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Un recinto de poesía en la ciudad

En la ciudad de México existe más de un sitio ideal para pasear, andar o vivir. En la actualidad podemos ver a la ciudad como algo que se ha transformado, hay cambios que se han vuelto parte de la cotidianeidad y al mismo tiempo nos permiten ver que pese a ello existen lugares que permanecen constantes y de alguna manera se niegan a ceder.

    La colonia Roma, como la conocemos hoy en día, resulta ser un ejemplo de los cambios en la historia urbana. El tiempo la ha convertido en un espacio donde las fachadas de las casas pertenecen a otra época y los transeúntes se vuelven visitantes durante su camino. Los inmuebles, por su parte, se vuelven un escenario de particular interés. ¿Qué pasa con la idea de que cada uno de ellos es un microcosmos? ¿Existe como tal? ¿Qué hay detrás de esos portones y balcones? Hay algunos que, envueltos en una atmósfera bohemia, pasan desapercibidos para los distraídos.

    La Casa del Poeta parece ser un ejemplo de lo anterior, una fachada color azul pastel sobre la avenida Álvaro Obregón, la cual invita a todo aquel amante de la poesía a entrar. Existe más de un lugar para (re)encontrarnos con la ciudad, para recorrer una parte de lo que desconocemos, tal y como una casita de dos pisos que, además de todo, resguarda de forma celosa un par de bibliotecas.

¿Cuál es el fin de este espacio?

El Museo de la Casa del Poeta fue gestionado para posicionarse como un lugar de apropiación, una casa que después de la muerte de su más prestigioso habitante cayó en desuso y riesgo antes de ser intervenida; en este caso, el habitar se convierte en una práctica de todos y, si bien se puede hablar del habitar y ocupar, no es necesario ir más lejos si entendemos que los individuos no son objetos dentro de un lugar, sino que éstos se vuelven entidades propositivas pues tratan de lograr un objetivo en ese estar ahí.[1]

   La remodelación de la casa se ocupó (entre otras cosas), de adecuar la habitación que probablemente fue el refugio del poeta Ramón López Velarde los 3 últimos años de su vida. Cada uno de los elementos trata de mostrar el ambiente de inicios del siglo pasado, un sentimiento de quietud dentro del recinto del poeta que en sus años postreros se entregó al enfrentamiento de la vida interior y el desencanto.

   En la actualidad el inmueble tiene las puertas abiertas para la participación y convivencia de todo aquel que guste de compartir ideas y propuestas en un lugar que por unos años fue la morada de una figura emblemática de la época contemporánea. De los textos sobre López Velarde, Manuel Andrade lo define como una figura que simbolizó a una generación, asumió deseos, aspiraciones y los resumió en una obra. La versatilidad de los espacios privados se mantiene presente si nos detenemos a pensar en que además de una morada o un taller, se convierten en espacios creativos proyectados hasta la fecha.

   La añoranza apreciada en algunos de sus textos propone una reflexión respecto a la nostalgia que éstos cargan tanto para su autor como para sus lectores. Hoy todos podemos atravesar por ello y terminar sintiéndonos provincianos en la ciudad.

[1] Héctor García Olvera, “El habitar de lo espacial, sus imaginarios y la significación de lo urbano y lo arquitectónico”, México, UNAM: Facultad de Arquitectura, 2012, 153 páginas.

Texto: Ariadna Muñoz

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