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Sangrado de problemas: Los minutos negros

Pocos textos llenos de furia denuncian sutilmente entre sus huecos hechos que se sienten cercanos, en ellos la enunciación de las palabras no es ya lo que no representan, esa diferenciación muy saussureana e inmanente al lenguaje de la cotidianidad de significar la cosa en contraste a su naturaleza, es más bien la frontera en la que se roza la ficcionalidad con la realidad, misma que en un ejercicio de denuncia encuentra su sinceridad poner bajo sospecha la mentira cuando ya no se quiere creer en la realidad que nos circunda. En esta periferia es la que nos encontramos en las páginas de Los minutos negros de Martín Solares.

En una entrevista Marín Solares dice que el trabajo de creación comenzó gracias a una pregunta en medio de la nada y a una pregunta que lo llevó a tener la idea de escribir una novela no ficcional. ¿De verdad no es ficción? ¿Entonces qué es la ficción y qué es la realidad? O ¿Dónde empieza la ficción y termina la realidad, o viceversa? Es claro que las experiencias humanas ocurren en coordenadas tiempo-espacio en las que podemos sentir y percibir. Aunque aquí hay un límite físico, porque podemos percibir alucinaciones, aunque eso no las hace reales. Es más bien una realidad en la que depositamos la confianza de nuestros sentidos, y que tambalea cuando está reclavada en los renglones de la literatura.

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La duda crece, cuando compartimos esa realidad, como lo hacemos en México con Martín Solares. A través de su novela, nos lleva a concientizar sobre la violencia por la que ha pasado nuestro país gracias a la corrupción o tal vez no y todo ha pasado sólo en su cabeza.

Los elementos que ponen en la orilla a Los minutos negros de lo ficticio y lo real, son esos personajes u objetos de la cotidianidad que aparecen allí y vueltos a poner pero ahora en la novela, esos que se asemejan tanto a lo “normal” que de pronto hacen saltar una vena acitronada en mi frente de coraje e impotencia, porque no alcanzo a ver el parámetro que nos divide entre lo que acontece en la novela y lo que sucede en la realidad, tal vez la única diferencia es la página en la que nos encontramos.

Los minutos negros es una novela en negro y blanco (no al revés), tirándole más al expresionismo que al film noir, en la que, el crimen es el azote del que las autoridades ya no quieren saber, recordar o conocer. Y la justicia se desentiende por la corrupción de los individuos, una panorama desolador en una puerto en la que no pasa nada, ni siquiera el tiempo, y al que renombra como Paracuán. El criminal un monstruo con la suerte de tener una posición alta, dentro de las clases sociales y que le permite hacer lo que le plazca, ¿Un #LordParacuán? ¿Dónde hemos visto esto?

El autor, Martín Solares, podría ser parte de una generación que aún no tiene nombre ni orden ni sistema por eso es inexistente, pero que sin duda forman la nueva literatura mexicana, en la que destacan escritores como él, como Álvaro Enrigue, Julián Herbert, Antonio Ortuño, Yuri Herrera, Heriberto Yépez, Fran Ilich, entre otros. Todos, al parecer, con la finalidad de sacar del despropósito a la literatura nacional. De su biografía, cabe destacar, que desde muy joven colaboró para la Jornada, como su personaje Bernardo Blanco, quien es asesinado y a partir de ahí inicia la novela (y la carrera de Martín Solares como escritor de novela negra).

Minutos negros es todo un caso de mitificación y desmitificación. Barthes dice que el mito es un sistema de comunicación condicionado que significa, con límites formales y no sustanciales, en un estado oral abierto a la apropiación de la sociedad. En la novela, el autor transmuta el asesinato de niñas en un mito, un mito que con dudoso humor se desmitifica.

Ese dudoso humor está cargado de pequeños signos para la novela y para lo que está fuera de ella. En sus primeras hojas hay un listado de personajes del cual llama la atención Rigo Tovar. Así es Rigo Tovar, al igual que B. Traven, Alfred Hitchcock y Alfonso Quiroz Cuarón  aparecen de pronto como peldaños del puente que se construye entre la historia de los personajes; referentes extralingüísticos que pasan creando y destruyendo los mitos muy propios de la novela.

Una analepsis que nos lleva a los años setentas en un puerto renombrado Paracuán, en el que los servidores públicos están comenzando a ahogarse en el fango (des)moral que los rodea, con excepción de nuestros protagonistas: dos oficiales que aún creen en la fiel de la balanza desequilibrada, puestos en años diferentes, pero bajo la misma situación, en la cual ellos no querían ser partícipes (no haré spoilers, aunque bien lo decían las amargas lenguas literatas, que lo importante no es conocer el fondo, sino la forma).

La trama de la novela concluye con un roce entre los tiempos que pasan sin hacer estragos, en los que todo sigue igual, nada ha mejorado. Como en toda novela negra hay un culpable, un chacal que no es juzgado porque tiene la fortuna de estar en México, un país en el que los crímenes se cometen solos y en el que sí pasa algo que no es la felicidad. La literatura puede ser ese espejo en el que no te quieres reconocer, porque ya te viste ahí, así es como en su narración, Martín Solares, a veces rebuscada, pero no forzada, acierta a ser un ejercicio en e que se refleja este lugar que no ha cambiado.

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