William Faulkner, la voz que viene del Sur

 

Cuando escuché por primera vez el nombre de William Faulkner, estaba viendo un episodio de Los Simpson. En él, Moe Szyslak, el cantinero favorito de Homero, recordaba sus días de niño actor cuando formaba parte del clásico estadounidense The little rascals (o La pandilla para toda Latinoamérica). Cuando Moe explica que su rutina consistía en mirar por un escape de auto y llenarse la cara de tizne, menciona que cada vez resultaba más difícil encontrar situaciones para que acabara con el rostro manchado, pero que por fortuna contaban con grandes escritores. Es en este punto cuando el cantinero hace una breve pausa y con un ademán señalando directamente a su cabeza menciona que “William Faulkner podía escribir rutinas que te hacían pensar”.

Después de que Moe recuerda cómo mató a Alfalfa por robarse su rutina, podemos ver una breve aparición del escritor con su característico bigote sentado en su silla de director contemplando la escena. Aunque en esa ocasión no tenía idea de la importancia de Faulkner para la literatura, supuse que, cuando menos, su aparición en una caricatura como Los Simpson era una especie de homenaje porque, ¿acaso hay una mejor manera de destacar a un genio literario que hacerlo parte de un chiste del programa de la familia amarilla?

Pasaron muchos años para, por fin, tener la oportunidad de adentrarme en la obra de William Faulkner y descubrir por qué ocupa un lugar inamovible dentro de la literatura mundial. Su obra retrata la trágica condición humana con todo lo que esto conlleva: sus pecados, defectos, matices, ausencias y virtudes, pero lo hace desde la perspectiva de los personajes que viven, sufren y experimentan sus vivencias. Así pues, estas cualidades lo hicieron un escritor de la consciencia humana.

Pero, ¿qué hay en la obra de Faulkner que lo hace destacar? ¿Cómo podríamos señalar lo que más sobresale de sus letras? Aunque muchos críticos y biógrafos encuentran su mayor mérito en la manera en que retrata la decadencia social del Sur de Estados Unidos (que es también la decadencia personal y familiar del propio autor), William Faulkner imagina y escribe nuevas posibilidades narrativas para la voz de los impedidos y los marginados: representa la amoral mirada de un discapacitado para preparar el escenario de una serie de tragedias, retoma el habla y las creencias populares para erigir un nuevo modelo de creencias y dota a los espacios, a sus tierras imaginarias, de una sensibilidad a la par de cualquier personaje.

La obra de Faulkner logra una amplitud de narrativas, gracias a que el autor experimenta sin temor a fallar y hace de la literatura su patio de juegos y confesionario. Escribe desde diversas miradas: la de los dominados, la de los inocentes, la de los contemplativos, la del porvenir e, incluso, la propia mirada de los espacios. Estos últimos tienen un papel distintivo en la obra, ya que, al igual que los personajes, están marcados por una especie de destino que los lleva directamente a una decadencia hasta dejarlos en el olvido o desprotegidos y con la nostalgia del tiempo pasado.

Recordemos el condado imaginario de Yoknapatawpha, en donde transcurren la mayoría de sus historias. Para Faulkner, este territorio está marcado por la tragedia histórica de la Guerra Civil Estadounidense. Cuando el ejército del Sur perdió, sus costumbres y cuadro de valores fueron desapareciendo frente a la modernidad del Norte. Las grandes ciudades, los espacios urbanos y el discurso del progreso poco a poco reemplazaron los espacios rurales y el pensamiento popular de las costumbres, lo que, a su vez, también significó un cambio importante en el habla de sus habitantes. De esta manera, William Faulkner nos invita a imaginar un territorio como un ser viviente que experimenta su propia tragedia y, como si fuera una maldición, arrastra a sus habitantes a un espiral de despojo tanto material como moral.

Aunque Yoknapatawpha no cuenta con una voz propia, Faulkner se las ingenia para que el lector encuentre nuevos retos desde la lectura. Basta con acercarnos a la primera parte de El sonido y la furia, su obra culmen, para percatarnos de su excentricidad narrativa: por medio de la consciencia de un discapacitado mental, Benjy Compson, el autor pone ante nosotros un escenario en el que parece no transcurrir el tiempo, sólo hechos inexplicables. Desde esta intención, Faulkner nos advierte sobre la dificultad de asimilar la condición humana y, así, desde los ojos de un impedido como Benjy, debemos ir reconstruyendo una historia que se encuentra en su clímax.

Por supuesto que la herencia narrativa de Faulkner trascendió sus fronteras. Basta con recordar las tierras imaginarias de Macondo con Gabriel García Márquez o Comala con Juan Rulfo para darse cuenta de la importancia de los lugares en la literatura. Aunque no son lugares comunes, gracias a la influencia de Faulkner, también son testigos de la historia que va más allá de la ficción.

Hoy en día me gusta pensar en William Faulkner como un escritor que coloca un espejo roto frente a nosotros sólo para que nos demos cuenta de los muchos ángulos que puede tener un rostro. Con todo esto, ahora entiendo y le doy la razón a Moe Szyslak: claro que Faulkner lograba hacerte pensar con sus historias.

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