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King Crimson en el Metropólitan

Han terminado las cinco fechas de King Crimson en el Metropólitan. Me tocó ir a la primera y aún no asimilo completamente el concierto. La experiencia ha sido inolvidable, pero también tiene algo (y no poco) de inefable. ¿Cómo escribir en unas cuantas palabras lo que el sonido de la legendaria banda de rock progresivo nos produjo el viernes? ¿Cómo transcribir la experiencia en vivo de tres baterías perfectamente sincronizadas acompañadas de músicos de primer nivel? Intentemos hacer una aproximación de lo que fue escuchar a King Crimson en vivo.

Sin embargo, antes de dar inicio es importante mencionar que toda experiencia va a ser en buena medida satisfactoria o  insatisfactoria dependiendo de la actitud que tome el auditor con respecto a su persona. El humor del sujeto determinará en gran medida el cómo se la pase, cosa que no tendrá que ver con el concierto en sí. De igual forma la parte fisiológica podría afectar en algunos casos. Por ejemplo, si eres muy bajo de estatura… no es el caso al tratarse del Metropólitan. Otro ejemplo, tomarse unos tragos antes de entrar y tener abundantes deseos de orinita regresar mientras está el concierto (anécdota personal del concierto de Tool). Dos ejemplo más, tener un oído tapado, olvidar tus lentes si eres miope. Por otro lado, hay que incorporar el contexto, donde entrarían el espacio, la hora, acompañantes, servicio, etc. Podría afectar llegar tarde al concierto, estar cerca de una persona no deseada (el gritón, el parlanchín, el presumido, el violento, el drogo, el amargado, etc.), que la gente estorbe porque estás al lado del pasillo (ese fue mi caso), perder algún objeto de valor, y así podemos seguirle.

Otros factores que podrían influir son las expectativas. En este caso hay muchos riesgos, pero también puede haber satisfacciones. Les doy dos ejemplos, cuando fui a Black Sabbath mis expectativas eran altas y salí decepcionado, si no hubiera esperado la gran cosa habría disfrutado más el concierto. No obstante, cuando fui a Sigur Ros mis expectativas también fueron altas, pero el concierto las superó por mucho, lo cual me dio una tremenda satisfacción. Las expectativas son un arma de doble filo. Ahora concuerdo en buena parte con mis allegados, lo mejor es no hacerse expectativas o resumirlas en: todo va a estar excelente (sin precisar demasiado ese “excelente”).

En resumidas cuentas, puede haber innumerables factores externos que perjudiquen un concierto. Sin embargo, el concierto en sí no es el responsable directo e incluso, algo que puede ser sorprendente es que el concierto sirva para arreglar éstos y otros problemas. La música en algunos casos puede reparar. En fin, el mejor antídoto de la adversidad no es más que la buena vibra, importantísima en cualquier concierto. Ahora sí, regresemos a King Crimson.

Fila 8, asiento 13, como les dije, al lado del pasillo. Mi novia a mi lado y algunos amigos repartidos arriba y abajo. Se escucha la advertencia de los celulares. Todos nos reímos por la voz castiza que dice algo como “habrá un intermedio que se ubicará entré la primera y la segunda parte”. Luego entran los músicos legendarios: ovación seguida de silencio. Inicia la primera parte del Larks. En ese momento estoy aturdido, me cuesta trabajo concentrarme en la música, me llama la atención un guardia enorme que señala con su lamparita de forma violenta a un sujeto de las primeras filas ¿Lo irán a sacar? me pregunto. De pronto me interrumpen los relampagueos de la guitarra y regreso al concierto. Por momentos me salgo de la jugada, me nublan las sombras del pasillo, luego regreso, algo así como leer un página y por distracciones no entender y releer. Atrapo un párrafo, de repente dos frases y se escapa lo demás. La ansiedad permanece también en Neurótica. Recordemos que el leguaje de King Crimson es en buena medida contemporáneo, que si bien es un lenguaje propio, incorpora distintos estilos como el minimalismo, el serialismo, el jazz, la atonalidad. Dichas características lo vuelven difícil de asimilar y a su vez interesante. No es hasta algo más digerible, más tonal, la tercera canción Cirkus, donde puedo entrar con más fuerza al juego del Rey Carmesí.

Me llama la atención entre tantas cosas, la posición que adopta Fripp, no con respecto al público (siempre está igual: sentado y de perfil), sino con respecto a su guitarra. Su concentración es absoluta, dirigida a la música y sus instrumentos, no despega la mano del brazo y cuando es necesario acude al teclado. Siempre toca de forma delicada y procurando la máxima precisión, sin una nota de más. No se inmuta, rarísimo en cualquier músico.

En primer plano las baterías. No son simple acompañamiento, ocupan durante la mayor parte del concierto el papel protagónico. Destacan no sólo auditivamente, sino también visualmente. Uno escucha una batería y luego voltea a la otra, la siguiente hace variantes del primer tema, mientras la primera se ha adaptado a otro ritmo.

Termina la primera parte con la segunda del Larks. Todos estamos muy sonrientes. Intentamos acercarnos más al escenario, no nos dejan. Luego preguntamos si podemos tomarnos una foto, ahora que lo pienso eso fue una necedad, pues ahí estaban los letreros que claramente decían lo contrario, por razones obvias tampoco nos dejan. Terminamos por ver el escenario desde donde estamos y hablar de algunas impresiones generales: ¡Está increíble! ¡Qué genial! Aún no podemos decir mucho, todo está muy fresco y lo que falta. Mejor hablar del futuro ¿qué tocarán después? Ojalá que toquen tal o tal otra. Yo quiero que toquen mejor la del disco tal, etc. Regresan los músicos y el corredero de gente. Inicia la segunda parte.

A lo largo del concierto se chita a los ruidosos con frecuencia. Prácticamente todas las canciones incorporan por parte del público un agudo ¡uuuuuu! seguida de varios ¡shhhhh! Luego se escucha la música con claridad. Con King Crimson a uno le dan ganas muchas veces de pararse y alocarse, las disonancias y las baterías nos invitan a ello, pero en otras partes uno quiere estar sentado y apreciar.

Más arriba de las baterías están los demás instrumentos. Mel Collins vuela con el sax y la transversal. Tony Levin es todo un personaje. Su virtuosismo es simpático. El teclado ocupa los espacios y se desliza entre algunos músicos. Jakko Jakszyk es el más enérgico, el único bailarín. Y Robert Fripp, el director de orquesta, se nos muestra silencioso, serio, majestuoso. Todos conforman una enorme masa de sonido dispuesta a perturbar, pero también a sensibilizar los oídos.

El encore es nostálgico. Dos canciones son suficientes para recordarnos todo el primer disco, el principio y el final. Entre la última y primera pieza, está “Heroes” de Bowie que aligera, pero proyecta las emociones. Por último, el hombre esquizoide del siglo XXI. Todos nos paramos, bailamos y cantamos, algunos recordamos grandes episodios con la música del Rey Carmesí. El tiempo se detiene y las leyendas hacen lo suyo. El concierto ha acabado, quedan algunas fotos, tazas, playeras y la memoria. El ánimo de todos está por los cielos. Salimos alegres, emocionados y tratando de expresar con palabras cómo estuvo aquello. En algunos años podremos simplemente decir que estuvimos en la Corte del Rey Carmesí y admiramos su majestuosidad.

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