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Juegos de mesa: las otras reglas

Aguardé mi turno sentado en una mesa redonda. Tomé los dados y me acerque a un tablero con dibujos llamativos y sin relación aparente, cada uno se guarda en cuatro paredes que les separan por una línea traslúcida, semejante a la que existe entre mentira y mentira dentro de una ficción; las casillas están conectadas por una especie de camino en un solo sentido, un arroyo que va subiendo y concatenadas, las más alejadas, por unas escaleras de madera y unas retorcidas boas constrictor. A la espera de que aquella fuera mi última tirada lancé los dichosos dados, el destino de esa jugada estaba en sacar un dado en cinco y el otro en uno, otra combinación era que la cara al sol fuera el cuatro y la otra el dos, o, ya de pérdida, tener un par de treces. Así es, estaba a seis casillas de atinar al lugar marcado con el número cien, la casilla de salida, poderme levantar de ahí, desembarazarme de sus reglas, echar por la borda (o borde de la mesa) mi ficha y todas sus esperanzas de volverse a inmiscuir en un reglamento sobre otro. Tiré los dados decidido a sacar una combinación de números que me llevarán hasta el final, pero ya no era mi decisión que aquella apareciera, era el azar, la probabilidad, y la posibilidad de todas las combinaciones. No saqué el seis tan esperado (la mesa se llenó de risas guardadas para el momento, para todos los momentos similares en aquellos lugares en los que se nos permite la burla indiscreta), saqué una combinación que sumada daban cuatro, esto me llevó a una casilla encimada por la cola de una serpiente y (siguiendo las reglas que me llevaron a aceptar estas reglas) no pude renunciar, y regresé a la casilla número sesenta y nueve.

Quizá de haber ganado ese juego, no estaría escribiendo esto, porque no me habría dado cuenta de que antes de escoger mi ficha, lanzar los dados e iniciar las sendas por las que todos los participantes debemos avanzar en aquella entretenida distracción, algo mayor a mí me orilló a aceptar las reglas, sí, estoy pensando en otras reglas. De hecho no muy distantes a las cotidianas, estas pautas de comportamiento son determinadas por el lugar que compartimos los reunidos: el juego de mesa. Ahí, en el juego de mesa, no sólo operan las reglas del juego, sino también las otras, las que no se dicen, las que se suponen son llevadas a la cotidianidad, las aprendidas a través de la cultura, las que forman el ethos, las que permiten que exista una convivencia. El ethos, entonces, como el conjunto de formas y maneras de comportamientos como individuos dentro de un grupo social, moldeando la moral, se configura de esta manera gracias al espacio.

Los juegos de mesa, pues, son un espacio que admite un puñado de constituciones, todas ejecutadas al mismo tiempo, leyes sobre leyes, artículos sobre artículos, reglas sobre reglas, comportamientos sobre comportamientos y todos actuando sin distinción, en su orden implícito y sin estorbarse, porque hemos decidido formar parte de algo, ser dentro de ese espacio un Ser, construir dentro de ese espacio mis existencias (o las de mi ficha que soy yo llegando hasta el deseado cien), para estructurarlas en ese tejido único, que se da porque en conjunto lo hemos decidido. A estas reglas llamémosles supraregulación, un ente que sólo existe cuando dos o más están dispuestos a pactar por esas regulaciones y se constituyen sobre el ethos y la cosmovisión, en el espacio determinado, por el tiempo que dure aquella alianza. Ésta debe ser distinguida de las leyes (constitucionales, espaciales, físicas) que rigen indeterminadamente a todos los ocupantes de un espacio por igual, sin un consenso, pues están incluso rigiendo antes de que uno fuera capaz de afrontarlas; y las metarreglas, aquellas que no están en la constitución, ni en la Carta Magna, ni en el solaz reglamento de un juego de mesa, son más bien, la causa que nos lleva a tomar ciertas decisiones (desexistencialista diría mi madre), aquello que está en lo público como la significación, como fórmulas comunes que utilizamos para definir lo que nos sucede, aquello que armamos con cierto rigor en el fluir de nuestra conducta, en tanto el otro sea un igual, en la única acción social que articula y desarticula culturas: el deseo.

En los juegos de mesa, entonces, la metarregla es desear ganar. El deseo mueve casinos, destruye fortunas, crea insoportables situaciones, hace de los juegos unas reglas sobre reglas sobre reglas hasta volverlas herméticas, imposibles de resistir y romper. Aunque, eso de romper sería difícil, sería una situación peligrosa hasta para uno mismo, se quebraría el ser dentro del juego y el ser que está ahí. Y el espacio, en ninguna de sus funciones, permitiría una grieta que se bifurque en las reglas o en el deseo, porque todo es un mecanismo. Porque el espacio es fundamental para que haya reglas y tengamos deseos de participar en ellas, de alcanzar metas y organizar culturas. Por lo tanto, también hay un espacio sobre el espacio: un juego sobre una mesa, una forma de fichas (materia) sobre un concepto económico (abstracción): una exageración muy semejante a la de la literatura, es decir, que el acto del juego es un instante del pensamiento antes de ser un acto poético o viceversa; así el espacio no es una habitación en la que nos reunimos, son más bien las cartas que jugamos, el tablero que recorren las fichas, la ruleta, aquella forma que rectifica la decisión de participar y que se encuentra en un espacio urbano: el juego en sí mismo.

Me veo en esa última jugada aventando el tablero porque no salieron los dados (en una suposición, por supuesto) sería un anormal, como diría Foucault, con monstruosa vehemencia aventaría todo y mi conducta dejaría de ser la que el juego determina, por lo tanto se crea un desastre, un acto desimbolizado, fuera de lo común, aquello que no se esperaba (la disociación mente-conducta), un gesto primitivo en un juego, ¿por qué?

Antes de entender el espacio (el juego y donde se desarrolla) se debe tener noción de la urdimbre que existe cuando una supraregulación es llevada a acabo con la normalidad que dicta, en ese caso, no sucede nada, hay un ganador y las afectaciones emocionales y empáticas continúan sin pervertirse. Si en cambio opto por romper el tablero, atravieso esa fina y diáfana línea entre las estructuras y puede llevarse al ámbito de lo personal. Interrumpo el decurso de una supraregulación, la atravieso sesgando cualquier forma que haya de contrato, por lo que el entendimiento se tropieza con lo “fuera de lo común”, como diría Clifford Geertz, volviendo nuestra experiencia-reacción hacia el lado “fuera de lo común”. Y así se pierden amistades, se quiebran lazos familiares y no es por el juego, el juego sólo aconteció en un instante, fue un hecho sobrepuesto, para representarnos en algo, para ser “un otro ser ahí”, ser una representación y entendernos como presencias. Lo anormal paraliza, saca del cause la tranquilidad y entonces, toca fibras sensibles de nuestras metarreglas, porque nadie alcanzará su deseo.

El juego de mesa está ahí para recordarnos como actores simbólicos y sociales, con los sentidos de nuestros actos puestos en una cultura que se formó gracias a las pautas de comportamiento que fue moldeando, siguiendo una vez más a Clifford Geertz, la evolución de la mente del ser humano. Entonces participar en un juego de mesa, en tanto todos lo acepten, es encimarnos sobre estructuras de la evolución. Espera la segunda parte de este artículo en la que retomaremos el espacio, su importancia en el juego y la conducta.

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