Ellos – Alberto Becerril Iturriaga (México)

Hay un escándalo afuera, los perros ladran y aúllan como desquiciados, pero no hay de qué temer, no son ellos, es tu padre y su amigo Rogelio, vienen cargando algo o a alguien, casi no veo bien por culpa de estas méndigas tablas. Yo también tengo miedo, pero no temas.

¿Escuchas, Raulito? Ya entraron, sus pisadas están por toda la casa, quizás sí ocurrió algo malo, un herido tal vez, ya ves que con eso de que los militares están en las calles cada vez es más peligroso, pero… no sé quién me da más miedo, si los militares o ellos… Shh, no hables, creo alguien está subiendo por las escaleras, deja ver quién es, mientras escóndete aquí, sí, aquí, apúrate.

¿Quién es? Sí, aquí estamos, no, no nos pasó nada, pero tu hermano Raulito tiene hambre, pregúntale a tu papá si trajo lo que le encargué. Ve, corre, por favor, yo casi no tengo hambre, pero a tu hermano ya le crujen las tripas.

Ya se fue. Era tu hermano Luis, subió a ver cómo estábamos, le dije que fuera con tu papá para que nos trajera lo que le encargué…Espera aquí, voy a asomarme por la rendija de la puerta, pues tu hermano ya se tardó en subir.

No veo nada, cada vez tu papá cierra más la puerta, si seguimos así, en un tiempo me será imposible ver hacia el pasillo; yo sé que esto nos puede mantener a salvo de ellos, pero hay veces que me gusta ver qué ocurre en la casa. No mi niño, no llores, piensa que son sólo truenos, pronto se pasarán.      

¿Recuerdas cuando nos mudamos por primera vez acá arriba? También había balazos y duraron muy poco. Recuerda que lo hacen para ahuyentar a la gente que está en la calle después del toque, por eso me extraña que tu padre y Rogelio hayan llegado a casa después.

Ya se tardó tu hermano y tu tripita ruge con más fuerza. Lo sé, mi niño, yo también tengo un poco de hambre. ¡Mierda! Se me olvidó decirle a Luisito que también le dijera a tu papá que nos arreglara la luz, casi no puedo ver tu carita, sólo el brillo de tus ojitos me revela si sigues despierto… Espera, no llores, le gritaré a tu hermano que suba ya con la comida.

¡Luis! ¡Luisito!

No me escucha. Se ven las luces encendidas del pasillo y la planta baja. Oigo ruidos, como si caminaran muy deprisa, también me pareció oír un gemido.

¡Luis! ¡Luisito!

No, quédate ahí, Raulito, no te acerques, es peligroso, tal vez no recuerdes pero hace tiempo intentaron llevarte. No sé cómo le hagan, no sé si te huelan. Por fortuna te pude rescatar. Lo siento, a mí también me pone triste mantenerte aquí, pero es para protegerte, sé que también te gustaría ver por la ventana, pero tengo miedo de que te lleven.

¿Recuerdas a Pablo, el hijo de Teo? Sí, ese de cabello cortito, pues a él se lo llevaron. A mí me contó Teo cuando yo aún podía salir a la calle, me dijo que ellos se llevaron a su hijo. Le comenté a tu papá. Nunca me creyó, después cambió de opinión cuando a ti te iban a llevar.

No lo sé, no tengo idea de dónde vengan. ¡Por supuesto! Son horribles, además de que su olor es asqueroso. Por mala fortuna de ellos, sabemos cuando están cerca. No, no huele como aquí, ¿ya no recuerdas su olor? Bueno, mejor así…

¡Ah!, creí que ya dormías, por un momento dejé de ver el brillo de tus ojitos. Muchas gracias, hijo. Sí, nuestros ojos son iguales. Mira, te propongo algo, te dejaré asomarte entre las cobijas cuando suba tu hermano Luisito con la comida para que no te olvides de él, ¿vale?

¿Escuchas? Ya no hay balazos, se esfumaron, te digo que así pasa, por eso te hablo, te hablo mucho para que no te asustes y tu mente se olvide de ello y pienses en otras cosas. ¡Oh! ¿Escuchas? Creo que es tu hermano. ¿Luisito, eres tú? Espérame aquí, Raulito, tápate con las cobijas, rápido, rápido.

Luisito, por fin, ¿por qué tardaste tanto tiempo? Tu hermanito ya tiene sueño y no se puede dormir si no come, ¿por qué tardaste? ¿Qué es esto? Esto no le pedí a tu padre, no le daré de comer esta porquería a Raulito. Regrésalo y dile que no comeremos eso, ¿pues qué se cree tu padre?

