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¿Nos hace falta más contracultura?

Son tantas las veces que hemos leído, escuchado, repetido y repartido el término cultura. Según la RAE la cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera. Entendiendo el término cultura como este conjunto podemos darnos cuenta que son diversos los elementos que una sociedad como tal debe seguir o respetar para ser participe en ella aún en su inconsciencia o voluntad.

Dicho en otras palabras, la cultura se obtiene de una u otra manera, ya sea por una herencia de tradiciones, influencia popular o búsqueda propia. Sin embargo, tenemos que reconocer que, sin importar cuáles sean los estratos culturales, necesariamente debe existir una cultura predominante, es decir, aquella aceptada y regulada por el gusto popular y las masas.

Y bien, así comienza una amplia gama de manifestaciones encargada de la satisfacción y consumo de la voz popular, de las células sociales, de los entes mayoritarios, aquellos que cantan y preservan un modo de vida, quizá, acomodado y sencillo para asegurar el orden en que se han venido haciendo las cosas. Por supuesto que esta clase de producciones son necesarias para la construcción de la identidad de una sociedad, no obstante, también son el primer motivo para el surgimiento de opciones nuevas o contraposiciones a la cultura hegemónica.

Ante este panorama surge la contracultura, pero ¿qué es la contracultura? ¿cómo se construye, manifiesta y repercute en los habitantes? Para ello cabe mencionar a José Agustín quien en su libro La contracultura en México hace un análisis basado en diversos puntos de vista y zonas importantes de la Ciudad de México para acercarnos al término y explicar cómo éste fue tomando fuerza en el país.

José Agustín define a la contracultura como “una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan, rechazan, se marginan, se enfrentan o trascienden la cultura institucional”. La contracultura surge como una voz y una alternativa para el sector marginal de la sociedad, para los inconformes y los perdidos dentro de la institución; ante ello, son estos individuos los que crean su propio sistema a partir de nuevas costumbres, ideas e, incluso, maneras diferentes de vestir, todo ello encaminado a la creación de una identidad ideal para rechazar la cultura de las masas.

Algunos ejemplos claros de contracultura fueron los comandados por los punk y hippies, quienes tuvieron su asimilación mexicana para conocerse como punketos y jipitecas. No obstante, dichos movimientos fueron relegados y rechazados por la mayoría de las personas, quienes calificaron sus vestimentas e ideología como fuera de lugar, infructuosa y ociosa. Bajo este estigma, los movimientos contraculturales buscaban demostrar su inconformidad a partir de la música, la literatura y la difusión de una ideología que variaba a partir de los estandartes erigidos, pero todos compartían algo en común: el rechazo a las normas sociales establecidas.

Empero, como toda manifestación, perdió presencia poco a poco, terminando por ser absorbida o matizada por algunas prácticas sociales o populares debido a lo llamativo que resultaba una imagen contracultural. La ideología hippie y punk pronto fue absorbida y transformada en una moda, en un modo de verse y sentirse de acuerdo con algunos paradigmas, pero ya sin la fuerza que sus predecesores imaginaron haber fundado.

Pareciera que todo por bien servir se termina de la misma manera, incluso las alternativas culturales. Es aquí donde podemos encontrar un panorama ideal para la pregunta: ¿hoy en día podemos hablar de contracultura? Lo más probable es que sí, ya que aún se ostentan dichas banderas con un cierto aire romántico, anhelando un tiempo y manifestaciones diferentes. Sin embargo no resulta suficiente.

Hoy en día pareciera que la contracultura ha quedado relegada a un mero recuerdo, a una llamativa y extravagante anécdota que corría por las calles de la Ciudad, protegida entre asfalto, rabia y la esperanza de una identidad forjada a base de la unión de individuos diferentes. Si bien, pareciera que la contracultura termina siendo absorbida por la cultura institucional y modelada a su conveniencia, no debería sorprendernos que en algún punto urbano, en estos mismos instantes, la insatisfacción más pura, el hastío primigenio y la inconformidad juvenil conforman una nueva ola de argumentos, imágenes y rituales.

Dentro de este ciclo insatisfecho parece que lo más importante es mantener el impulso de la subversión natural por parte de la juventud, ya que a partir de esto, los nuevos movimientos surgirán, no sólo para ampliar el panorama e identidad de una sociedad, sino también para generar un cuestionamiento acerca de nuestras costumbres y, de esta manera, desarrollar también un pensamiento más crítico. No se trata de imponer el rechazo como única respuesta, sino crear en cada oportunidad las preguntas, ¿por qué tendría que aceptar y tolerar esto?, ¿es en verdad ésta la única opción? Y, sobre todo, no un qué, sino un por qué.

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