Dios y cultura como esclavitud del hombre

Al idealizar las cosas humanas, los idealistas llegan siempre al triunfo de un materialismo brutal. Y esto por una razón muy sencilla: lo divino se evapora y sube hacia su patria, el cielo, y en la tierra queda solamente lo brutal.

                                                                                                 Mijaíl Bakunin

¿Por qué la sociedad mexicana, siendo tan brava y defensora de sus derechos, no explota y se deslinda de una buena vez y definitivamente de las autoridades que la rigen? Mijaíl Bakunin en su libro Dios y el Estado, propone (entre otras aseveraciones) que la idea de dios no es otra cosa que todo aquello que el hombre considera lejano o imposible a su poseer y suceder. En otras palabras, dios es todo aquello que el hombre quiere y no puede conseguir. La noción de dios se amplía cuando transmuta o se transfiere de una ideología a formar parte de la realidad material.

Si la autoridad máxima dentro de una sociedad es dios, entonces el orden de la misma estaría más que garantizado, puesto que la idea de dios como autoridad engloba todas las acepciones que ésta última guarda en su significado. Por ejemplo, en el interior de una fábrica los trabajadores mantendrán su paciencia a pesar de que no estén de acuerdo con las normas establecidas por sus «superiores». El dios, en este caso, no sería el jefe como autoridad máxima de ese panóptico, sino la idealización de éste y de todas las consecuencias que conlleva una manifestación contraria al orden establecido.

El trabajador sabe que en un enfrentamiento directo con el jefe tiene mucho que perder; en primer lugar, su empleo, en segundo y como consecuencia, pierde la entrada de capital, tanto individual como familiar, en el peor de los casos. Los servicios y sus necesidades básicas como comer, se verán mermadas en el instante en que decida rebelarse. ¿No es el mismo caso el del creyente que, después de una misa, sigue el camino alineado a casa por el temor a la mano dura de dios?

En la estructura de la cultura existen diversas autoridades que regulan las libertades del individuo. En la familia, el padre o la madre; en la escuela el maestro/a o cualquier otra autoridad de acuerdo con la institución; en el trabajo, el patrón; en el hospital, el doctor…  y así hasta el infinito. Bakunin no está en contra de las autoridades debido a que en la vida práctica son más que necesarias (refiriéndose a las autoridades especializadas en temas concretos, es decir, si en casa se avería el tubo del agua, la autoridad pertinente sería un plomero), sin embargo, no está de acuerdo con las autoridades absolutas o permanentes. Es ahí donde se hace presente la lucha del pensamiento anarquista frente a dios y/o un estado fascista y opresor.

En México, la gente a menudo se pregunta, ¿por qué no nos volvemos a levantar en armas? Quizá porque nunca lo hemos hecho. Lejos estoy de abanderar la violencia física, mental e intelectual en contra de otro ser vivo, pero para forjar una nueva realidad es menester la destrucción de la vieja, caduca y corrompida que hoy nos abraza con sus tentáculos, nos amamanta con sus ubres, bajo su cúpula alumbrándonos con su sol.

En estos tiempos ya no basta con que los hombres, como seres humanos, en pueblos y ciudades del mundo se levanten a exigir sus derechos correspondientes que en el siglo XV quedaron decretados gracias al Humanismo. Llegará el momento en que los hombres, como especie animal, se desapeguen de dios y de la cultura (aunque no se eludan por completo este par de concepciones) para exigir su derecho a la vida, única y necesariamente como seres vivos.

El ser humano (entendido como una construcción cultural) idealiza lo mejor de sí como acto de defensa ante sus imperfecciones. Mientras esto continúe jamás será libre y quedará reducido a nada. ¡Liberemos a Prometeo! Carguemos juntos con esa roca, que nos griten jorobados por cargar en la espalda al mundo. Y regresemos al mono para tomar lo que olvidamos al volvernos sedentarios, regresemos al mono ahora que no nos lleva tanta ventaja.

Autor: Diego R. Hernández

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