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La banda sonora en el terror

Hace como dos años tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de música para cine. Aún recuerdo las palabras de Leoncio Lara Bon mientras hablaba de su compositor predilecto: “Una vez – decía– le preguntaron a Bernard Herrmann cuál era la importancia de la música en el cine. No sabía cuál era, pero eso sí, les respondió, sin la música las películas serían insoportables.” Por azares del destino, tiempo después vi en la Cineteca una película sobre unos sordomudos, cuyas características más notorias eran las omisiones de la música y los parlamentos. A menos de la mitad de la cinta, las palabras del expositor se habían vuelto una realidad para mí. A partir de entonces comencé a tener más cuidado a la hora de elegir una película y también me volví adepto a las bandas sonoras. Como neófito en el mundo del soundtrack comencé por escuchar a los más reconocidos y cualquier película era un buen pretexto para saber más de música. Así me sumergí cada vez más en esos sonidos casi siempre tan enterrados por la imagen, los diálogos y los efectos especiales, pero a ratos tan evidentes y poderosos como la misma historia.

Destaco lo anterior porque el cine de terror guarda una relación directa con ese submundo sonoro. Sólo al conjugarse la música con los demás recursos, el terror logra su principal objetivo: causar miedo en el espectador. La manera de proyectar la sensación más primitiva del ser humano mediante la música es gracias principalmente a su carácter contemporáneo. Aunque basta con pensar en el uso de canciones de cuna para notar la irrealidad de la frase anterior, sí le podemos otorgar al menos un grado de generalidad. Así pues, la música contemporánea es un recurso (casi) indispensable en el cine de terror. Veamos su funcionamiento en algunos casos específicos.

Saltan a primera instancia El Exorcista y El resplandor, no por Mike Oldfield y sus campanas tubulares o por la genial actuación de Jack Nicholson, sino por la decisión de los directores de usar a músicos vanguardistas como Pendercki. El uso de extractos de sus obras pone de relieve los contrastes sonoros del terror. Si prestamos atención a su “Polymorphia” notamos, entre tantas cosas, la búsqueda por experimentar y llevar al límite los instrumentos, a su vez, escuchamos dos crescendo y dos clímax, y también somos testigos de un nuevo lenguaje difícil e incluso incómodo de escuchar. La pieza causa un extrañamiento en el auditor equivalente a la intención de ambos filmes. Tanto El Exorcista como El resplandor actualizan el sentido de la música de Penderecki. Los méritos de sus piezas se reflejan en ambos casos y se centran en la sensación de miedo antecedida por el suspenso. Sin darse cuenta el espectador se alerta gracias al crescendo de la música hasta llegar al miedo del clímax.

Anterior al Resplandor podemos destacar 2001: Odisea del espacio, específicamente la secuencia del descubrimiento del monolito en un cráter de la luna. En dicho fragmento, el coro de Ligeti genera una tensión espectacular. La disonancia y el crescendo de las voces rodean el espacio hasta saturarlo. De nuevo la música hace de la suyas.

Por otro lado, en el terror cada vez es más común el uso de la música electrónica y la música electroacústica o ambas. El uso de sintetizadores puede dar resultados extraordinarios, aunque a veces el compositor puede decepcionarnos. Un ejemplo clásico son las persecuciones en Pesadilla en la Calle Elm, donde los efectos especiales de la música y el sonido digital de la batería recrean un ambiente propio de la acción (quizás de ciencia ficción), pero no del terror. Pese a ello, el suspenso anterior al encuentro está bien logrado, al menos hasta el minuto 3:50 del vídeo donde inicia la persecución.

Los casos donde la música sostiene el suspenso son innumerables. Quizás quiénes lo hacen de manera más discreta son Trent Reznor y Atticus Ross, mas cuando es necesario los sintetizadores surgen de las profundidades y se vuelven protagonistas. Un ejemplo memorable es la escena del asesinato cometido por Amy, donde logramos percibirnos en las inmensas olas sonoras de los compositores hasta que el personaje chorrea de sangre por toda la habitación.

Otro ejemplo destacable es el excelente soundtrack de La Bruja de Marke Korven, podemos mencionar “A Witch Stole Sam”, quizás la más perturbadora de la película.

Menos crudo está Elvis Perkins en The Blackcoat’s Daughter donde los sintetizadores nos recuerdan, de acuerdo con Fernanda Solórzano, a Badalamenti en las cintas de Lynch, “His Majesty” es un ejemplo de ello.

Por último, no podíamos dejar de lado al compositor y director John Carpenter, creador, entre otros clásicos, de Halloween, cuyo tema (probablemente inspirado en Oldfield) vale la pena escuchar a través de Trent Reznor y Atticus Ross. 

 

 

 

 

 

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