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Poesía griega para almas atormentadas

Cuando hablamos de literatura griega suelen venir a nuestra mente las grandes obras clásicas como La Ilíada o La Odisea, esta serie de obras magníficas en su complejidad y perfección técnica que cantan las hazañas de héroes y dioses. Los temas quizá resulten un poco lejanos a un lector actual con una concepción de la vida diametralmente opuesta. Quizá para muchos pensar en leer esos libros resulte una tarea que preferiríamos dejar para después, precisamente por la distancia que nos separa, ya sea por la temática o por el lenguaje; si leímos esos libros por obligación escolar, lo más probable es que no lo recordemos como una experiencia grata.

Sin embargo, la literatura griega tiene mucho más que enseñarnos de lo que creemos. Un ejemplo es la poesía lírica arcaica, recitada con el acompañamiento de un instrumento musical y de naturaleza festiva. Sus temas eran populares: cantos dedicados a los dioses, a la guerra, al destino, etc. Pero en los siglos VII y VI a. C. se da un cambio de concepción de la vida y la poesía, debida quizá al cambio de la monarquía heroica a la aristocracia.

Se pasa de esta poesía popular a una más personal; la vida se vuelve más tranquila, los cantos colectivos poco a poco ceden el paso a los individuales. Esta transformación además de apreciarse en la temática, se observa en la métrica. Ejemplo de ello es el surgimiento del dístico elegiaco. La variedad es grande, hay poetas que cantan al odio, otros que exaltan el espíritu guerrero, algunos  incitan a las pasiones y otros a la virtud, pero todos desde la perspectiva de una mirada propia, distinta a las otras.

Un ejemplo lo encontramos en el poeta Alceo de Lesbos, un hombre de alma guerrera, apasionado y aventurero. Los temas de su poesía reflejan este intenso carácter; canta a las armas, al amor y al vino, pero también se enfrasca en profundas reflexiones sobre el papel del hombre en un mundo que parece carecer de lo trascendente, lo divino.

Cuando el hombre quiere despegarse de la tradición, su cosmovisión cambia radicalmente, los cimientos comienzan a tambalearse, hombres y dioses se separan, quedando los primeros abandonados en un mundo que no entienden y sobre el que no tienen el mínimo control. La tarea entonces es forjarse una identidad, o al menos reconocer su propia existencia independiente de los dioses.

Una cuestión que trasciende el tiempo, todo hombre aspira a su autoconocimiento, a la explicación fundamental, a comprender el trance de la vida, su papel en el mundo, el de lo divino y su relación con él, la manera de vivir más adecuada… en la “Nave del Estado” (puedes leerlo aquí), Alceo nos sitúa en un barco azotado por una tormenta furiosa, semejante a la vida, y nos plantea cómo los golpes de las olas, el peligro, llevan a cuestionarse sobre el propio destino y el actuar para salvarse o dejarse a la disposición del azar:

 “No acierto a ver de dónde sopla el viento;

rueda la ola unas veces de este lado

y otras de aquél; nosotros por en medio

somos llevados en la nave negra”.

En el espacio predomina el caos y algo que no deja ver; el hombre está a merced de fuerzas que no controla, no ve y no puede predecir, es decir, está solo y sin posibilidad de acción. En un primer momento la tormenta le impide actuar, parece que lo único que puede hacer es pensar, y pensar en sí mismo, pues se trata de conservar la vida, pero una vida consciente que valga la pena la lucha. Por ello el uso de la primera persona del singular, pues es un acto individual, pero no por ello ajeno a los demás; más adelante se pasa a la primera persona del plural, ya que se vuelve un problema de la existencia.

El agua empieza a meterse al barco, la tormenta arrecia, se destruyen las velas, pero…

“deja el velamen ya ver a través

con grandes desgarrones a lo largo”

En la crisis hay un atisbo de luz que deja ver a través de lo desgarrado. El hombre contempla. La destrucción avanza y entre el caos sus pies se atoran entre cuerdas rescatándolo de caer al mar. Un acto accidental lo ata al mundo y lo saca de su inmovilidad. También cae el cargamento, libre de todo lo material su pensamiento se abre hacia lo trascendente y cuando se acerca una nueva ola hay ya ánimo de resistencia.

Hacia el final, la contemplación termina y el hombre toma acción, se apresura a reforzar lo que queda en pie. Ha decidido salvarse, pero trabajando para ello. También parece saber que para andar hay que pararse firme sobre algo. En este punto hay una reminiscencia de la tradición, se recuerdan las hazañas pasadas, y por supuesto, la ascendencia, y con ello el valor y la memoria.

¿Quién en la vida no se ha sentido perdido alguna vez, atrapado en una tormenta que lo arrasa todo y sin saber qué hacer? Ahora sabes que en los poetas griegos puedes encontrar un atisbo de luz, una perspectiva que resuena a través de los años y se mantiene vigente, porque esas dudas las compartes con aquellos a quienes creías tan lejanos.

 

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