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Los ritos y su (de)formación en la cotidianidad

Si al final del día nos detenemos a pensar un momento y miramos todo lo que hicimos a lo largo de las horas, nos descubrimos como seres llenos de diligencias repetitivas, acciones que repasamos una tras otra hasta agotarlas, hacerlas cotidianas y sistematizarlas. Esos ciclos, ya sean miniaturizados, colectivos, singulares, amparados a la fuerza de la costumbre, normalizados, alienados y, muchas veces, negados, nos orillan a pertenecer a algo, a una cotidianidad que hará lo posible para que no renunciemos. No obstante, también hemos creado otras actividades muy paralelas a estas, pero en un plano muy lejano. Éstas son muy humanas, apartadas de ese accionar diario y que tienen el fin de reajustar y resignificar el entorno, festejar a la vida y asomarnos al ser que somos; se trata de los rituales. Aunque estén olvidados y dejados en el costado para que no le estorben a la producción económica.

  Los rituales cambian, son distintos y el cómo se realizan hace que las sociedades modernas se diferencien enormemente de las sociedades tradicionales. Para los primeros, el ritual sólo es el fin de él, es decir, no pasa por etapas ni procesos y son en realidad muy pocos los que se tienen. Para entender someramente cómo funcionan y por qué, primero hablemos un poco sobre qué es un ritual, por qué se practican y cuáles son las implicaciones sociales de su ausencia o su efectividad.

   Los rituales son un acontecimiento periódico que invita al participante de su sociedad a reunirse con otros similares para celebrar un evento marcado como ocasión especial en una fecha determinada. Es verdad que la religión predominante de esa sociedad decide, de pronto, qué rituales llevar a cabo, cómo, y modificar las maneras y las fechas para realizarlos. Quizá esto sea el motivo por el que los rituales nos han dejado de importar. Otro pudiera ser la inmediatez en la que solventamos nuestros quehaceres. Pese a esto, los rituales tienen una importancia muy profunda en nuestro desarrollo y en nuestra singularidad, pues a pesar de su naturaleza espiritual, subyacen en lo psicológico.

   Los ejemplos son muchos, y los más usuales tienen que ver con ciclos de la naturaleza y con hechos espirituales (en ciertos casos uno festeja al otro y viceversa), por ejemplo, la celebración del final del año, la llegada de la primavera o el invierno, en tanto se agradezca, la recolección de la siembra, el nacimiento de un Dios, fechas asignadas para disculparse, renovar juramentos o recordar a los difuntos.

   Aquello que dota de una importancia fehaciente en la realización del ritual es la corporalidad y la palabra. El cuerpo se vuelve el vínculo físico de los procesos del rito, con danzas, con movimientos destinados a cierta hora, con caminatas, con el ayuno, etcétera. Y con la palabra, que es pronunciada como una plegaria o como la construcción del entorno. Estos ciclos, actos y palabras llevan a experimentar una purga, un crecimiento, la transición a una nueva etapa, a encontrar la paz interior o como una guía que nos devuelve el motivo que nos lleva a celebrar la vida.

   Los partícipes, a través del proceso, descubren y encuentran la utilidad de los rituales. Hecho que en las sociedades industrializadas ha determinado poner a un lado, ya que obstaculizan la productividad y quedarse con el final, digámosle el producto o lo que produce el producto, esto se puede identificar de una mejor manera echándole un vistazo al calendario. Si entendemos que en el calendario están marcados los días para los rituales genéricos de la colectividad, veríamos como las fechas “importantes” comienzan a ser individualizadas y enfocarse en una vida más productiva y trabajosa. Por ejemplo, según el decreto del Congreso de la Unión en México los días que el trabajador debe descansar obligatoriamente son:

  • El 1° de enero.
  • El primer lunes de febrero en conmemoración del 5 de febrero.
  • El tercer lunes de marzo en conmemoración del 21 de marzo.
  • El 1° de mayo
  • El 16 de septiembre
  • El tercer lunes de noviembre en conmemoración del 20 de noviembre
  • El 1°. de diciembre de cada seis años, cuando corresponda a la transmisión del Poder Ejecutivo.

   Puedes revisar la información completa de la publicación de este decreto aquí.

   Como se puede ver, en algunos casos ni siquiera se conmemora ya el día, sino sólo se recuerda, se expresa y no se expone. Al ser condenado a esta inestabilidad aparentemente sistematizada el ritual pierde importancia, no se realiza, sólo se obtiene de él la respuesta inmediata del proceso. Para entender mejor este tema revisemos un poco la historia de los rituales poniendo dos:

  En la América Prehispánica existían rituales (nombrados por la iglesia como hechicería) relacionados estrechamente con las fuerzas cósmicas de la naturaleza (ojo, esto nos puede dar una idea de lo que se considera como hechicería y brujería) estos eran practicados para celebrar el vínculo firme entre los poblados y el cultivo de la tierra. Por ejemplo, los campesinos del sur de la Ciudad y del estado de Morelos aún conservan las trazas de un ritual, ellos los días 28 de septiembre colocan una cruz amarilla de palma silvestre, yauhtli, en sus campos de cultivo, hogares, comercios y hasta vehículos para protegerse de los malos aires y demonios. Este uso estaba dedicado a Tláloc, hasta la época colonial, momento en el que se asimiló religiosamente a san Miguel Arcángel.

   Los ritos nacen para cobijar estados de la mente que pueden ser destrozados o abandonados si no se proyectan en el proceso, si no se hace algo con ellos; sensaciones a las que nos inclinamos con sinceridad.

   Quien decidió en un principio retirar días de un calendario fue James Patterson, el dueño del Banco de Inglaterra, en 1834. De treinta y seis días festivos, nacionales o lo que sería hoy feriados, a sólo cuatro. Esto como producto de la revolución industrial. A partir de entonces, los empleados tienen un espacio vacacional individual para practicar sus rituales, es decir, que la purificación colectiva del alma no es importante, no puede ser importante para los empleados, porque no lo es para los empleadores, ya que es algo que se puede hacer en tu tiempo, no en el que tú te rentas. No, esto no es la conclusión porque en realidad no hay una conclusión.

   Los rituales han continuado, pero con sus ambiciones limitadas, careciendo de aspectos psicológicos profundos y volviéndose en torno a un suceso o fenómeno social que es programado para arrojar un fin en la inmediatez, pues el resultado no engendra ni un sólo cambio en la actitud del participante, no pueden o no deben pues tiene la obligación de volver al sistema. Esto a pesar de nuestra necesidad innata a los rituales: a danzar como en carnavales, a emborracharnos para celebrar la vid, a tener aventuras, a pedir perdón sinceramente y a agradecer la existencia, una existencia ahora solitaria y en privado.

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