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Salvador Elizondo: escritura, memoria y creación

Foto: Paulina Lavista

Yo dibujo estas letras
como el día dibuja sus imágenes
y sopla sobre ellas y no vuelve

Escritura – Octavio Paz

Al escribir creamos signos y, a su vez, estos crean un lector hipotético, un lector que asocia el código de la escritura esperando encontrar un mensaje que lo reproduzca a su vez. La escritura como acto creador es, como señala Paz, un dibujo que invita a los involucrados (el que escribe y el que lee) a crear y exponerlo a lo efímero del recuerdo y de la lectura como fenómeno que hace posible su existencia ya que, si lo pensamos detenidamente, la escritura sólo es posible cuando alguien se detiene a leerla, de lo contrario, sólo es un pedazo de papel (o archivo .word) esperando ser descifrado.

Ya lo señalaba Salvador Elizondo al escribir “El Grafógrafo” y verse imaginando que imagina que se ve escribiendo que imagina que se ve imaginando que escribe:

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Con esto, el autor mexicano juega con las fronteras desdibujadas de la creatividad literaria y la creación de signos. El autor/escritor, como testigo y narrador, se exhibe en medio de un plano casi infinito en el que se sabe atrapado y como engranaje de un sistema bipartito en la generación de sentido: el autor, quien también es lector, crea nuevos signos, nuevas significaciones y nuevas realidades, transita por ellas y hace evidentes cada uno de los actos efímeros que conlleva la escritura y el pensamiento.

Ante ello, Elizondo (y su narrador) se presenta(n) también como una paradoja, una representación del ouroboros o una imagen de Escher en la que el creador es también creado al momento de crear en un ciclo aparentemente infinito, dentro del cual la decisión de parar podría significar una infinidad de posibilidades o, simplemente, el final de todas ellas. El creador se retira y se imagina pensando que imaginará retirarse.

La creación va ligada también al recuerdo, a la función de recordar lo ya vivido, pero también a lo nunca acontecido, en espacios que sólo dibujan ausencias que pesan por su falta de significado y por los cuales pueden construirse la ficción. Es así como en “El retrato de Zoe” (que puedes leer aquí), Elizondo nos presenta un narrador autodiegético que se revela como un nuevo testigo que narra a un interlocutor (probablemente el mismo lector) sobre cómo recuerda y reconstruye a Zoe a partir de su ausencia, de su falta en los espacios que ya conocía.

No sé ni siquiera si ése es su verdadero nombre. Algunos me dijeron que así se llamaba; pero para qué te voy a decir que estoy seguro de ello si al fin de cuentas lo único que aprendí acerca de ella fue su ausencia.

No obstante, el narrador recurre a dudar de su propio recuerdo creando así el espacio de la ficción, el acto de crear un relato donde la realidad abre un nuevo campo a partir de su percepción y de la ausencia de un elemento que se reconstruye por lo que ha dejado de ser.

Quisieras, en realidad, que yo te diera cuenta precisa de todo lo que ha sido de ella y, sin embargo, sólo sé de ella lo que ya no sigue siendo. De ello me di cuenta anoche al ir conociendo paulatinamente esa dimensión total de su persona que ahora ya es su ausencia. […]

Si he empezado por tratar de definir el carácter ilusorio o abstracto de Zoe es porque después del carácter violentamente real y concreto con que he experimentado su ausencia anoche, aquél es el que más énfasis tiene, sobre todo ahora, que a fuerza de tantos años de no pensar en ello, me descubre pletórico de su olvido.

El proceso de la ficción se hace presente a partir del diálogo y del espacio que hay entre los dos personajes involucrados. Dicho espacio constituye al relato en sí mismo y a la aparente diferenciación entre el plano real y el de la ficción, llegando incluso a compararlo con la mentira como estado indispensable de la ficción.