¡Ah! Y antes de que te vayas, dile que si puede arreglar la luz, llevamos varios días o creo semanas sin poder ver nada. Creo es el foco que está fundido, traté de cambiarlo, pero está atorado. Dile que Raulito no puede verme y se tropieza cuando camina, yo porque soy cuidadosa y conozco perfectamente el cuarto.

Oye, otra cosa, qué está pasando, ¿eh? Vi que Rogelio y tu padre metieron a alguien a la casa. ¿Cómo que no me puedes decir? Me lleva la chingada, soy tu madre y exijo que me digas, ¡carajo!

Así está mejor, umm…, no estoy de acuerdo, eso es peligroso, es una irresponsabilidad de tu padre… ¡Eh! ¿Ya revisaron que no se trate de uno de ellos?

Deberías quedarte conmigo y tu hermanito, aquí estarás a salvo, ven, acércate, abre la puerta, yo sé que tu papá tiene la llave, dile que te la dé y entras con nosotros. ¿Por qué no me miras? ¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo? ¡Luis! No te vayas, ven, regresa, ve por la llave. Hijo, Luis, tengo miedo, regresa, no sabemos si a quien metieron a la casa es uno de ellos, puede estar disfrazado, mentirles, ¡huélelo!, ¡huélelo!, su olor lo delatará, casi siempre huelen a mierda, a muerto, a podrido. ¡Luis! ¡Luis!

Ay, hijito mío, Raulito, tu padre ha cometido una gran pendejada, dejó entrar a uno de ellos, lo sabía, por algo los perros estaban como locos. Tu padre, tu padre… Es un pendejo, un imbécil, cómo expone así a su familia. Ven, debemos escondernos, abajo, sí, debajo de la cama, ahí estaremos a salvo. Hijito, no quiero espantarte, pero debes saber algo, es necesario para que estés al tanto, para que lo sepas.

Mira, ellos siempre están en la calle, rondando nuestra casa, los he visto, están afuera esperando el momento en que salgamos o buscando la forma de entrar. Oigo cuando mastican y trituran los huesos, la carne de sus víctimas. Son varios, son horrendos, tú eras muy niño y por eso no recuerdas, y qué bueno, me alegra mucho, pero, tu padre, tu padre se quedó inmóvil, asustado cuando los vio.

Salen por las noches, los veo por las pequeñas rendijas de la ventana. Nadie sabe de dónde vinieron ni cuándo llegaron, sólo una noche estaban allí, afuera, cazando. Mi hermana me contó que a uno de sus vecinos se lo comieron entero frente a sus padres, sólo escucharon sus gritos. Nadie salió a ayudarles.

Ay, hijo, me moriría si algo así te pasara… También tu papá…  ¿Sabes, hijito? Debo confesarte que he olvidado un poco el rostro de tu padre, no sé si tenga bigote o el cabello largo o si es apuesto. ¿Tú te acuerdas? Qué pregunta tan estúpida, perdóname, hijito.

Escucha. Son ellos, están afuera, ¿logras escuchar sus pisadas? Son pesadas y constantes, así se la pasan toda la noche. Lamento que aún no te hayas dormido, creo que el hambre te ha mantenido despierto. Tu padre es un desgraciado, un culero, no trajo la comida, pobre de ti, mijito, no tienes por qué soportar todo esto. Tu pancita sigue crujiendo, deja ver si por aquí hay algo que sobró de hace unos días. ¡Ah, mira! Creo es pan, no lo sé, esto te puede ayudar con tu pancita.

Creo que alguien sube, ¿puedes escuchar sus pisadas, hijito?  Sí, estoy aquí. Es tu padre. Llegó en el mejor momento, ellos están afuera y tu padre llegó por nosotros. ¡Espera! Raulito, quédate aquí. ¿Por qué me das la espalda? No tengo mucho espacio para ver, pero claramente veo tu espalda. Le acabo de confesar a Raulito que estoy empezando a olvidarme de tu rostro. ¿Por qué ya no subes? Nos tienes abandonados. Veme, voltéate, acércate que quiero ver tu rostro, recordar cómo eres. ¿Por qué no? No seas un ingrato. Mide tus palabras, tu hijo te está escuchando. ¿Cuándo fue la última vez que subiste, la última vez que hablaste conmigo, eh? ¿Hace cuánto no ves a tu hijo? No sólo Luis es tu hijo. Eres un malnacido, un pendejo. ¡Allá fuera están ellos y acabas de meter a uno! No me voy a calmar. Tú sabes que los viste, te quedaste paralizado de miedo. ¡No mientas!, ¡no mientas! Ahora mismo están afuera, asómate si quieres comprobarlo, ¿o te da miedo? ¿Quieres que te recuerde ese día? ¿Que te refresque la memoria? ¿Por qué lo niegas? Voltéate y dame la cara, Esteban, por favor, mírame.

