A audiencias líquidas, libros marinos

Hace poco más de veinte años el sociólogo Zygmunt Bauman daba forma a una teoría que explica gran parte de los comportamientos de la sociedad actual, y aunque la modernidad líquida se asienta sobre varios conceptos sustanciales, debemos centrarnos en la liquidez para empezar a comprender algunos fenómenos cotidianos y los retos que conllevan. Por ejemplo, la forma en que nos enfrentamos a la información, cómo consumimos contenido y cómo eso ha cambiado la dinámica de transmitir conocimiento haciendo surgir audiencias líquidas.

La noción de liquidez se relaciona con las cualidades de este estado de la materia, pues mientras que en épocas pasadas las estructuras sociales eran sólidas, hoy son tan cambiantes que se nos escapan de las manos, tal como sucede con el agua. La forma de relacionarnos como sociedad no es ni de cerca como lo era hace diez o quince años, ni siquiera como fue antes de la pandemia. A este constante cambio que nos impide conservar una forma de vida sólida le debemos la definición de modernidad líquida.

Zygmunt Bauman distinguía aspectos donde la fluidez moderna es más evidente, por ejemplo, en las relaciones interpersonales, laborales, en el esparcimiento e incluso en la conformación de la identidad. Es decir, cada aspecto de nuestra vida se ha visto determinado por una forma particular de concebir el mundo, en la cual el movimiento es la clave para mantenerse en el juego. Si agregamos a esta fórmula el modelo económico capitalista nos encontramos con una suerte de onda expansiva de consumo: objetos, tecnología, pero también de lo que se ha venido a llamar contenido.

¿Y qué es el contenido? Pues es lo que está dentro de un envase, de una forma o de una estructura. Podríamos pensar que el contenido es sólo eso, el producto dentro de dicho recipiente, sin embargo, este último se ha vuelto incluso más importante porque nuestra forma de consumir viene determinada por dichas estructuras, nos predispone, nos guía hacia un propósito que conocemos bien, aunque quizá inconscientemente.

Parece una obviedad, pero en realidad es un punto ciego que el avance tecnológico no ha sabido o no ha querido aplicar a aspectos como la transmisión del conocimiento; no ya de mera información que bien podemos hallar en un video de un minuto o en una imagen a la cual le prestamos sólo dos segundos de atención, sino al clásico método de aprendizaje: la lectura. En contra de las tempranas predicciones, los productos editoriales no han desaparecido y no parecen destinados a hacerlo, en parte porque se adaptaron rápidamente al mundo digital y en parte porque continuamos prefiriendo el objeto físico. La pregunta es si se trata de mero romanticismo o si en realidad esta predilección responde a los vacíos dejados por la tecnología en el ámbito del diseño editorial.

El reto es grande, los diseñadores editoriales tienen la tarea de enfrentarse a nuevos lectores condicionados por la rapidez de las redes sociales, la caducidad de la información y la volátil interacción entre formas y contenidos. No basta con adaptar una revista física a una edición digital, pues aunque con ello se mantenga a flote en el mundo de las audiencias líquidas, la manera en que se presenta afecta directamente en cómo se recibe la información. Gran parte de páginas webs o libros digitales no respetan lineamientos básicos del diseño editorial como la aplicación de sangrías, la separación silábica o el uso de columnas, que existen por una razón.

Por otra parte, se presenta el tema de la adaptabilidad, la relación de aspecto y la resolución de dispositivos digitales usados para leer. No es lo mismo hacer una revista para una página web que para leerla en PDF, entonces ¿cómo diseñar para lograr el propósito comunicativo/educativo de los productos editoriales? ¿Cómo diseñar para audiencias líquidas, cuyas necesidades no cubren ni los recursos electrónicos ni, por razones como la accesibilidad, los físicos? ¿Cómo transformar el conocimiento en contenido en función del recipiente? ¿Cómo ganarle la carrera a la liquidez y crear libros marinos?

Creo que la respuesta no es tratar de ceñirse a un molde, sino plantear estrategias que combinen necesidades, recursos, metas y posibilidades. Esta última es quizá la más importante porque en definitiva no hemos explorado todos los caminos que la tecnología puede crear para la apertura del conocimiento. Hemos visto a creadores de contenido burlar los algoritmos de las redes sociales para cumplir objetivos muy distintos a los que fueron creados y ese ya es un gran comienzo, pues es un indicador de lo que está funcionando.

En otras palabras, debemos crear nuevos moldes a partir del contenido y no al revés. Debemos sortear olas gigantes con las audiencias líquidas como timón. Estamos navegando por la modernidad líquida con velas de pergamino, vamos al paso pero aún no llega la explosión del diseño editorial y, con ello, una forma completamente distinta de leer, aprender, analizar y forjar mentes críticas. En años recientes surgieron innovaciones como las contraformas (espacios en blanco colocados con la intención de dar equilibrio visual al diseño y un descanso a la lectura) que vemos en periódicos como El Heraldo de México, El universal o Milenio, y más comúnmente en revistas impresas.

Hay, por otra parte, proyectos interdisciplinarios que explotan la relación de diversas materias como la narrativa, poesía, ilustración, animación, diseño y música, combinándolas para crear experiencias estéticas donde la audiencia es, en realidad, una razón de ser. Un gran ejemplo es el Bestiario marino (2021) realizado por Lidya Cota y Abraham Truxillo, que ellos mismos describen como “una pieza de literatura electrónica que combina poesía visual animada, sonido y relato breve. Ahora la pantalla se vuelve una escotilla, un periscopio, una escafandra”. Un proyecto que vale la pena revisar incluso como ejercicio de análisis e inspiración para diseñadores editoriales y escritores.

El caso del Bestiario marino cae como anillo al dedo al hablar de audiencias líquidas y de los retos que implican para el diseño editorial, pues se trata literalmente de un producto hecho de agua, con moléculas separadas capaces de fluir y adaptarse a un recipiente, pero que a diferencia de los sólidos y los gases, deja espacio para que ese líquido se mueva constantemente creando mareas, remolinos o corrientes ideales para atrapar incluso a los ojos mejor educados por el vacío de la modernidad.

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