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La La Land: Ni tan tan, ni muy muy

Ante la expectativa generada por la última película de Damien Chazelle, La La Land (2016) no pude evitar caer en la ola de furor generalizada por parte del largometraje, y es que no solamente encontré las opiniones divididas, sino que, he de confesar, le seguí la pista a la película desde su anuncio y hasta su estreno el año pasado, lo cual lo único que generó fue una especie de descontento al saber que tendríamos que esperar meses para verla en las salas nacionales. Ni modo.

    Tentado ante la oportunidad de verla en línea (porque en más de una ocasión la encontré en un servidor de confianza) decidí apegarme a la idea romántica y nostálgica que emana el argumento del filme; sí, esperé para verla en la pantalla grande y tener la experiencia del cine original, ese que nos regalaron los hermanos Lumière. Finalmente, estaba en la parte media de la sala junto a mi novia para sorprenderme con los elementos visuales y sonoros que componen el prólogo del filme: elementos gráficos y sonoros propios del cine hollywoodense de los 50 fueron los avisos claros sobre lo que estábamos a punto de presenciar. “Ahí te van, no más pa’ que te des un quemón”, pensaba al ver estos oportunos elementos.

    Y así proseguimos a la primera secuencia: una pieza musical de una producción intimidante por el dinamismo, no sólo de los personajes, sino de una cámara comprometida con su papel de elemento narrativo clave para estar al tanto de cada detalle en pantalla, lo cual no sigue a otra cosa más que el ritmo de la canción. Sí, Chazelle se caracteriza por esa función narrativa a partir del ritmo de una melodía para ofrecernos un plano secuencia ideal para abrir una supuesta película-musical. Más allá del meloso trasfondo de la letra, fue este uso del lenguaje cinematográfico lo que levantó mis expectativas de ver la película que anunció arrasar en los Óscar. Y aquí admito mi error.

    No, a pesar de ser una secuencia para apreciarse, no trasciende en el desarrollo de la historia, algo así como un dato para distraernos del verdadero objetivo. Después de esto somos introducidos a Sebastian y Mia, nuestros personajes principales, quienes buscan la posibilidad de triunfar con sus ideales: él en la misión de establecer un lugar donde preservar el jazz original y ella con la decisión de conseguir un papel importante como actriz. La imagen del artista incomprendido se hacía presente, y por más que intenté quitarme de la cabeza los prejuicios generados por las reseñas negativas, no pude evitar cuestionar realmente esta postura.

    Aunque, si bien es cierto que ambos personajes son motivados por una añoranza del pasado, es esta misma la que no permite fortalecer realmente el lazo afectivo entre ellos, por lo que el tema del amor queda relegado a un segundo plano y evadido continuamenteLa La Land es eso, un retrato romántico y anhelante pero por un tiempo, tradiciones e ideales revolucionarias, y no precisamente una historia de amor.

    Es aquí cuando el director expone una posible motivación del filme: el rescate de sus tradiciones, sus propuestas estéticas y los sistemas que alguna vez fueron admirados por todos como arte. En conclusión, la película presenta técnicas interesantes en la construcción de secuencias y encuadres, lo que se debe principalmente al tipo de obra que atiende, es decir, el musical. Este dinamismo narrativo y visual es un mérito del director tal y como lo demostró en Whiplash (2015); por otra parte, en el intento de homenajear estas bases, la película deja de lado la intención de aportar una propuesta nueva y se limita a reproducir y honrar algunas de las piezas más representativas del género, creando así un collage meloso de dos horas.

    La tercera película de Chazelle no es una propuesta nueva y no intenta serlo, sino que es un simple homenaje contemporáneo a las bases y tradiciones fílmicas del siglo pasado, una reflexión hacia las expresiones que un día fueron revolucionarias y hoy parecen una base desdibujada que se niega a ser olvidada gracias a su impacto y contexto.

    Así podremos encontrar a La La Land en un limbo de críticas ofuscadas y enardecidas por resaltar lo bueno y malo del filme, a lo que podría brindar un somero veredicto neutro al decir que no es una película digna de tantos elogios, pero tampoco es el desperdicio de tiempo del que la acusan.

  Con una fotografía apoyada de los juegos de luces, encuadres cuidados y planos secuencias dinámicos y oportunos, además de una banda sonora compuesta principalmente de swing, el largometraje es una propuesta agradable para los espectadores románticos, sin embargo, los cinéfilos más exigentes quedarán con una amarga sensación de ausencia en el argumento, la ausencia de un conflicto real que hace que los personajes no se encuentren expuestos realmente a una problemática precisamente por la evasión y conformismo de éstos

    Ante este panorama y después de ver frustrada mi expectativa de tener una cita lacrimosa, salimos de la sala de cine y mi novia no pudo evitar lanzar la pregunta condenatoria:
“¿Qué te pareció?” Y desde el momento en que se presentaron los créditos, supe mi respuesta: Meh…

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