina pasa a segundo plano y no se le da relevancia. Por eso el texto de Seligson es la reivindicación de la narración ancestral.

Existen vacíos adrede entre líneas de las cartas, esta estrategia se usa para subrayar que pasaron antes por las manos de Euriclea y que ella misma optó por prescindir de ciertas líneas, otro gesto de la gran técnica narrativa de Esther Seligson.

Esta historia epistolar corta logra provocar en nosotros conexión y empatía con Penélope, la que fue abandonada por Ulises. Nos conmueve con su relato de primera mano. Nos acerca a la perspectiva femenil y nos pone en su de su lado. Texto exuberante y feliz.

[1] Sandra Lorenzano. (2017) “La cicatriz de la memoria”, Pág.10

[2] Cuentos reunidos. (2017), Pág. 129

[3] Ibidem, Pág. 137

[4] Ibidem, Pág. 142

 

Texto por: José López Avendaño

 

Bibliografía

Sánchez, Carmen (2014) La poética del cuerpo y la construcción de la identidad femenina en Sed de mar, de Esther Seligson. UNAM: México.

Seligson, Esther (2017) Cuentos reunidos, Malpaso: España.

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