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Prolegómeno en la realidad, a propósito del fallecimiento de Piglia

Ardua tarea la de entender el espacio como un prolegómeno o una especie de prólogo, en el que se superponen, como un collage de imágenes, las mismas acciones en tiempos aparentemente distintos. Así, a través de una loca es como Ricardo Piglia, fallecido este 6 de enero, me instruyó en la importancia de las coordenadas tiempo/espacio y en la consideración de un orden cíclico, supuestamente, constante. Esto sin buscar un sistema externo y diferente, sino en el común denominador de todos y en la predisposición del ser humano: el lenguaje.

Nacido en Buenos Aires, Argentina un 24 de noviembre de 1941, estudiante de historia, crítico literario y escritor, Ricardo Piglia, desafió hasta en su muerte las adversidades que su condición y punto geográfico le pusieron. Al autor le sorprendía sobremanera el inicio de un acontecimiento o la inauguración de los momentos, como solía decirlo. Dos elementos que siempre tuvieron relación con su literatura fueron la política y su vida. Autor incansable que pese a que fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica en 2013, pasó sus últimos años trabajando en la publicación de sus diarios; tres volúmenes, el último de los cuales permanece inédito, narrados por Emilio Renzi (su alter ego habitual) en los que destaca la estrechez de la política sobre su vida y cómo por esta relación también se proyectaba sobre su literatura. Disidencias con las que siempre convivió, ya que a la caída de Perón, su familia se trasladó a Mar de Plata con el propósito de evadir a la policía política de la Revolución Libertadora.

Piglia vivió en una agitación de constantes construcciones creativas, en las que no se limitaba a escribir cuentos o novelas, fue un estudiante y catedrático asiduo hasta el final, director de la revista Literatura y Sociedad, guionista de cine y compositor de ópera. Por todas sus aportaciones obtuvo el Premio Planeta Agentina en 1997, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2005, el Premio Rómulo Gallegos en 2011, entre otros. No obstante a todo lo anterior, en 1988 se publica Prisión perpetua, cuarta recopilación de cuentos en los que aparece “La loca y el relato del crimen”, un ejercicio adimensional que tiene como resultado un vaivén del tiempo que continúa y del que va en retroceso.

Aquí los protagonistas, un lingüista y periodista, una loca, un asesinato -y sus implicados- un espacio inconstante y un tiempo superlativo (la misma imagen del ouroboros) conviven en un diálogo sinsentido, en el que la fórmula es encontrar aquel detalle que le hace distinto a este ciclo al que llamamos vida. Allí donde un traje de filafíl verde se mueve, comienza y termina un ciclo, una expectación de los acontecimientos en un incesante suspenso. El narrador es un personaje, así como lo es el lector, un testigo fuera del texto, puesto en yuxtaposición de dos que se pueden entender sin que nadie más los entienda.

El relato, tratando de darle un orden al caos del pensamiento, narra la desventura de una prostituta llamada Larry, quien fue asesinada, el culpable es desconocido y así continúa hasta la interpretación del lector, quien al final, como si borrara lo escrito para hacer nuevos apuntes, es testigo de cómo se empezó a escribir el relato de una loca que relata. La policía encuentra culpable a Antúnez, persona que vivía con la occisa en la pensión. Pero la única testigo fue Inés Angélica Echevarne, la loca. Ella repetía un monólogo y ese fue considerado su testimonio; no obstante, Renzi, el periodista, ávido lector de Trubetzkoi logra descifrar lo que Inés quiere comunicar en el monólogo que expresa.

Este planteamiento es un problema en sí mismo, ¿pues qué tanto se puede confiar en la interpretación de las palabras de un loco? Pareciera un caso a resolverse por la lingüística forense. De esta manera, en el relato se abre la posibilidad de avanzar por otros planos paralelos al relato inicial, el nodo es el relato y una loca. Quieres conocer cómo termina, lee el texto aquí. Sólo te diremos que el final es una suerte de burocracia política en la que impera más el argumento determinado por la autoridad que cualquier prueba con la que estamos acostumbrándonos a vivir. No me crees, basta con que le eches un ojo al documental Making a murderer, producido por Netflix.

Si bien, La loca y el relato del crimen es un ejercicio que juega con el espacio literario, las dimensiones o niveles del relato, la vida y la política, Piglia conglomera toda una visión en la que participa y vuelve partícipe a la literatura, a la política, al lector y a la realidad misma.

Otras lecturas recomendadas del autor

Para empezar a leer a Piglia te recomendamos las siguientes obras:

Plata quemada, 1997 (novela)

Blanco nocturno, 2010 (novela)

La invasión, 1967 (cuentos)

Y ver las películas:

El astillero (2000), de David Lipszyc (guión escrito por Piglia en adaptación a la novela de Onetti)

Comodines (1997), de Jorge Nisco

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