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Un chico de servicio social (apuntes sobre Miles Davis)

Cuando estaba haciendo mi servicio social había mucho tiempo para escuchar música. Recuerdo que los más afortunados nos la pasábamos sentados frente a un monitor de computadora leyendo a detalle artículos sobre la literatura mexicana. El objetivo era corregir el aparato crítico de aquellos textos. Cuando “el ensayo” estaba escrito por un becario poco se podía esperar. Lo más probable era encontrarse con un desparpajo sin pies ni cabeza: citas mal hechas, fuentes incompletas, textos obvios y poco relevantes. Se notaba que lo habían hecho a última hora sin saber que había “chicos de servicio social” leyendo todo eso. Cuando el artículo estaba escrito por un especialista podía resultar o muy aburrido o muy interesante. En estos casos era cuando peor hacía uno su trabajo. Los textos muy aburridos hacían de las citas y fuentes garabatos insoportables, así que las dejábamos por la paz. Para el caso de los muy interesantes uno se saltaba las citas o les ponía poca atención por saber qué seguía en el texto. Así transcurrían tres horas, en su mayoría eternas. Luego nos salíamos al jardín a leer algo de algún autor mexicano durante una hora. Sin embargo, muchas veces esa hora se reducía a media o ni siquiera existía, pues varios se iban antes de tiempo. Como buen “chico de servicio social” yo me quedaba a leer o a divagar mientras veía las hojas del libro. A veces, si traía dinero, iba por unos tacos y regresaba para comer, después pasaba a orinar y emprendía mi largo viaje a la FES o a casa. En ese contexto, como he mencionado allá arriba, había mucho tiempo para escuchar música. En ese contexto fue cuando escuché el Bitches Brew.

    Así como me había ocurrido años antes, me entró la cosquilla por el jazz y volví a Miles Davis. Aún recordaba el Kind Of Blue, especialmente “Blue In Green”, pero ya poco me importaba, quería escuchar algo más. Me llamó la atención la portada del Bitches Brew. Luego me enteré que el diseño era del mismo artista que había hecho la portada del Abraxas de Santana. Escuché el álbum en youtube. Una hora con cuarenta y cinco minutos. Después de 20 minutos, cuando acabó “Pharaoh’s Dance” estaba aturdido, no quería saber nada más: los sonidos habían volado por mi cabeza de forma aleatoria, como si los músicos los hubieran lanzado sin fijarse que había “un chico de servicio social” escuchándolos. Parecía que poco les había importado cómo se oía todo ese lío. Dejé el disco por la paz.

    Pocos días después regresé a Davis. Obstinado, pero no tanto, escuché el Birth Of Cool. Algo más digerible, se escuchaba como un clásico. No sabía que aquel disco era una revolución en el jazz. Al tratarlo de forma más apaciguada, sin los cambios inquietantes del bebop, se transformaba la visión de lo anterior, en poco tiempo se convertiría en el clásico que ahora escuchamos. Así como había nacido el Cool jazz, también había nacido la enorme discografía de Miles Davis. Apoltronado en mi silla, sin darme cuenta, había tocado tres puntos clave en su carrera: el Birth Of Cool, el Kind Of Blue y el Bitches Brew.

    Sin importarme todo eso, por esas fechas me pasaron un álbum recién salido: era The Epic de Kamasi Washington, un músico con un ambicioso y virtuoso proyecto de jazz. Me pareció espectacular, aunque les seré sincero: a la tercera canción estaba agotado. Salí a divagar con un libro de Revueltas que nunca me gustó ni para leer ni para divagar. El jazz ayudaba poco a mis deberes, pero siempre regresaba a él. Por alguna razón buscaba más música de jazz, escuchaba un poco y después a leer y a corregir. No entendía cuál era la razón ni la sigo entendiendo. Lo único que sé hasta la fecha es por qué el Bitches Brew me empezó a resultar más atractivo.

    Cuando regresé a Miles Davis había oído un poco de aquí y de allá. También había leído algunos libros, artículos y ensayos de nuestra literatura y me sabía de memoria el formato para citar correctamente revistas, libros… En fin, el servicio social rendía frutos y yo feliz de la vida porque estaba a punto de terminar todo ese asunto y porque me habían dado ocho mil pesos por aguantar esos meses. En uno de esos últimos días de servicio, que son los más lentos de todos, escuché aleatoriamente el Bitches Brew. Mientras sonaba “Sanctuary” decidí investigar cómo había surgido. Miles escogió a los mejores, los metió a su estudio y grabaron sin tener nada preparado. Como lo grabado resultó ser un mamotreto sin sentido, vino un arduo trabajo de edición donde todas las horas en el estudio se redujeron al disco. Para mí el álbum fue un resumen de todo mi servicio: desbalanceado, a veces sublime a veces pésimo, a veces desesperante otras sereno, apaciguado, inquietante, perturbable… pero a final de cuentas, satisfactorio. Lo escuché completo y lo sigo escuchando, aunque siempre aleatoriamente.

 

Texto por: Missael Contreras

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