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El Magnificat y las “apariciones” de la otredad

¿Por qué tenemos esa necesidad de encasillar todo? ¿Por juzgarlo? ¿Por qué es necesario ver lo negativo en alguien para reconocer a otro? Martín Lutero, el teólogo alemán del siglo XVI, escribió un comentario que “sin querer” dio cuenta de lo anterior. La imagen de la Virgen María fue una figura idealizada y constantemente valorada por Lutero, quien en su texto Comentarios al Magnificat pulsó una clara devoción por la madre de Dios como objeto de la predilección divina.[1] María responde a una serie de cualidades enumeradas por Lutero; una mujer hermosa, joven y entregada a su maternidad.[2] Lo anterior puede entenderse también como un cambio en la concepción de la mujer durante la Edad Media, “las mujeres tenían que hacer frente a las filas cerradas de una sociedad masculina gobernada por una teología totalmente masculina y por una moral hecha por hombres para hombres.”[3]

    En la lectura de su Comentario al Magnificat se aprecia la creencia de Lutero sobre María como mediadora entre Dios y la humanidad. La descripción de María como una mujer divina y agradecida con Dios es la representación de lo positivo contrario a la imagen del mal como se le llegó a considerar a la figura femenina. Es la mujer medieval la que ayudó a ejemplificar lo anterior, y es claro en la obra dirigida por Georges Duby[4] y Margaret Wade, quienes muestran que ese énfasis en la mujer medieval dentro de la historiografía de género se debe a que “una parte de la herencia individual de los pensadores medievales seguía considerando a la mujer como inferior debido a fuentes como el Antiguo Testamento y la filosofía y derecho griego y romano. Pocos de estos pensadores prestaban gran atención a lo que en realidad ocurría en la sociedad o a lo que hacían las mujeres.”[5]

    En este caso, siguiendo la lectura de los comentarios… ¿Es probable cuestionarse la posibilidad del concepto de otredad? La otredad entendida como el problema de la condición de “ser otro”, de pertenecer a una realidad ajena a la que se mira, sobre la que se piensa y escribe.[6] Uno de los propósitos de Lutero fue reivindicar el concepto de lo divino; al mismo tiempo que dejó ver la concepción de mujer “común” mirada por Dios y que después se hizo dueña de una extensa serie de cualidades. El texto resultó convincente pues dio por hecho la naturaleza que María poseía. A primera vista, fue posible entender que se podía mostrar un lado positivo, pero siguiendo ese mismo ejercicio, un segundo análisis podía hacer recalcar que existía una carga negativa respecto a lo que María era antes de convertirse en Virgen.

    ¿Y qué hay de la construcción de ideales a través de lo marginal, puede encajar en esa idealización? Esta figura femenina nace a partir de ser observada por Dios, entonces deja de lado estas características marginales que la constituían para pasar a un plano divino. “Lo inexistente, lo insignificante, lo menospreciado, lo miserable y lo que está muerto lo trueca él en algo precioso, dichoso, honorable y viviente”[7], como fue el caso de María. Lutero lo dejaría muy claro pensando en que María posee el ejemplo de Cristo, al mismo tiempo que ella funge como espejo para la cristiandad, se busca reconocerla y aceptarla como madre de Dios y una mediadora como insiste Lutero. Esto muestra otra concepción de la mujer, si no eres buena, tu último fin es ser algo negativo. Este aspecto manejado por Emma León casi al final de su texto Sentido ajeno nos muestra que hay una insuficiencia de poner al Otro como campo posible para nuestras intenciones.

    Lutero fue consciente e insistió que lo que justifica al hombre es la fe y sólo la fe. La necesidad por reformar es apreciable en esa trilogía considerada como la base de su doctrina. El texto tuvo el propósito de recuperar la imagen de María aún con todos los debates del culto mariano, y el lugar de ésta en la relación de Cristo y la humanidad. Esta búsqueda por reubicar el papel de la madre de Dios como intermediaria en el orden de la salvación, surge por los debates en torno a sí es posible considerarla o no como eso por el hecho de ser humana, centrando la atención en Cristo y no en la mujer, volviendo a la construcción de la otredad.

Texto por: Ariadna Muñoz

[1] Martin Lutero, “El Magnificat traducido y comentado (1520-1521), en Obras Completas, edición preparada por Teófanes Egido, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006, p. 176

[2] Ibíd.

[3] Margaret Wade Labarge, Las mujeres en la Edad Media, trad. de Nazaret de Terán, NEREA, 1986, p. 13

[4] Georges Duby, Historia de las mujeres en Occidente, trad. de Marco Aurelio Galbarini y Cristina García, España, Taurus, 1992

[5] Margaret Wade, Op. cit., p.13-14

[6] Emma León Vega, Sentido ajeno. Competencias ontológicas y otredad, México, UNAM: Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, 2005, p.7

[7] Martin Lutero, Op. cit., p. 178

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