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A cien años de Parra(nda), Violeta Parra

Existen cuatro versos de Violeta Parra que vienen a mi cabeza, en tanto pienso qué decir de ella: “Run-Run se fue pa’l norte,/ yo me quedé en el sur:/ al medio hay un abismo/ sin música ni luz”. Atino a creer que es porque comparto con ella ese abismo, como todos lo hemos hecho alguna vez; es como un sitio desde donde algunos hacemos algo, ella escribió y cantó y, considero, creó, entre otras cosas, la imagen poética más sincera sobre los días que suceden al proceso de separación: “más nubes en el mes,/ más largos son los rieles,/ más agrio es el después./ Run-Run se fue pa’l norte,/ qué le vamos a hacer./ Así es la vida entonces:/ espinas de Israel,/ amor crucificado,/ corona del desdén,/ los clavos del martirio,/ el vinagre y la hiel”. Esta canción se llama “Run-Run se fue pa’l norte” y aparece por primera vez en el disco llamado Las últimas composiciones, canciones que entre décimas, octosílabos, folclor acompañado de un charango y una guitarra contemplando en el horizonte ese “al medio”, Violeta Parra compuso y cantó sus últimas melodías, su testamento musical, un viaje alrededor de todos sus sentimientos, una afrenta a todos sus demonios, un vaivén de emociones con amplias crestas, sin puntos a la mitad, un intervalo infinito, similar a la ausencia; entregándolo todo hasta su libertad, el mejor disco de música chilena, sin duda, un legado: obra maestra para futuras generaciones de Latinoamérica. Por ello, no hablaré de su vida, de la imagen de la gran Violeta Parra, de sus amores y desamores, de lo que hizo y propuso, basta darse una “vueltica” por la red para saber de ella, pero es necesario escucharla, vivirla y sentirla para conocerla, y quiero, a través de este texto conocerla, emborracharme con ella y presentarle su música a un amigo que podría ser yo mismo o tú, querido lector, por ello, ésta es sólo mi más humilde presentación de Violeta Parra desde mi barricada, desde la experiencia de escucharla, ser partícipe de su dolor y urdir con su música el punto final a este huracán en mi mar, el Mar Adriático.

Escuchar a Violeta Parra es contemplar de cerca la cicatriz del dolor, grietas en la piel de su corazón, de donde surgen flores silvestres; pero de pronto, también es la cuna de maldiciones, de desesperanza, de la ilusión rota y desperdigada, ¡ah!, la ilusión, de haber encontrado algo cuando se busca, cuando hace falta y perderlo para siempre. Es estar en la partida de una paloma, sembrar que no frutos, enamorados bajo la luna, y estar bajo esa luna en el aniversario de la soledad; callar la voz con el filo de la canción, armar una revolución, estar inerte frente al deseo y dejarse llevar por las cuerdas flojas de una copla y del amor. Una lucha interna que se pierde, pero a la que asistimos continuamente, como la duda que no se vence, que quizá ni al final de sus días ella pudo, por eso con sus versos sólo la agradece, todo aquello que deja atrás antes de su muerte.

Y entonces cambian las pistas, pasan los sonidos por el laberinto que ahora mi piel erizada es, algo se mueve en mi memoria, los pesares sales, flotan como balsas por un paisaje maldito, un espacio extinto, sus huellas en mi memoria, sin banderas, y una rota voz suturada al duelo se escucha en el fondo preguntando incisivamente o afirmando la pesadumbre: “Cuánto será mi dolor”. Y el destello que ahora es maldito me refleja, soy ahí en el dolor ajeno y mío, y su voz es aquí, penetrante estancia de las condiciones humanas y más allá, las emociones: ahora con el nombre correcto, y en el pecho el miedo frío, con el anhelo muerto por la traición. Maldita Violeta Parra que disrumpe la calma de los astros y las realidades que se simulan, y maldigo al tiempo y su sentido de unicidad. Y la escucho y me hace preguntar ¿qué es ahí eso del tiempo?, una vuelta indescifrable, volver a ocupar sitios afables, que alguna y cada vez se sienten más lejanos. Y el tambor palpita en el miocardio, lo mueve, lo dirige hacia el vacío donde la piedra tiene los contornos de todos mis tropiezos, y donde da lo mismo el cielo que el suelo, porque afligidos descubrimos la nula importancia a todo hasta de uno mismo, porque todos somos lo mismo. Y entonces recuerdo cómo contrito san Agustín odiaba todo a su rededor por no tenerle, y cómo conturbado el vecino golpea la pared cuando ella se fue, y cómo ella sobre su automóvil respira agitada y golpea el volante, y cómo Viole(n)ta Parra maldice por la traición.

A cien años del nacimiento de la mujer que llevó la cultura huasa al centro de Francia, que recorrió distancias, lo mismo que hojas del calendario para encontrar algo, y responderse a sí misma algo, sólo puedo escucharla y dejarme llevar por su envolvente tristura, regresar al tiempo de la fe en todo y a la inocente respuesta en una sirilla, darle gracias al misterio de su voz, a las armonías que su guitarra crean como chubascos, sonidos que impolutos al alma alumbran directamente y hace que las palabras ardan. Así es como las palabras pueden decir quién era ella, qué sentía: “Los dos materiales que forman mi canto,/ y el canto de ustedes que es mi mismo canto,/ y el canto de todos que es mi propio canto./ Gracias a la vida que me ha dado tanto”. Y por lo tanto también dice quiénes somos, qué sentimos. Me detengo, pauso un momento el disco, me revuelco en sus versos, me entiendo, la entiendo, me sé desnudo frente a su música, como ella se desnudó frente a la creación de sus coplas. Entonces me asombra su capacidad para ser ella y siendo tan ella, ser el otro también. Y deja de doler un poco la ausencia, mi pesar, que no es ni único ni especial, sólo es mío, como puede ser de otro. Aunque no sé qué tanto seamos todos iguales sólo en el dolor. Apreté un botón y seguí escuchando.

