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¿Y ahora a qué vamos a los museos?

 

Texto: Dorian Huitrón Álvarez

Los museos han sido considerados como templos de sabiduría, ya sea porque representan una institución importante encargada de la investigación y el fomento artístico o porque simplemente pone ante los espectadores, lo que según su visión estética, vale la pena observar y apreciar.

A diferencia de una biblioteca, el museo tiende más a presentar una especie de discriminación ante su “producto” debido a los preceptos del director, los curadores y los artistas inmiscuidos en cada una de las exposiciones que se presentan. Además de que la estancia de las obras es temporal, a diferencia de un recinto como la biblioteca, hace que el consumo de estas obras es mucho más orgánico.

Este consumo orgánico se ha visto cada vez más potenciado en nuestras visitas a museos, ya que cada día es menor nuestro grado de atención y apreciación, lo que genera que cada vez pasemos menos tiempo apreciando una obra y nuestro recorrido sea mucho más rápido (Ya estuvo. A lo que sigue). Pero ¿a qué se debe esta urgencia de consumo incluso en materia estética?

Según un ensayo de Alex Proud esta urgencia por acaparar datos y cosas bonitas se debe principalmente a las redes sociales, en especial Facebook. Para él, las redes sociales se han convertido en un punto de argumentos viscerales y opiniones chocantes entre los usuarios, precisamente por la necesidad de tener una voz en un sitio que está en constante movimiento con noticias, comentarios y publicaciones. Por si esto fuera poco, menciona que cada vez es más frecuente que las publicaciones en el muro de Facebook sean tomadas como referencias válidas para argumentos; ya saben, el clásico “lo vi en un video, gif, post, meme de Facebook”, lo que apunta como un problema debido a que esto influye directamente en la política y cultura de un país reflejado en las discusiones o veredictos en una red social.

Esto afecta directamente nuestro grado de atención, ya que hoy en día somos más propensos a encontrar notas en nuestro muro, leer el título de la publicación y la nota y simplemente dar me gusta y compartir sin siquiera haber leído un artículo de menos de 800 palabras, pero lo hacemos sólo para demostrar a nuestro círculo de ciberamigos lo inteligentes, modernos y trendy que podemos ser.

Ocurre lo mismo en las exposiciones. Hemos visto llegar un gran número de colecciones llamativas, las cuales han sido promocionadas de manera más certera que en otros años gracias a las redes sociales. La necesidad de consumo cultural que nos ha impuesto Facebook, nos obliga a compartir un flyer de una exposición como necesidad, principalmente para dejar una imagen de persona culta y trendy a mis compañeros.

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¿Y qué pasa cuando llegan a la exposición? (Si es que realmente llegan)

Las marejadas de gente se forman desde temprana hora de la mañana, esperan por más de una hora en una fila y, finalmente, pueden acceder a una exposición en la que consumen obras a diestra y siniestra, entre cámara y rabillo del ojo, ‘autorretrato aquí, autorretrato allá’ (Sí, evito el término selfie porque es pequeñoburgués), para al fin darte cuenta que terminaste tu recorrido en un tiempo de récord y promedio de 30 minutos, excelente para revisar las fotos que más te gustaron, ponerles filtro y treparlas a tu red social de preferencia, Instagram, Facebook, Twitter, da igual, todas se vinculan, todos te ven y tu imagen tan culta como siempre… Y bueno, ¡que lluevan los me gusta que de eso vivo!

¿Será que hoy en día acudimos más a exposiciones para dejar una buena impresión (y foto de perfil) en nuestro círculo de amigos?

No cabe duda que el consumo en nuestra era ha cambiado de una manera impresionante, quizá también es importante atender a la producción artística contemporánea en donde radica también una necesidad de reducir los tiempos de producción y apreciación, pero eso no deja de lado el problema expuesto en esta nota. Si bien, el difundir una exposición para que nuestros contactos puedan conocerla y, en el mejor de los casos, asistir y no sólo darle ‘like’ a mi foto, también es importante  reflexionar para qué o por qué asisto a dicha exposición.

Esto no sólo puede afectar la posición del museo como centro educativo, sino que incluso podría desprestigiar el valor de las obras como tal, debido al ego mostrado por estas conductas. Y sí, paulatinamente dejar de aprender y apreciar.

Mi única recomendación, buena o mala, es que asistan a museos sin prejuicios, presten atención a las obras, lean las fichas técnicas, las aprecien y tengan un goce estético notable y trascendente con la mirada al bastidor y no a una pantalla, tu celular puede esperar un rato.

 

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