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Tonio Kröguer y la maldición del artista

El artista es un ser que desde sus inicios busca sentir la belleza de lo sensible, que lo alberga y lo crea para que éste pueda manifestarse frente a los otros hombres con los que desea comunicar esas sensaciones, para validar su realidad externa. El artista logra el reconocimiento cargando su vacÍo interno (producido al verse apartado por sus afinidades del resto de la población, aun después de haber llegado a ser reconocido en la sociedad). Esta actitud del artista es uno de los rasgos representados en la obra de Tomas Mann Tonio Kröger.

Dentro de la obra, en una plática con la pintora Lisaveta Ivanovna, Tonio Kröguer resalta su exclusión de la sociedad como si se tratara de un rotundo destino producido por su oficio de escritor (del cual confiesa sentir vergüenza en ocasiones), y expone el aspecto de estos “hombres normales” como un ícono que a lo largo de la narración se repite, conectándose con el grupo social que veía sus versos como pérdida de tiempo y se contraponían a él. Ellos, “los normales”, preferían las actividades físicas, mientras Tonio se dedicaba a dar paseos en las murallas de su ciudad y llevar una relación con el arte que se manifiesta en su dedicación al violín y la escritura.

En ese grupo que veía inútil y sin sentido el hecho de escribir poesía, se encontraba Ingeborg, una chica que amaba en su infancia, y su mejor amigo Hans Hansen, por quien Tonio sentía un especial cariño. Fue mediante ese aprecio que aprendió lo que se sufre cuando se quiere a alguien, refiriéndose a este hecho como una condición de inferioridad, puesto que sus amigos jamás llegarían a apreciar la belleza de la misma manera que él, cuya vida artística lo apartaría de la sociedad.

Ortega y Gasset nombra al “hombre excelente o selecto” como el inconforme, el que se exige, el que busca más allá de lo que tiene enfrente. El complicarse pertenece a la parte de la sociedad que se aleja de la masa, diferenciándose por su interés de seguir buscando y disciplinarse en sus quehaceres para cultivar esa insatisfacción y deseo por seguir.

Tonio Kröger señala al arte como un logro lleno de vacío. Es su sentimiento de amor y envidia que lo mantiene turbado, aun después de rechazarlo, entregándose al “espíritu de la palabra”. Es un lamentar eterno, el poder ver las cosas que ama, sin poder estar con ellas, lo que sugiere un destino de tragedia para el que puede ver y sentir más profundamente que la gente normal. A pesar de que el tiempo recoja este tipo de arrepentimientos, parece que el artista carga con ellos consciente de ello:

Todo destino es dramático y trágico en su profunda dimensión. Quien no haya sentido en la mano palpitar el peligro del tiempo, no ha llegado a la entrada del destino, no ha hecho más que acariciar su mórbida mejilla.                                                                    

Con esto, Tonio aprecia de nuevo el sentimiento de vida que puede corresponder a un deseo de su patria, del lugar donde no se sintió identificado y le dolía ser rechazado. Lo entrañable en su visión es el amor que, a pesar de que nadie se lo ofrece, lo ostenta en su interior, y la sensación de volver a experimentarlo contrasta con esos años sin sentirlo.

En cuanto a este arte de Kröguer, tenemos una idea de vínculo con el “espíritu de la escritura” que considera puro. Las palabras que quería decirles a esos hombres normales y a los excelentes lo regresaron a su pasado y a la dicha, que a pesar de acompañarse de desgracia lo llenaba haciéndolo sentir bien, aun estando fuera del entorno donde podía desenvolverse con maestría. Es la unión de las masas con la subjetividad del artista.

El lenguaje tiene la fuerza para unir y re-unir lo que de suyo se encuentra separado o se ha separado en algún momento, tiene la capacidad de meditar entre la identidad y la diversidad de los componentes de la cultura; une y re-une lo objetivo con lo subjetivo[…]

El arte de la escritura  es un movimiento en el vacío donde las cosas se unen y las relaciones cobran un sentido que supera la idea de una persona u objeto y se diversifica para hablar de un fenómeno, como Tonio que decía ver el alma de los hombres y la suya misma.

