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El Obsceno pájaro de la noche, la transformación de la palabra

Enmudecido como Humberto Peñaloza, contemplo como me es arrebatada la esperanza en cada palabra, en cada mutismo y en cada página. De manera obscena quiero arrojar las páginas que me han llenado de rabia, impotencia y zozobra, pero nadie ha dicho que la literatura es todo lo contrario. No sé si aún no estaba preparado para tremendo delirio o sólo las palabras de quien puede ser todo y estar en todo me obstruyeron la imaginación y el pensamiento, pero contrito encontré ese espejo de maravillosa oxidación, una alternativa a convertir en literatura la voz de los sin cara, los olvidados, desprotegidos y echados a un lado del mundo: el pueblo latinoamericano.

El obsceno pájaro de la noche es el trago amargo de desilusiones que llevó a su autor, José Donoso, a experimentar en la palabra, con su cuarta novela, momentos de realismo y, otros tantos, de suma fantasía. Quien se encarga de narrar los sucesos es un personaje tan sin rostro y acostumbrado a no ser nadie, que está alienado a convertirse en lo que la situación necesite, plano, “sin un apellido que resalte”, un cualquiera de cualquier lugar que puede ser quien sea, y que sufre de diversas metamorfosis, todas para desarrollarse en medio de la nada, en una invención suya y en la alucinante casa (antes capilla) de las asiladas.

Esa voz narrativa, que además escucha y se intercambia, parece siempre confesarse y adivinar el pensamiento de los demás y el pasado. Sí, el pasado que por momentos pareciera que él inventó que una voz imagina, narra y converge en el presente, como con “la Iris” a quién le tiende trampas, le hace pagar culpas del pasado y la abandona, en la peor de sus formas.

Sin duda una novela llena de recursos lingüísticos y literarios, en la que el narrador cambia de focalizaciones cada vez que cambia de lenguajes, porque, el español explota en las formas más comunes de un Chile que es azotado por la injusticia y la autoridad de don Jerónimo. Y el narrador cambia con cada anagnórisis con la que se encuentra y con la que se resignifica, tomando los valores de cada cambio, hasta las últimas consecuencias. Éste es el hecho que define a la novela, “hasta las últimas consecuencias”, sin límite; no por nada, considero, su segunda novela tiene por título El lugar sin límite. Aunque, regresando a El obsceno pájaro de la noche, sí hay límites, espaciales y de personajes, por ello todos son impermanentes, mímesis de una realidad que no se detiene, en constantes cambios o revoluciones, como el tiempo y el espacio de la novela. Un tiempo que se genera en dimensiones yuxtapuestas y se va gastando, olvidando, por ser tapiados, como lo hace el mudito con la aparente casa que era capilla para ser perdida: espacio raído a instantes de la demolición, de la caída de una representación: palabra importante para entender esta novela, que se presenta en diversas estructuras que van apareciendo, que no construyéndose, una con otra.

En el aparentar ser un mudo, ser un soltero, ser una beata, ser una vivienda, ser un líder, ser padre, ser un escritor, ser normales o anormales todo se vuelve un mundo de cartonpiedra en el que se desarrolla una aparente historia. En el paroxismo de suplir lo que se es por lo que se dice que eres terminan locas, muertos, los personajes alteran sus formas y se vuelven parte de los escritos de Humberto Peñaloza, el primero en reajustar su forma a la literaria.

Pareciera que la novela transcurre en las noches deterioradas, tras la muerte de la Brigida. Allí donde empieza la historia y una especie de antipoética o poética de la anormalidad y la desazón. A lo largo del texto se despliega un mundo malformado y artificial, en un tono de eternidad donde se van agotando los días y los años, y en el que a nadie parece importarle que el tiempo pase: una muchacha embarazada por años sin “hacer la cochinada”, un niño Boy con labio leporino que vivió en un paraíso recreado y en cinco días lo perdió todo, sesenta años de misia Inesita sin arrugas y en un par de días es una vieja con cabellos hirsutos y rostro de anciana; tiempos que se sobreponen unos a otros, como si la corriente de un reloj de arena se suspendiera para caer de golpe.

Leer El obsceno pájaro de la noche fue como adentrarme en una pesadilla ambigua y posarme en el peor de sus lugares: la frontera de la existencia. El personaje es gracias a la información de su contexto, a la constante comunicación que tiene con su entorno, el espacio hace al personaje; luego, la existencia es entonces lo que ya está determinada a ser, “el destino de la Iris era ser puta”, claro, al que ella se niega hasta la trágica resolución de la simulación. Entonces aparece la hibris, dirían los griegos, concepto que define la lucha por evadir el divino designio, aunque, en el caso de esta novela, el designio de las condiciones. Entonces me hizo preguntarme, ¿qué tanto se decide el destino?

La novela retrata de forma espeluznante la relación del ser humano con su circunstancia, que ya desde el título nos enseña hacia dónde se dirige: de un epígrafe sacado de Henry James Sr. se marca cómo converge la herencia natural a tener una vida espiritual con la insistente avidez de ser lo que no se es y poseer lo que no se tiene. Así la última frase del epígrafe le da el título a la obra: <<The natural inheritance of everyone who is capable of spiritual life is an unsubdued forest where the wolf howls and the obscene bird of night chatters>> (La herencia natural de quienes son capaces de una vida espiritual están en un bosque indómito donde el lobo aúlla y el obsceno pájaro de la noche trina).

Pese a querer arrojarla por momentos, fue una lectura que disfruté, en la que el Mudo se convirtió en mí a través de la empatía y donde escuché el canto obsceno del ser humano. Sin duda, una novela bien estructurada y con los merecidos loores que le han dispuesto a lo largo de los años, experimento propio del mal llamado Boom latinoamericano.

 

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