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Turbulencias causadas por un Aire de Dylan

¿Cuántas voces pueden decir la verdad hasta llegar a la última verdad en la última realidad? Creo que todas, incluso la del silencio, pero, sobre todo, pienso que ninguna, que no hay una verdad, que no existe, que lo único que tenemos es la renuncia a encontrarla y permanecer en la búsqueda. Eso es Aire de Dylan, una novela de Enrique Vila-Matas, en constante dialogismo con todos aquellos que la buscan, aun sabiendo que nunca la hallarán, y con todos aquellos que fracasan y deciden abandonar el hacer, el ser y el estar.

   “Necesito tanto tiempo para no hacer nada que no me queda tiempo para trabajar” (Pierre Reverdy). Epígrafe con el cual inicia la novela, cita perfecta que resume las características de los personajes que quieren ser como Oblomov (en la novela se explica quién es Oblomov, yo no les diré quién es), la estructura de las secuencias que van formándose en el devenir de un pensamiento (monólogo interior), focalizaciones distintas (cambia constantemente el punto desde el que se narran los hechos) y personajes redondos (a quienes las circunstancias los hacen cambiar, circunstancias que no son otras más que aquellas en la que se formula la crítica enunciada en la novela a la posmodernidad).

   En las primeras páginas el narrador personaje (homodiegético) es invitado a un congreso de fracasados, en el cual el tema central es el fracaso. Ahí conoce a un hombre llamado Vilnius, quien está en ese congreso por casualidad, ya que su padre, el escritor Juan Lancastre, acababa de fallecer y él fue en su lugar. Hecho que lo perseguirá a lo largo de la obra.

   Vilnius es un cineasta frustrado que quiere llevar a la máxima expresión el fracaso. Su manera de intentarlo es a través de la creación de un archivo sobre ese tema. Dentro de una imbricada relación familiar, en la que su madre lo desprecia y su padre lo humillaba, él lleva una vida a parte: no quiere saber nada de nadie, no quiere hacer nada, ser alguien ni estar en algún lugar. Un Hamlet que carga con el luto de su padre y a quien sus memorias le heredan.

   A lo largo de la novela sus personajes no son más que un delgado énfasis del engaño, el prósopon diáfano que se muestra para la situación. Pero la obra propone más que esto. Aire de Dylan es ensayística, aborda los temas de la frontera relacional entre realidad y ficción, lo que es auténtico y lo que se impone en la literatura, una lectura crítica al texto literario, el proceso de hacer y deshacer, la ficción como forma de vida, los modelos narrativos, el posmodernismo, entre otros. Sin duda, una obra que aborda las condiciones existenciales necesarias para problematizar en ella misma.

   Un teatro del mundo, dentro de los diversos monólogos que se presentan, queda claro que la vida es el actuar y el acontecer en una coordenada y quienes juegan el papel, sólo son ese papel en ese espacio, por lo que pueden arrepentirse de sus actos, cambiarlo o sufrirlos.

  Aire de Dylan es una obra en la cual encontrarás un sinfín de referentes casi imposibles de rastrear, pero en mutua convivencia para entender el camino que el autor de Dublinesca o Bartleby y compañía ha ido cultivando y experimentado, por lo que seguro te llenará de dudas y un buen sabor de boca.

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