Advierto cómo escucharla me provoca abstrusas formas al interior. Entonces, todo cuadra, por eso temen de ella y le preguntan temerosos sobre los efectos que la música puede tener, pero que tan (in)ofensiva puede ser la música, si la música es el ser y el ser está hecho de música, sonidos ordenados, el lenguaje justo para decir lo que la palabra calla, lo que la copla cuchillo silencia. La música es eso, el hilo que Violeta Parra pone del oído al corazón y de ahí al universo, a lo universal, al dolor de ser sensitivo y a la alegría de estar vivo. Justo llegué a un enredo, una forma de afrontar las causas. Violeta Parra no sólo dirigía sus versos hacia su interior (que es el de todos), sino a la lucha, a la revolución (que también es de todos). ¿Qué mal puede hacer la música?, ¿quién teme sus efectos? En este viaje Violeta Parra se pregunta, entonces, “¿las canciones son agitadiricas?”, a lo que responde quiénes son los verdaderos agitadores, los peligrosos, los que ponen en riesgo a las masas, los que buscan el beneficio y no saben escuchar a ese ser humano que son. Porque en esta odisea de introspección, la empatía hacia todas las direcciones es necesaria. Lo mismo un obrero que en su jornada lucha que un gobernante injusto contra el que lucha, todos llegaremos al mismo lugar, a la muerte. Hacia allá danzamos en rin, de manera folclórica y como entendamos que se deba hacer.

A sus cien años Violeta Parra me hizo volver a los diecisiete. Marchamos a las edades de la esperanza y entonces, la entiendo que gran artista que es, ella la que deja la sabiduría a un lado para sentir, abrir sus ojos al mundo y decir lo que ve, antes de abrirse las venas; vio con claridad la forma sincera del mundo, la vida como una alegoría encerrada en sí misma, no más metáforas que expliquen la realidad; y entender que ocupamos los espacios, pero que los habitamos hasta que en ellos volvemos de repente; Violeta Parra es alguien que agota con pocas cuerdas, su voz y la sensibilidad el largo proceder de misterios supuestamente elevados, los pone en el mundo de todos, como un descubrir lo elemental; y aun después, volver a ser frágil y enamorarse, creer con la inocencia que la magia existe y más aquella que es antigua y de todos llamada amor; y sin buscar conceptos la define:

“Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,/ ni el mas claro proceder ni el mas ancho pensamiento/ todo lo cambia el momento colmado condescendiente,/ nos aleja dulcemente de rencores y violencias/ sólo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes […] El amor es torbellino de pureza original/ hasta el feroz animal susurra su dulce trino,/ retiene a los peregrinos, libera a los prisioneros,/ el amor con sus esmeros, al viejo lo vuelve niño/ y al malo solo el canino lo vuelve puro y sincero”.

Mismo sentir que la fractura en la ausencia, que la hace dudar y preguntarse hasta de sí misma; entonces el tono cambia y ella cambia, me cambia. Su música es una in-permanencia involuntaria y voluntaria, un quehacer del puro sentimiento más puro; pero decidido, como si ella lo buscara, porque esa es su constante pena, la búsqueda de lo perdido o de lo que jamás encontró. Hay entre todas las Violetas que escucho una que es muy mística, una que posee la llave de lo celestial, y se tutea con lo absoluto, aquella que reflexiona lo mismo la vida que la muerte, esa que habla de la cosecha perdida lo mismo que de los peligrosos y sus acciones y que cuenta cómo el de arriba mueve los vientos a veces a favor de unos y a veces a favor de otros.

Cien años de Violeta Parra, lo menos que puedo hacer es acercarme a ella, pero lo hago a tientas, con sigilo y delicadeza de no resbalar. Cantante del pueblo que acomoda en estrofas y le da un lenguaje nuevo a las mismas cuestiones que la costumbre y el folclore de su nación le han planteado como herederos de un dolor que ahora a ella le aqueja y le desgarra; con su voz, quizá la más triste, parece que se pregunta a sí misma sin saberse escuchada: “¿Qué he sacado con quererte”; el lamento crece, no por haberlo hecho o perdido ni por haber querido, porque eso sí, es firme en su entereza y decisión, sino, considero, es el lamento que surge cuando el sentimiento se resignifica, se torba y vuelve sus ojos hacia el horizonte donde está el espacio que no amanece. Atribulada Violeta Parra le devuelve a la humanidad el sentimiento en la economía del lenguaje y un par de acordes. Pasmado termino por abrazarla, por abrazarme, con la única palabra que se me ocurre “gracias”, un sistema de algún modo previsto se posó en el proceso de percibirla. A los cien años de Violeta Parra sólo me queda decir que la conozco, que seguiré buscando como ella, aunque lo sepa todo perdido.

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