La intimidad de la casa: un acercamiento onírico a Gastón Bachelard

La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma. Incluso reproducida por su aspecto exterior, dice una intimidad.

Gastón de Bachelard

No me sorprende que algunas semanas después de mudarme de casa, un buen día me descubriera planeando felizmente la vida desde mi nueva ubicación geográfica. Imaginé un perro corriendo en el patio, ropa recién lavada ondeando como banderines de colores en la terraza o a mí misma leyendo un libro al fresco de la jardinera. “La casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños”, dice Gastón de Bachelard en su Poética del espacio.

Cada mudanza obliga al pensamiento a reordenarse y modifica nuestro imaginario, independientemente de si el cambio se realiza voluntariamente o no. Coincido con Bachelard cuando afirma que la imaginación es la potencia mayor de la naturaleza humana y, por ello, los espacios nos modifican tanto o más de lo que nosotros los modificamos a ellos. Para este filósofo francés el espacio es obra de la imaginación, para ser precisos de la imagen poética y, desde luego, la imagen poética por excelencia es aquella que remite al espacio positivo, el espacio feliz, porque para Gastón de Bachelard, en el germen, toda vida es bienestar.

Mi nueva residencia no es un espacio del todo desconocida, innumerables veces había estado ahí como visita; sin embargo, cuando llegué con maletas en mano, nada me resultaba familiar. Me he habituado a la casa, he habitado la casa. Incluso, una mañana casi pude sentirme parte del barrio por correr en chanclas detrás del camión de basura sin ninguna pena.

La casa como espacio de consuelo e intimidad, explica Bachelard, “es un instrumento para afrontar el cosmos […] nos ayuda a decir: seré un habitante del mundo a pesar del mundo”. Más aún, partiendo de esta perspectiva, la casa habitada adquiere valores de protección y de resistencia como si fuesen una extensión de la energía física y moral del ser humano. En consecuencia, la casa afianzada de esta manera “abre, fuera de toda racionalidad, el campo del onirismo”.

Imaginar “la casa de tus sueños” puede ser una frase que remite a un slogan para vender propiedades o algo parecido, pero en realidad se trata de una actividad polisimbólica de la imaginación y la memoria. Para Bachelard, sueños y memoria se diluyen con tanta facilidad que se vuelve difícil diferenciar qué ha sido vivido y qué ha sido soñado, y es en este punto precisamente donde la imagen poética, que es antes que el pensamiento, se dibuja como una cooperación de lo real y lo irreal.

Esta asociación perfilaba mi reciente cambio de domicilio como una afable oportunidad para releer y reinterpretar tanto la cartografía de mi nueva colonia como mis propios mapas mentales de vida; no obstante, la sosegante filosofía bacheleriana acerca del espacio me abandonó muy pronto. Hace algunas semanas, después de una serie de horribles pesadillas cuyo escenario era mi casa, empezó a surgir en mí un temor que nunca antes había experimentado: alguien, en cualquier momento, iba a irrumpir en ella.

Una noche, caí en la paranoia de que el intruso ya estaba dentro de la casa, oculto en algún lugar, y estuve a punto de salir corriendo sin nada más que las llaves en mano (porque, ¡claro!, para salir debía quitar los seguros que había puesto inmediatamente después de haber llegado del trabajo). Conseguí dominar el temor y pasé la noche a medio dormir con todas las luces encendidas.

Bachelard no considera las pesadillas ni los espacios hostiles dentro de su interpretación del espacio porque para él lo que atrae al ser humano son las imágenes del espacio cobijante. Si su análisis fenomenológico vincula la casa y los sueños a través de las imágenes que reflejan la intimidad del alma, ¿mis pesadillas y mi paranoia nocturna se traducirían en una especie de vulnerabilidad de lo más íntimo del ser? Intuyo que no, que a ese estado mental de alerta máxima no necesariamente le corresponde un panorama inversamente proporcional al bacheleriano.

Lo cierto es que quien realmente habita la casa y los sueños (por más horribles que resulten), percibe con más potencia la forma en que su estancia en ambos altera su percepción del mundo exterior e interior. En consecuencia, el espacio no es algo meramente utilitario, sino un espacio vívido, es decir, un espacio concreto de la intimidad humana.

Texto por: Yarazai Simbrón

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