Lecciones de Alfonso Reyes para lectores

 

Leer es una de las actividades más placenteras que ha inventado la humanidad, pero también una de las que más retribuye a la persona que decide practicarla. Bien lo dijo Miguel de Cervantes Saavedra: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. 

Más allá del tranquilo pasatiempo, la lectura es también una manera de cultivarnos no sólo en conocimiento, sino en sentimientos y empatía. Cualquiera puede cambiar su perspectiva de la realidad después de conocer a Bartleby, el escribiente, o a Madame Bovary y su deterioro paulatino, incluso al propio Quijote y su persecución incansable por la aventura. Es, quizá, el desenvolvimiento de nuestras lecturas, nuestras opiniones sobre ellas, lo que termina por influir en nosotros y moldearnos para encarar la realidad.

Sin embargo, como toda actividad, la lectura debe practicarse para perfeccionarse. Por ello, hoy compartimos 5 lecciones para lectores que Alfonso Reyes enumera en su ensayo “Apolo o de la literatura”.

Para la literatura, el hombre es un lector. Dejamos de lado al estudiante metódico, al universitario que cuenta con otros auxilios. Lo mejor que puede hacer el lector común es partir desde su propia casa; levantar su lista de la literatura mundial de conformidad con su prejuicio.

Ya, al paso mismo de sus lecturas, las irá rectificando. Ayúdese de manuales y tablas: los hay excelentes. No quiera abarcarlo todo. Anote lo que le parezca de más bulto, más incorporado en la cultura que respira. Lleve índices aparte para lo nacional y–en nuestro caso– lo iberoamericano, lo hispano, lo europeo, lo universal; y dentro de todo ello, lo antiguo y lo moderno, siempre atento a la supervivencia, y relegando por ahora la mera curiosidad erudita. Sin este sistema de departamentos, su sentido de las calidades no podría abrirse paso. Si no conoce otras lenguas, use traducciones. Y empresa, como pueda, el aprendizaje de las lenguas, por lo pronto con miras a leer, si no precisamente a hablar. Es más primo esto que aquello para el cultivo espiritual. El maître d’hôtel chapurra inútilmente todas las lenguas y no lee ninguna: no pasa de ignorante. 

Y luego hay que saber leer, que no es un ejercicio vulgar. Es un darse y un recobrarse: una aceptación, siquiera instantánea y automática, de lo que leemos, y un claro registro de las propias reacciones. Sea una enumeración provisional de dificultades, que son otros tantos avisos para la lectura:

  1. Lo primero es penetrar en la significación del texto. Esto supone entender lo mentado y también la intención con que se lo mienta. El arcaísmo y la riqueza lingüística acumulan obstáculos. Si dice Suárez de Figueroa: “Ser honrado es tener cuidados”, percatarse de que no ha querido decir que sólo es buena persona el que vive lleno de preocupaciones, sino que aquel que vive rodeado de grandes honores, en situación eminente, vive también lleno de molestias. 
  2. La recta aprehensión sensorial: la oreja, la laringe, la lengua, aunque sólo se lea con los ojos, perciben interiormente una repercusión fonética en las secuencias verbales, un movimiento y ritmo. Hay una vivacidad natural que debe alertarse con la práctica; hay que saber despertarla a este sentimiento, sin el cual se habrá perdido mucho. 
  3. Junto a estos estímulos auditivos habría que contar los demás estímulos sensoriales que vienen con las imágenes y, singularmente los visuales, en que tanto difiere el poder de evocación de unos a otros hombres. Si hay textos sobrios, hay otros que parecen cargados de aquellas “cañas de pescar” o metáforas, que dice Ortega y Gasset, con que alargamos nuestro corto brazo hasta llegar al punto que queremos. Algunos lectores no sienten la imagen, y otros se fascinan con ella hasta perder el sentido. 
  4. Las asociaciones estéticas del lector, recuerdos personales que se le atraviesan, perturban la atención sobre el texto al punto de desviar su sentido. Un cuarentón a quien le robó la dama un joven poeta, no soportaba La cándida de Bernard Shaw porque se sentía retratado en el pastor. Tipo de emoción parásita que nada tiene de común con la legítima emoción literaria; mecanismo de las ofuscaciones a que puede verse arrastrada la crítica ligera que, sin filtrarlas, erige en dogmas las propias reacciones. 

La sentimentalidad y la inhibición, la extrema facilidad o la extrema resistencia al movimiento que el poeta trata de imprimir en nuestro ánimo, son errores más frecuentes de lo que parecen, que exageran o borran los rasgos de la figura literaria. Con estos errores de tipo intuitivo pueden compararse las predisposiciones intelectuales, doctrinales, en pro o en contra de la tesis declarada en el texto, que empujan a oír más o menos de lo que se nos dice, a sobrestimar o a desairar injustamente la calidad del texto. Otro automatismo semejante, en pro y en contra, es lo que llaman los psicólogos “la predisposición técnica”: si hemos conocido el éxito de cierto procedimiento literario, nos resistimos a aceptar otro diferente, y visceversa, nos negamos a aceptar un acierto porque conocemos un fracaso de orden técnico semejante.

 

Así pues, estos consejos de Alfonso Reyes pueden ayudarnos a desarrollar una lectura más profunda de todos aquellos textos que intrigan nuestra curiosidad y son parte de nuestra biblioteca personal. No por nada, el conocidísimo “mexicano universal” es considerado uno de los más grandes pensadores y literatos de México y Latinoamérica. 

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