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Juego de mesa 2: El espacio en los juegos

Los juegos de mesa están ahí dentro de nuestros hogares, lugar del que surgen la mayoría de reglas. Dentro de esas paredes con llave echada por dentro se guardan los juegos para recordarnos como actores simbólicos y sociales, llenos de sentidos, disponiendo cada uno de nuestros actos en los muros de una cultura que se formó gracias a las pautas de comportamiento, las cuales fueron moldeando nuestra estructura interna.

Así, el espacio no sólo es el sitio que resguarda nuestro desarrollo sino el que vigila que se lleve a cabo. Guardamos el juego de Serpientes y Escaleras y sacamos otro juego. Un poco más tardado debido a que el proceso de desarrollo incluye colocar las piezas sobre el tablero, esta vez sacamos el juego de ajedrez. Las casillas del juego están encerradas dentro de un espacio determinado, sólo dentro de ese espacio la casilla existe, pero es gracias a él que la otra también existe, de esa manera una y la otra conviven independientemente, pero siendo parte de un mismo tablero, como las piezas que están dentro de cada recuadro. Un recuadro que debe estar a la vista de todos, ser vigilado, inspeccionado y de vez en cuando perturbado.

Las piezas tienen libertad de movimiento, pero no se pueden mover como ellas lo deseen, es decir que su libertad se condiciona por su clase o tipo, los únicos que pueden moverse en cualquier dirección son los reyes. Todos los movimientos suponen una estrategia, aunque ésta tenga como objetivo defender. El tablero es un cuadrado y dentro de él hay sesenta y cuatro cuadrados. Su historia es complicada y se dice que es casi imposible que la combinación de movimientos de las piezas sea la misma en juegos diferentes, es decir, que cada partida es única. Pero, ¿a qué viene en cuento esto? Debes saber que este juego, al igual que muchos otros, se ha permeado en la cultura como un juego cotidiano, casi como un símbolo de estrategia y competencia (de competir), dos hechos que podrían definir esta contemporaneidad en la que estamos condenados a tener éxito (estrategia), por el camino del fracaso (competir), tema del que no hablaré, pero que está ahí como porción del ethos del cual hablé en la primera parte y que se inserta en este y otros juegos (en el que las pilas se venden por separado).

Existe, sin duda, en la posición de cada figura una tarea determinada, una clase y un objetivo (para la estrategia); así, todas las piezas deben aceptar su lugar asignado para iniciar. Me parece una primera condición para ejecutar el juego, el espacio que ocupan ya es en sí subordinado a su destino; no obstante, pueden llegar a ocupar otra casilla más adelante, sin que por ello sus designios cambien. Para ese entonces sus decisiones se verán gravadas por el nuevo lugar que ocupan, así, el espacio no sólo determina hacia dónde se mueve, sino significa ese movimiento. El juego de mesa como un espejo cóncavo en el que se mira el jugador, refleja cómo uno se adapta al espacio, un espacio que ha adaptado a uno mismo. De esta manera existe indefinidamente una actualización hasta sus últimas consecuencias, a las cuales yo considero como el espacio diseñado para reproducir los mismos comportamientos, las mismas actividades y no errar en las decisiones, pues cualquier camino te debe llevar al mismo objetivo: ser útil para producir.

Entonces ¿cómo el espacio es determinante en el obcecado abismo de lo indeterminado o cómo el espacio nos lleva a la toma de una decisión?, lo que me hace pensar en el espacio como un condicionante, pero no modificador de conductas. ¿Quién se encarga de establecer los espacios de una vivienda, por qué todas las casas de instituciones de vivienda son, si no iguales, sí muy similares? Cuando pienso en lo que hago dentro de mi hogar, supongo, asimismo, lo que hago en el exterior; es claro que las formas urbanas se interiorizan en los hogares, Le Corbusier ya hablaba de eso, y algunos urbanistas lo consideran como una política de construcción.

Un espacio que nos vigila, que nos mide, que nos procura en su bienestar de cuatro paredes, aislados de lo exterior. Un lugar donde nos hemos acostumbrado a estar, a permanecer y que nos recuerda que estamos en una casilla nuestra, muy nuestra. Por lo que soy en ese espacio quien sólo ahí puedo ser, el espacio te define, te hace inclinar de un lado de la balanza. Muros y calles se levantan como se levantan pasillos y puertas al interior de un hogar. Todo tiene medidas antropométricas para que el ser humano se desarrolle dentro de esos espacios con plena libertad, aunque ¿y si hasta en esa libertad hay un control muy necesario para la cultura?

Los juegos de mesa son más que un entretenido pasatiempo, un lugar al que uno acude para distraerse, una recreación en familia o amigos, es también un ritual para algunos, un sistema de reproducción de conductas, una reafirmación del ethos, lo humano y nuestro papel dentro de la sociedad en la que vivimos. Esto me hace concluir en un aspecto muy formalista, probablemente, pues considero que es sólo en una sociedad de producir y reproducir, de afirmar y reafirmar, de evadir y no aceptar, en la que los vacuos símbolos no son ya de la presencia y en la que buscamos y buscamos con el fardo penoso de sobresalir de entre los demás porque la unicidad o singularidad que nos hace ser el quién que se ha homogeneizado en el qué de un puñado de productos tajantemente enajenantes, que los juegos de mesa se hacen (producen) para provocar un sentir más allá de la noble tarea de la distracción.

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