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La guerra nueva, un posmodernismo en quirófano

Nuestro país parece estar en un vaivén de estados, sin poderse definir en realidad como una República Federal (risas de fondo). Por la mañana somos un estado federal, me consta, he visto cómo las fuerzas armadas levantan la bandera en el zócalo del Distrito Federal; pero como al oeste, lejano, amanece más tarde (supongo), hay un estado de alarma; al sur ya casi para tierras calientes, ¿por el calor?, hay un estado de sitio; y en Michoacán y otras zonas en las que cultivaron el peligro (por no decir que se la mamaron), hay un estado de excepción donde el todopoderoso ejército ejerce la fuerza = poder.

Hace unos días la armada de México presentó a ésta, nuestra trama histórica, el asedio-caza al supuesto líder del cártel de los Beltrán Leyva, el “H2”. Con un despliegue de tecnología armamentista recrearon o crearon una escena espectacular, propia de la película de acción más inverosímil que se te pueda ocurrir. Desde un helicóptero UH-60M Black Hawk, ráfagas trepidantes concluyeron con su objetivo y cumplieron con su propósito. Esta misma tecnología podría vigilar las calles de nuestra nación, decidiendo si las acciones que realizamos atentan contra la nación o no, es decir, liberar todo ese plomo a destajo y sobre cualquiera que se determine como enemigo de la nación (tal vez esto es un poco exagerado y alarmista, pero tiene el mismo alcance que su divergencia de conceptos sobre la seguridad pública y la seguridad interior que se propusieron los partidos políticos involucrados) de ser aprobada cualquiera de las dos iniciativas de la Ley de Seguridad Interior, pero ese no es el punto de esta nota, así que lo dejaremos para otro momento.

Otro brote de violencia similar se encuentra en ese Oriente dormido, en el que hubo una revolución, una revuelta organizada a propósito del buen uso que le pueden dar a las redes sociales. El mundo no está en paz, por desgracia, estas guerras ocasionadas por el poder crean una sola verdad, la que les va mejor, y aniquilan la multiplicidad de relatos que pudieran  contarse, más bien, los centra en un sistema para que éste cuente una única historia. Así las diferencias agonizan por la perspectiva de quien gobierna. La lucha del poder no está ya sólo en quienes ejercen la fuerza contra quienes la soportan, más bien, en la creación de ese gran relato del que habla Lyotard cuando define al posmodernismo y se comunica.

La posmodernidad es lo que le continúa a la modernidad. Ésta última es un movimiento cultural en el que el ser humano crea el decurso de la historia y no al revés, como un ente pasivo que espera al gran relato. Es decir, que la posmodernidad es lo que sigue y niega a ese movimiento, teniendo no sólo un gran relato, sino un sinfín de relatos (todos igual de valederos). La posmodernidad comienza con el fenomenólogo Lyotard, quien en su obra La condición posmoderna plantea el problema del saber (conocimiento) en las sociedades más desarrolladas. Así, el saber o la acumulación de este tiene como resultado un poder que se ejerce.

En su obra La posmodernidad (explicada a los niños) hay un texto llamado “Misiva sobre la historia universal”, en el que se establece la muerte de los “grandes relatos”, cosa que llevó a estetas y artistas a no escribir, componer o crear algo, es decir, a carecer de un acontecimiento (pero, ¿acaso es necesario un acontecimiento en el arte?).

En su obra, Lyotard, anuncia la muerte de los cuatro grandes relatos, no del relato en sí, o sea de la historia. Por lo que se entiende hay un teologismo dentro de su pensamiento y muchas otras historias, interpretaciones de las historias con su epicentro en otras visiones del mundo. Por lo que se entiende, ya con el filósofo Vattimo que “la historia es como el dialecto” estos necesitan comunicarse entre sí y comenzar a ejercer el poder sobre el provenir. Con lo que se resume que el posmodernismo no es otra cosa que la aceptación de todas las realidades posibles, desde las de la paradoja de Fermi hasta la democracia liberal del mercado (punto importante para lo que sigue) pues sigue siendo una multiplicidad de hechos.

Ahora que intentamos aproximarnos a una vaga definición de ese movimiento cultural, podemos regresar a los supuestos hechos que acontecen en el presente, tanto en nuestro país como en diversas partes del mundo, en las que es muy claro el triunfo del neoliberalismo. Debemos considerar este punto para entender por qué el posmodernismo está en declive, o siempre lo estuvo, está en quirófano quizá porque nunca salió del parto o porque no tiene cabida en el mundo, un mundo globalizado.

Sin ser globalifóbico, el imperio (—- ponga el nombre que más le guste) ya unificaba la globalización del mundo, con lo que se retoma la idea de un “hecho universal”, aunque, éste no puede venir de la nada. Así que le queda el fundamentalismo: una forma de totalizar la guerra, sembrar pánicos para que las civilizaciones luchen, una vez más. Sin embargo, es una lucha por el poder, ya no de los que Lyotard habla, sino el de comunicar o el de la acción comunicativa.

Quienes tienen el poder de comunicar una verdad (como las marcas con la publicidad o los gobiernos totalitarios) tienen el poder de manipular el comportamiento productivo de una sociedad. De esta manera, lo más conveniente para aquellos que enterraron el posmodernismo por utópico es volver a la demagogía, la oligarquía o la función que tienen los diversos estados (dentro de un Estado) como en territorio nacional para el control de las masas.   

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