¡Claro! La vida nos había enseñado a contar mentiras; a contar tantas mentiras que todo nuestro universo ficticio nos parecía más real que la mentira real que ella era. Un espejismo, si quieres. Un espejismo dotado de una existencia animada, comprobable. Un espejismo que hubiera sido preciso fotografiar para retenerlo en el más claro resquicio de nuestra memoria secreta: pero tú sabes que ella hubiera huido hacia quién sabe dónde. ¿Y cómo retenerla? Todas las épocas del arte y del fetiche no hubieran sido suficientes para tenerla aquí, con nosotros, entre tú y yo; entre tu cuerpo y el mío.

Hacia el final del relato, el narrador intenta restablecer su cotidianidad y reconoce su (o un) plano de realidad donde trata de reconciliarse con él mismo y así evitar el suceso que lo hizo crear el relato de Zoe: el olvido y la ausencia que se presentan como motivos de esa búsqueda creadora.

Enciende la luz. Estoy para siempre harto de esas reticencias mujeriles infundadas. No quiero que lo que algún día será tu recuerdo en mi memoria esté sometido a ninguna posibilidad de falacia. Enciende la luz y repíteme tu nombre claramente al oído. Quiero saber quién eres, indudablemente. No quiero que en un entonces que alguna vez vendrá pueda decir que ignoro. ¡Ah, qué bien, qué sabiamente sabes dormir a mi lado y qué grata y concreta me será tu memoria cuando ya te hayas ido! Yo quiero conocerte ahora como se conoce una montaña y no como se ignora una caverna. Ven, ven aquí junto a mí. Te lo imploro. Ven. Que nunca haya olvido entre tú y yo.

Finalmente, en Farabeuf o crónica de un instante podemos encontrar una consciencia del acto creador en el que los actantes o involucrados solamente cumplen su función de existencia, pero la fuerza que los origina es remota y desconocida. Los personajes dudan de su propia existencia también porque el tiempo en la novela está ausente, ya que precisamente es sólo un instante en el que se narra una infinidad de posibilidades que se desprenden de una simple imagen. 

Es entonces que el narrador explora todas las posibilidades existentes de ese instante, desprendiéndose de la misma responsabilidad de su propia existencia y dejando de lado la convencionalidad del tiempo al reconocerse como un (posible) signo dentro del mismo relato.

Has hecho una pregunta: «¿Es que somos acaso una mentira?», dices. Esta posibilidad os turba, pero es preciso que os avengáis a pertenecer a cualquiera de las partes de un esquema irrealizado. Podríais ser, por ejemplo, los personajes de un relato literario del género fantástico que de pronto han cobrado vida autónoma. Podríamos, por otra parte, ser la conjunción de sueños que están siendo soñados por seres diversos en diferentes lugares del mundo. Somos el sueño de otro. ¿Por qué no? O una mentira. O somos la concreción, en términos humanos, de una partida de ajedrez cerrada en tablas. Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente. Alguno de nosotros es real y los demás somos su alucinación. Esto también es posible. Somos una errata que ha pasado inadvertida y que hace confuso un texto por lo demás muy claro; el trastocamiento de las líneas de un texto que nos hace cobrar vida de esta manera prodigiosa; o un texto que por estar reflejado en un espejo cobra un sentido totalmente diferente del que en realidad tiene. […]

Somos un signo incomprensible trazado sobre un vidrio empañado en una tarde de lluvia. Somos el recuerdo, casi perdido, de un hecho remoto. Somos seres y cosas invocados mediante una fórmula de nigromancia. Somos algo que ha sido olvidado. Somos una acumulación de palabras; un hecho consignado mediante una escritura ilegible; un testimonio que nadie escucha. Somos parte de un espectáculo de magia recreativa. Una cuenta errada. Somos la imagen fugaz e involuntaria que cruza la mente de los amantes cuando se encuentran, en el instante en que se gozan, en el momento en que mueren. Somos un pensamiento secreto…

La posibilidad creadora es uno de los temas más recurrentes en la obra de Salvador Elizondo, los cuales nos demuestran las delgadas fronteras que hay entre la memoria, la ficción, la mentira y la literatura en sí misma. De esta manera, podríamos decir que cualquier instante es una fuente inagotable de creación posible en el que convergen múltiples voces encaminadas a un mismo fin: existir. Justo como acabas de dar existencia a este texto con tu lectura. 

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