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Humanidad, rebelión y arte: Leopoldo Méndez, el Durero mexicano

 

Toda sociedad, periodo, suceso, personaje o ideología necesita de una manifestación artística que pueda solventar y reflejar los sentimientos propios o, quizá, de toda una población. Como ejemplos claros podemos encontrar el surrealismo, el existencialismo, el impresionismo, el expresionismo y más “ismos” habidos y por haber, los cuales, en su mayoría, reflejaban las dolencias y preocupaciones de la sociedad europea del siglo pasado.

Hoy en día, con tantos atropellos a las normas, al civismo, a la moralidad y al humanismo, no está de más recordar a uno de los artistas mexicanos más importantes del siglo pasado, de quien podemos decir que su obra está vigente hasta el día de hoy con una fuerza acentuada por decisiones que azotan al planeta entero.

Leopoldo Méndez fue un grabador mexicano nacido en la Ciudad de México el 30 de junio de 1902, perdió a su padre a muy temprana edad, lo que lo llevó a formarse en el taller de su tío. “Polo” (pa’ los cuates) fue el destacado ejemplo del chavito de una familia pobre que mostraría cierta facilidad para el dibujo y la expresión artística. Simplemente logró ingresar a la Academia de San Carlos a los 16 años  donde conocería a su maestro fundamental: Saturnino Herrán, pintor enfocado en el indigenismo mexicano, tema al que Méndez dedicaría la mayor parte de su trabajo.

Al concluir sus estudios, se unió a Fermín Revueltas, Germán Cueto, Arqueles Vela, Ramón Alva de la Canal, Germán List Arzubide y Manuel Maples Arce, quien lideraba al grupo de “Los Estridentistas“, quienes se caracterizaban por proclamar un arte antiacadémico el cual mostraba las necesidades, sentimientos y pensamientos del verdadero pueblo mexicano, es decir, los pobres que eran explotados y buscaban una manera de tener voz ante el mundo. Sí, algo así como el punk.

Jean Charlot, Portada del libro de poemas “Urbe” de Manuel Maples Arce

Bajo esta mentalidad, Méndez también fundó el Taller de Gráfica Nacional (TGP) en 1938. No cabe duda que si algo le interesaba era ofrecer una visión real del México que intentaba sobrevivir a un mundo en conflicto, entre desigualdad social, conflictos globales y personajes enardecidos de poder cometiendo atrocidades al rededor del mundo (¿les suena familiar?).

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Leopoldo Méndez, “Amenza sobre México”, Litografía, 1937

Para este artista plástico no había pelos en la lengua (¿o en las manos?) que lo detuviera, siempre dando a conocer la perspectiva real del país de una manera angustiante, amenazadora y cruda para lograr una atención de manera violenta que, paradójicamente, emana vida en cada uno de sus trazos medidos, tal y como debe ser el trabajo de un respetado grabador.

No importaba si eran caucásicos…

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Leopoldo Méndez, “La venganza del pueblo yugoslavo”, Grabado, 1942

Vecinos…

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Leopoldo Méndez, “Sueño del imperialismo”, Litografía, 1950

O incluso cercanos…

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Leopoldo Méndez, “La revolución y el petróleo”, Fotografía (plata sobre gelatina), 1961.

Si te metías con él o su pueblo, ¡Aguas!, porque de seguro tendrías un crudo retrato de realidad inspirada por la rabia y deseo de libertad que sólo un humanista como él podría transformar en rebelión y arte.

Elena Poniatowska, en una nota especial por el centenario de Méndez, destacó su prolífica obra, en la cual podemos encontrar más de 700 grabados, cantidad comparable sólo a la de Rembrandt o el mismo Durero. Obviamente, la fama de nuestro querido “Polo” ha estado delegada a segundo término debido al gigante que tuvo como antecesor: José Guadalupe Posada, de quien heredó los elementos tradicionales mexicanos para dotar a una obra con los detalles visuales necesarios para entrar en un contexto determinado y transformarse en denuncia. De maestro a maestro.

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Leopoldo Méndez, “Homenaje a Posada”, Grabado sobre linóleo, 1953

Su presencia en el campo intelectual mexicano lo llevó a ser reconocido por grandes figuras de distintas disciplinas, tales como los directores Roberto Gavaldón y Emilio “El Indio” Fernández, quienes solicitaron más de 10 grabados especializados para aparecer en películas como Río escondido (1947), El rebozo de la soledad (1952) y La rosa blanca (1961), lo que lo llevó a trabajar también con el fotógrafo Gabriel Figueroa, quien siempre admiró su perspectiva de la vida y la gran estructura visual de su obra.

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Leopoldo Méndez, “El Rebozo”, Grabado sobre madera para la película “El rebozo de la soledad”, 1952

La obra de Leopoldo Méndez es un archivo que podría seguir vigente en nuestro tiempo debido a la situación nacional y global que se vive a diario. Sus grabados cargados de situaciones melancólicas, trágicas y alarmantes, no hacen otra cosa mas que dar voz a una realidad grisácea y decadente en la que, día con día, debemos adaptarnos para lograr soportarla; sin embargo, el arte como denuncia genera ese impulso violento que no le hace daño a nadie, pero que llega a todos como espectadores.

Tal vez sea momento de imaginar qué es lo que puede venir en los próximos días e intentar remediarlo o, al menos, plasmarlo.

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Leopoldo Méndez, “Lo que puede venir (Autorretrato), Grabado sobre madera, 1945

Te invitamos a conocer más trabajos de Leopoldo Méndez visitando la galería en línea del Museo del Estanquillo.

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