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El nombre de las cosas

Las cosas tienen un nombre, son señaladas, indicadas, aprehendidas y recordadas a partir del apelativo que se le prende. Este mote tiene una indisociable relación entre significante y significado (signo lingüístico) como parte central de la unidad de la palabra. ¿Pero qué hizo que mesa se llamara mesa o que la nube fuera designada con la palabra nube? La denominación o selección tiene una explicación en el fenómeno real de la palabra.

La manera más común de denominación, es decir, de nombrar la cosas, se da en tres pasos: el primero es aprovechar la situación o experiencia de lo nombrado; en el segundo se puede comenzar por mostrar el objeto, nombrándolo en su propia lengua; y, por último, en el hecho reflexivo de la lingüística, como cuando el hablante narra algo y se detiene en una palabra para explicarla.

Este problema se ha abordado desde dos posturas dicotómicas que se han planteado a una escala clara: la de los filósofos analíticos (filosofía del lenguaje) y la de los gramáticos (lingüística). Y sin embargo, definir lo que es una palabra es explicar el papel heurístico que tiene la palabra en el estudio del acto del lenguaje.

La heurística es una disciplina científica y, en su sentido amplio, un método con la ventaja de ser aplicado a cualquier ciencia con la finalidad de elaborar medios, principios, reglas, estrategias como ayuda para lograr encontrar la solución más eficaz y eficiente al problema que analiza el individuo.

Aunque considero que lo importante es hacer que una palabra sea objeto, no sólo nombrar al objeto, es decir, que se concrete el concepto referido por el sentido de una palabra. Al objetivar el lenguaje se transforma en una ramificación que lleva a la historia de las palabras, por lo que este recorrido nos debe guiar hacia los conceptos que se han suscitado de la palabra. Los griegos creían que la lengua no es un objeto de conocimiento por sí mismo, que la palabra sólo designaba al objeto, por lo que estudiarla se volvería, fuera del acto comunicativo, infructuoso. Este aspecto se verá reformado hasta el siglo XV cuando Nebrija saque a la luz la Gramática de la Lengua Castellana. No obstante, la gramática era definida como el arte de hablar correctamente y no como el sistema interno de toda lengua.

No fue hasta mucho después que la lengua fue convertida en objeto de estudio, lo que llevó a la rectificación de la lengua, hecho que cambió el estudio de ésta. Esto lo podemos encontrar en Ferdinand de Saussure y Franz Boas. La lengua entonces, dice el autor, aparece de dos maneras, como una actividad humana y como un producto, es decir, una cohesión entre el concepto y la realidad material de las cosas. A este punto Humboldt menciona que la lengua tiene una energeia, la cual está ligada a la experiencia humana porque es un principio activo y generador por el cual el ser humano no sólo se comunica con sus congéneres, sino que construye, constata y percibe el mundo y lo real.

Por lo anterior podemos concluir que el hablar es una acción que crea un entorno y en el cual las palabras tienen la silueta de lo que nombran. Aunque debemos hacer una diferencia porque el acto verbal es el ponerle nombre a las cosas, una universalidad lingüística. Este acto no proviene de una pura voluntad, así lo dice Luis Fernando Lara, quien en su obra La Unidad de Denominación pone el ejemplo de un bebé nombrando sus necesidades a través de la misma palabra. Son actos que tienen cierta validez. Un acto de validez, dice, es una unidad de denominación, y esto a su vez es una condición necesaria para que haya palabra. Luego entonces, las palabras son nombre.

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