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Repensando la teoría en Chopin

Nos limitaremos a un ejercicio de imaginación bajo el supuesto de que existe cierta clase de narratividad musical, podemos aventurarnos a hacer un posible intento de comparación entre las características de un texto verbal y un texto musical. Para hacer más concreto el asunto propongo el Preludio 4 de Chopin, cuya partitura se encuentra en el mismo video.

    Antes de lanzarnos al ruedo es necesario ser conscientes de las limitantes a las que podríamos enfrentarnos. En primer lugar, hay que considerar la falta de espacialidad en nuestro relato musical, pues si bien debe estar presente, se refiere a una cuestión meramente técnica y subordinada a aspectos externos. Otra de las múltiples limitantes es la mediación entre el texto y lo audible, la distancia entre ambas es el intérprete que nos toca el preludio. Lo que escuchamos no será más que una de las tantas interpretaciones de la pieza, algo similar a la traducción de algún texto. Tenemos además la ausencia del referente y por ende del significado; sin embargo, pese a todas las diferencias y limitantes y, a su vez, gracias a ellas, nuestra comparación se vuelve más acotada y ¿por qué no? más interesante.

    La base de la narración es la acción. Cuando hay movimiento, cuando hay cambios de un estado a otro hay acción. Empero, para que las acciones se consideren dentro del marco narrativo, éstas deben vincularse a la lógica del relato, aunque a veces parezca no tenerla. En el preludio de Chopin “la acción principal” no sólo es la más importante, sino también la primera en aparecer. Esta acción o motivo, no son más que dos notas o más bien la relación temporal entre dos notas: una de larga duración y otra de una duración tres veces menor; tal relación puede variar de altura o intervalo (principalmente segunda menor o mayor ascendente) pero está presente a lo largo de toda la pieza. Tal acción, con sus variantes y adornos, construye un discurso con relaciones de repetición. En otras palabras, la voz superior se manifiesta monótona en apariencia. No es más que el anzuelo para el escucha, una vez atrapado la magia se vuelca a la armonía, ese conjunto de notas debajo de la voz superior.

    ¿Qué ocurre allá abajo? No es lo mismo tener dos o tres líneas narrativas en el relato a tener una. Sin embargo, tampoco se trata aquí de más de una historia o más de un tema musical. Digamos que la voz superior es el protagonista del relato, un protagonista que se mantiene plano a lo largo de nuestro preludio. Sin embargo, lo que busca decirnos ese protagonista está determinado por lo que lo rodea, todos esos elementos alrededor de él logran impulsar sus acciones y darle una mayor profundidad a su voz. Así ocurre con la armonía en la pieza, esas notas amontonadas debajo de la voz superior, cuya temporalidad se construye en la repetición, son los elementos que llevan más allá a la voz superior. La armonía puede proyectar o derrumbar a la melodía. En el caso de nuestro preludio se proyecta como una enorme cadencia, la resolución de varios acordes con función de dominante. Nuestro relato experimenta una tensión que podríamos definir subjetivamente como angustia, melancolía o tristeza; éste nos lleva a una conclusión necesaria, pedida prácticamente desde el segundo compás. A pesar del dramatismo, dicha tensión se manifiesta discreta en el tiempo, se permiten pausas e incluso una división clara a la mitad del discurso. Nuestro relato en apariencia sencillo por su estructura formal, se vuelve complejo, principalmente, por su tratamiento armónico. Su profundidad radica quizás en la simplificación de las formas aunada a una muy buena combinación de colores armónicos.

Texto por: Missael Contreras

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