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No es más que la soledad del mundo

Hablar del cine de Xavier Dolan implica remitirnos a algunas de las piezas más aclamadas del cine contemporáneo, como Los amores imaginarios (2010), Tom at the farm (2013) Mommy (2014), las cuales han sido galardonadas en festivales importantes como Cannes o el Festival de Venecia. Dola se ha convertido en un director de peso a pesar de su corta edad. Sus películas son piezas cargadas de significado, no sólo por los temas centrales en los que basa su narrativa (las preferencias sexuales, las relaciones interpersonales, la búsqueda de una individualidad, el amor y la soledad, por mencionar algunos), sino que además ha replanteado, en diferentes ocasiones, la composición cinematográfica, desde la imagen, hasta el uso del sonido para la construcción de metáforas visuales características de su estilo.

No es más que el fin del mundo (Juste la fin du Monde) (2016) es una muestra del dominio de Dolan con sus propias facetas fílmicas, en la cual reencarna el tema de la familia disfuncional y la ausencia. La película presenta la historia de Louis, un escritor homosexual que regresa a su pueblo de origen para comunicar a su familia su inminente muerte. Después de 12 años de completa ausencia, Louis se encuentra con un hogar fragmentado por las problemáticas personales de cada miembro, las cuales se han remarcado por la poca comunicación que hay entre ellos. Esto lleva a nuestro protagonista a realizar un segundo viaje desesperado en búsqueda de brindar un último momento de reinvindicación con cada uno de ellos apoyado de su sensibilidad y recuerdos.

El largometraje está constituido, en su mayoría, por una narrativa lineal apoyada por flashbacks que denotan la personalidad de Louis a través de sus recuerdos. Las secuencias predominantes del filme son two shots de diálogos entre el protagonista y cada familiar, las cuales dejan al descubierto la fragilidad y crisis de cada uno y marcan la introducción de los encuentros de la familia en un conjunto reducido a una habitación donde, la ausencia de Louis es el detonante de discusiones en las que se puede entrever el choque de posturas y problemáticas que han marcado el resquebrajamiento de esta ficticia familia. A pesar de ser una estructura narrativa sencilla, el ritmo del filme se vuelve abrumador debido a la carga de significaciones de cada diálogo, así como en la reiteración de la exposición de la desesperación de los personajes, lo cual va de la mano con la intención del director para hacer más explícito el tema central de la producción y apegarse a la esencia teatral original de la obra homónima de Jean-Luc Garce.

En cuanto al aspecto visual, el largometraje presenta el clásico estilo de fotografía francesa que predomina en las obras de Dolan: encuadres en los que el elemento dominante es la iluminación, variabilidad de tonos durante la mayor parte de la película y close ups que exponen la sensibilidad de cada personaje. Además, el uso de secuencias musicales, fundamentales en la filmografía de este director, son un recurso importante durante 3 momentos cruciales en el filme en los que podemos ver recuerdos del protagonista y una metafórica secuencia final reforzada en su intención con la pista Natural Blues de Moby. Esta amalgama de signos puestos a 24 cuadros son un recurso trabajado y pensado para demostrar su dominio del lenguaje y dar un nuevo discurso a ambos componentes (imagen y música).

No es más que el fin del mundo es una película plagada de soledad y melancolía, lo cual llega incluso a la estructura del filme en sí. Nos hace testigos de la alienación personal y de la fragilidad de los núcleos, ya no sólo familiares, sino personales, provocada por el paso del tiempo y reforzada en su amargura debido a los mismos recuerdos. La continua búsqueda de una resolución fallida a los conflictos sólo hace más evidente la fragmentación de unos personajes compartiendo soledades y carencias que llegan a la violencia y la frustración, aspectos que paradójicamente los dotan de una humanidad innegable.

Este largometraje puede resultar abrumador debido a su narrativa, lo que se contrapone con su aspecto visual de buena calidad para generar una pieza un tanto pesada para el público en general, pero que en su ácida manera de plantear cada situación encuentra un encanto inesperado y humano para darnos cuenta que, efectivamente, así es siempre el fin del mundo.

No es más que el fin del mundo (Juste la fin du monde) (2016)
Director: Xavier Dolan
Guión: Basado en la obra homónima de Jean-Luc Garce
Productores: Sylvain Corbeil, Xavier Dolan, Nancy Grant, Nathanaël Karmitz
Fotografía: André Turpin
Productora: Sons of Manual / MK2 / Telefilm Canada
Países: Canadá y Francia
Duración: 95 minutos

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