La especulación de formar líneas que se basan en una estructura, que ya no se borran y terminan definiendo a las anteriores, se transporta a todos los ámbitos de la existencia, desde una pequeña molécula hasta la propia conformación de los grupos sociales. Lo que se escribe en un inicio no puede borrarse por completo y termina por crear líneas en el molde, las cuales limitan y encierran a todo lo que brota de él; estas líneas no son otra cosa que cicatrices.

Ese es el caso de Tonio Kröguer, quien se vio sumido desde un principio en un mundo que no apreciaba la profundidad de las cosas como él lo hacía. No se trata de un contexto en el que el personaje es un desgraciado, sino de ese punto en el que apreciar las pequeñas cosas que la demás gente no detecta con detenimiento, vuelve al observador demasiado meticuloso, y cuando logra ver la razón de lo que lo cautiva, de lo que lo atrae, el placer se termina y debe buscar otro ente u objeto que le corresponda y repetir el procedimiento.

Esto lo convierte en un ser que se fija en lo que otros no dedicarían su tiempo y le permite apreciar la grandeza de las construcciones que lo atraviesan todo. Es un ser que vive por el simple hecho de vivir, encerrado en su percepción, capaz de entender lo atemporal que vuelve su entorno con su labor, y la manera en la que se aleja de verdad de su vida humana por extender la búsqueda del todo, pero sin lograr encontrar una solución para reincorporarse a la humanidad sin perder todo lo que ha creado.

En sí, el propio Tonio Kröguer funciona como un símbolo en la obra, que aun alejado de su fondo tiene conexión con él. Lo que aprecia es ser el vehículo de las sensaciones. Los años que dedicó al libertinaje lo llenaron de sensibilidad dándole una sensación de asco al no poder llenarse con lo que él conocía como pureza. Placeres que al no lograr colmar su deseo de amor, lo hicieron tornarse al amor y pureza que recordaba de sus tierras de origen.

Desde inicios de la historia de las sociedades humanas, la especialización se hizo necesaria frente a la problemática de abastecer de lo básico a todos sus integrantes, sin descuidar su seguridad ante las fieras que los asechaban, creando así una diversidad de grupo que con el tiempo derivaron su actividad y se vieron  forzados a una nueva división entre ellos, lo que derivó en congregaciones de grupos más abstractos que respondían a los gustos o actividades, independientes de sus necesidades básicas; esto apuntaló lo que después se observaría como sectores sociales, a los que Ortega y Gasset se refiere de esta manera:

La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados.

Es decir, el artista, en su individualidad o en su gremio, es esa minoría en la sociedad que se supo alejar de las masas desde su origen. En cuanto a las masas, se refiere a los hombres que forman parte de la sociedad sin diferenciarse de  de los demás. No obstante, el caso es que estos grupos funcionan de la mano como una maquinaria con la necesidad  en la mente de crear o producir para la sociedad, o sólo formar parte de alguno de estos dos grupos. Así, la cultura es obra del hombre, en construcción desde sus primeros pasos, la diferencia es que mientras las masas tienden a mirar hacia afuera, las minorías miran hacía adentro.

En la realidad mecanicista, el artista juega un papel prácticamente aislado de los demás sectores, como si se encontrara en un punto ciego para el mundo, acechándolo desde fuera y mostrándose ante él como un personaje logrado por el que el arte brota como un don o una cualidad innata, o como si fuera lo más natural en el planeta, sin mostrar los estragos que le provoca vivir en el exterior de la sociedad, observándola sin ser parte de ella como persona, permaneciendo como un elemento que se le contrapone. El artista es el eterno extranjero que nunca pertenecerá a ningún lugar.

Texto por Diego Rivera Hernández

– Ortega Gasset, José La rebelión de las masas. Ed. Porrúa. México.

-Thomas, Mann Tonio Kröguer

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