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Música melancólica

Catastrófico resultaría pensar que puedo hablar de la melancolía con la ligereza que acostumbro, pero catastrófico sería también que no lo hiciera. La popularidad de la palabra ha creado definiciones no aprobadas por los especialistas. Queramos o no muchos hemos sido partícipes de ellas. La más común es quizás el uso de melancolía como sinónimo elegante de tristeza. Cuando alguien dice: “soy algo melancólico”, suele hacerlo con aire romántico, misterioso. No atiende al significado estricto de la palabra, se remite a lo bello de su sonoridad, una de las tantas cualidades de la palabra. Por otro lado, está el significado estricto, la definición acuñada por los psicoanalistas para referirse a una psicopatología específica, cuyo estado anímico se caracteriza, de acuerdo con Freud, “por una desazón profundamente dolida, cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad para amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”.

Además el melancólico es desvergonzado, pues muestra “una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo”. Siguiendo a Freud, dicha enfermedad puede surgir como consecuencia de la pérdida de un objeto amado, aunque también puede que no se sepa qué se perdió. La inmolación de su conciencia moral es el reflejo de la ambivalencia percibida por el melancólico hacia el objeto amado que perdió. “La sombra del objeto [extraviado] cayó sobre el yo”. Es decir que todos esos reproches que debieran dirigirse al objeto, ahora se direccionan y dañan directamente al melancólico. En pocas palabras, la melancolía es una enfermedad grave que podría llevar a la muerte (entiéndase suicidio) del paciente. ¿Quién diría que detrás de esa delicada palabra se encuentra tan terrible padecimiento?

Ahora bien, ¿qué relación podría haber entre la melancolía y la música? ¿Se puede hablar de música melancólica? Muchos músicos y críticos hablan del tono melancólico en tal pieza. Incluso hay artículos que nos mencionan las diez canciones más melancólicas de tal banda. La melancolía existe en la música, pero no desde la perspectiva psicoanalítica, sino más bien contribuye a la definición popular ya comentada: sinónimo elegante de tristeza que aparenta más profundidad. La música melancólica sería entonces la música triste. Pero ¿qué clase de música es esa? ¿Cómo podemos determinar si una canción o pieza es triste? Podrían existir algunos rasgos de la música triste o al menos podríamos pensar que esta o aquella canción es triste por su intención. Para saberlo, en primer lugar nos ayudará el título de la canción. La letra también será un rasgo importante, en caso de que la tenga. En cuanto a la música como tal es complicado saberlo. Las subjetividades y particularidades de su lenguaje nos impiden establecer una relación directa con las palabras y más si se trata de palabras relacionadas a sentimientos. En el caso de la canción, la música se subordina a la letra potenciándola, pero a su vez puede ser independiente a ella, no olvidemos las versiones instrumentales o la enorme carga musical que tienen algunas canciones.

Tampoco podríamos hablar de la tonalidad, modo, interválica, armonía o ritmo específicos de una pieza como referentes de la tristeza. En otras palabras, la música triste, a excepción de la letra y título (en caso de que estén presentes), es un rasgo subjetivo en la percepción del escucha. Así pues, nos limitaremos a hablar de la tristeza elegante en esos términos. La subjetividad rondará nuestros oídos. Bajo esta premisa escribiré algunas palabras al respecto. Los abandono aquí en mis reflexiones y su melancolía.

Las canciones que más tristeza elegante nos dejan son aparentemente las más alegres. Es bien sabido que el carpe diem de Marc Anthony, la llamada “Vivir Mi Vida” causa una profunda tristeza. No hay que dejar de lado su sinónimo ancestral: “La Vida Es Un Carnaval” de Celia Cruz es un mar de lágrimas. A su vez, están las canciones mexicanas: las rancheras, las norteñas, el mariachi. En resumidas cuentas, la música mexicana caracterizada por la fiesta, el exceso, los lamentos alegres, los gritos tragicómicos. La música que hace fiesta de la tragedia. Podemos seguirle con los tangos, otro claro ejemplo de la tragedia, pero una tragedia distinta, más cruda. Continuamos con algunas troveras, la Nueva Canción Chilena, el son cubano, etcétera, etcétera. La tristeza es omnipresente en América Latina. Si nos vamos más al norte podríamos resumirla en algunos géneros, basta pensar en el Blues y el Soul. En cambio si pensamos en bandas hablaríamos de una infinidad, sería un pecado no mencionar al menos una: Radiohead. La tristeza es inherente a su música. 

Nuestra tristeza se desinhibe al identificarse en un sinnúmero de canciones. El sentimiento se desdobla gracias y a través de la música, así logramos profundizar y resignificar ese sentimiento. Lo enriquecemos y agrandamos. Nuestra tristeza deja de ser cualquier tristeza, ahora es más nuestra, pero al ser compartida, expandible e identificable se vuelve universal. La tristeza entra en una ambivalencia dirigida en dos sentidos, uno hacia la música y otro hacia nosotros. A través de ese proceso se singulariza nuestro concepto, deja de ser la música elegante y triste que aparenta profundidad. Tendría sentido simplemente llamarle música melancólica.

Fuente: Freud, Sigmund. Obras completas. Tomo XIV. “Duelo y melancolía”. Buenos Aires. Amorrortu Editores. 1993.

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