¿Por qué te quedaste sin palabras? ¿Crees que soy uno de ellos? ¿Eso piensas? No lo soy, no seas pendejo, tú eres el pendejo, dejaste entrar a uno. Huélelo, te pido que lo huelas, tú sabes cómo huelen, ese aroma que no te pudiste quitar en casi una semana. ¿Recuerdas que te bañabas diario? Su olor es de muerte. Te pido que lo huelas…

¡Ay! ¿Los escuchas? Siguen afuera. ¡Ay, Esteban! Por favor no los dejes entrar, saben que Raulito está conmigo, no sé cómo lo supieron. ¡Ay! ¿Los oyes? Están golpeando las puertas, rasguñan las malditas paredes. ¿Escuchas sus malditos alaridos como de cerdos? Están muy violentos. No te vayas, quédate con nosotros, trae a Luisito y quédense aquí. ¡Ay! Romperán las ventanas. Cierra bien las puertas. ¿Qué pasa? ¿Por qué están así? Se volvieron locos.

¡Espera! Trae a Luisito y entra con nosotros, no es seguro. ¡Luisito, hijo! ¡Ay! Ya entraron, baja por él, Esteban. ¡Corre! ¡Corre! ¡Luis! ¡Luis!

Debemos ocultarnos, Raulito, creo que han entrado a la casa. Escucha sus pisadas, están desesperados, nos están buscando. ¿Puedes oler? No llores, no llores. Hay uno que está mirando hacia la ventana. Ay, Dios mío, ¿pero qué trae en la cara o acaso esa será su cara? No llores, cállate, por favor, nos delatarás. En un segundo estoy contigo, pero ya deja de llorar.

¡Ay! Están subiendo por las escaleras, escucha sus pisadas. ¡Ay, Dios mío! Parecen enojados, su respiración está acelerada. Sí, hijo, como la de un cerdo, pero no lo son, quién sabe qué sean. Cállate, cállate.

Escóndete, aquí, ven, hazte bolita. No los escuches. ¡Qué espantosa voz! Pensé que no hablaban. Su voz me provoca más miedo que oírlos masticar. ¡Ay, Dios mío,ayúdanos, ayúdanos! ¡No permitas que entren, te lo ruego por favor!     

¡Ay! ¡Ay! No los escuches, hijito, no los escuches. Cúbrete tus orejitas y piensa cuando nos fuimos a Puerto Vallarta, ¿te acuerdas? Fue la primera vez que fuimos en familia, Luisito te cargó porque te daba miedo el mar, pero después se te fue quitando hasta que te metiste con él. Te tomé una foto, están juntitos…

¡Ay!, ¡ay!, pero ¿qué son? Esos sonidos son… ¡Ay! ¡Ay!… Raulito, no los escuches, sigue oyendo mi voz. La foto te hizo muy feliz, después de ahí fuimos al acuario, te encantaron las tortugas… ¡Ay!, ¡ay! Resoplan muy feo, sí, como cerdos, pero no lo son. Te tomamos una foto con… ¡Ya déjenos en paz! ¡Lárguense! No los escuches,hijo, no los escuches… Después nos subimos al barco y conocimos a gente muy linda, a una… ¡Ya basta! ¡Lárguense! ¡Aquí no está lo que están buscando! Cúbrete los oídos, no los escuches, no los escuches… Tirarán la puerta…

¡No! ¡Raulito! ¡Hijo! ¡No se lo lleven! ¿¡Qué le hacen…!?

 

Alberto Becerril Iturriaga (Ciudad de México, 1991)

Es licenciado en sociología y especialista en género en educación. Cuenta con colaboraciones en revistas nacionales e internacionales entre las que destacan los cuentos «Departamento 506» en la revista Tierra Adentro (México), «Sobrevivientes» en Gata que ladra (México), «Confesión» que integra la antología de cuentos Encuentro en otros mundos de la editorial El Gato descalzo (Perú), «Sentencia» en la revista Noche Laberinto (Colombia). También ha publicado la novela El secreto del tío Édgar en 2013 en España y, posteriormente, en 2015 en editorial Porrúa.

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