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El kitsch ideal: el mexicano

Intentar definir lo mexicano es una tarea por demás complicada, ya que intervienen diversos factores culturales que enmarcan un amplio terreno para la reflexión de una identidad nacional. Muchas de las imágenes que se han generado de los mexicanos son las del gandalla, el parrandero, el macho revolucionario y el eterno soñador. Quizás estas imágenes no distan mucho de esa identidad, sin embargo, pueden quedar cortas ante las vastas características que faltan por enlistar.

Tal vez baste echar una mirada a lo popular urbano para encontrarnos con un gran número de actitudes y características que la mayoría de los mexicanos reconocemos, y digo la mayoría para referirme a nosotros: los seres a pie, los que día a día encontramos falencias en la física convencional al encontrar un hueco extra en cualquier vagón del metro. La Ciudad de México es un centro caótico, lleno de colores, voces, matices e imágenes que pueden ir desde la fe hasta la burla de nosotros mismos. Basta recorrer cualquier espacio popular de la Ciudad para encontrarnos con aquellos locales que parecen dar su significado a las colonias como los coloridos y bulliciosos mercados, los tumultosos talleres automotrices, las fachadas descoloridas y los cuartos apenas adaptados para la sobrevivencia de las vecindades.

Es aquí donde conviven y se encuentran las diferentes manifestaciones para desenvolver el mexicanismo, espacios acondicionados para la generación de una conciencia social, para “perseguir la chuleta”, ganarse unos cuantos pesos y (co)existir. Los espacios se revisten para dar una imagen al mexicano, una imagen que ha sido relegada y muchas veces tomada como broma, y una de mal gusto, dicen los defensores de la estética social. Irremediablemente esto nos remite al kitsch, ese estilo estético que fue producido para llevar la apariencia a otro nivel por medio de la exageración, la saturación de elementos y la imitación de materiales, todo ello para generar un simulacro de la belleza, para representar “lo bonito” o, simplemente, como una producción con una intuición estética pero sin un rigor o búsqueda artística real.

Uno de los pensadores que se encargaron de analizar esta estética de manera crítica y sólida fue el alemán Theodor W. Adorno quien en su libro La Industria Cultural desarrolló una postura marxista al calificar lo kitsch como un elemento fundamental de la industria comercial, la cual controla el arte y es planeado de acuerdo con las necesidades del mercado para aceptarse de manera sencilla. Este tipo de producción estética sirve para ser reconocido y “tener algo que mirar”, lo que resulta en una imitación, a veces incompleta, de la catarsis o el quehacer artístico académico; las obras se convierten en parodias de obras, estilos consolidados o considerados bellos debido a su deseo de apariencia y su pretensión de alcanzar un canon estético.

Podemos encontrar estas características en diversas obras e imágenes populares mexicanas tales como las imágenes religiosas, los retratos familiares, las caricaturas de Chapultepec, decoraciones de peluche, etcétera. Éstas van construyendo un imaginario colectivo que repercute en los espacios cotidianos y, sobre todo, en la manera en que el individuo percibe su entorno y cada una de sus manifestaciones. Si bien el panorama de las manifestaciones kitsch se mantiene denigrado por otros estilos, podemos relacionar algunas de las características con la personalidad del mexicano como la idealización de su imagen y hechos, una constante búsqueda por el reconocimiento de la belleza (o “lo bonito”) y la transformación de los espacios por medio de la imitación o la sobrecarga de elementos.

De esta gama de representaciones surge un ejemplo que parece difícil de clasificar o ignorar ya que durante muchos años fue considerado el elemento kitsch del mexicano por antonomasia. Me refiero a las obras de Jesús Helguera, el pintor de almanaques, cuya obra fue la encargada de revestir muchos de los espacios mexicanos ya mencionados, creando el simulacro de la belleza en los cuartos de vecindad de 1954 a 1970. Helguera nació en 1910, fue hijo de Álvaro de la Helguera García, un inmigrante español que decidió regresar a su país natal con su familia al desatarse la Revolución Mexicana, pero que al iniciar la Guerra Civil Española volvió a México donde se encargaría de crear algunas de las escenas del idealismo mexicano.

Durante su estancia en España, Helguera estudió pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y la Academia de San Fernando, donde tuvo la instrucción de grandes maestros como Cecilio Plá, Julio Romero Torres y Marcelino Santamaría. Esta educación lo llevó a tener un trazo educado y cuidado, su control y representación de los cuerpos obedecía a un estilo academicista que buscaba resaltar la belleza corpórea y una composición equilibrada de las obras. Es decir, Helguera era un artista con una técnica trabajada y con fundamentos estéticos de la academia, por lo que su obra hablaba por sí misma para dejar al descubierto su capacidad artística.

Por tanto, resulta llamativo que la mayor parte de su obra haya sido exhibida y reproducida en calendarios de la empresa de cerillos “La Moderna”. Sus obras seguían un rigor mercadológico interesante ya que se encargaban, en primera instancia, de ser un objeto de reiteración publicitaria para todo el año; asimismo, las escenas representaban el continuo idealismo mexicano acrecentado por la marginalidad de la realidad, ante esa contraposición de elementos surgía una idea tenue sobre lo estético, sobre lo bello o sobre lo que puede mirarse menos mal en un espacio donde la apariencia hace más soportable la existencia común.

Con recuerdos de pasajes prehispánicos, Helguera reivindicó en sus obras la figura de la raza de bronce a partir de la estilización apolínea del cuerpo, plasmó guerreros aztecas fornidos, atléticos, estéticos y orgullosos de su individualidad como cultura en escenas que recordaban lo épico del arte clásico. De esta manera, el pintor estableció muchas de las imágenes idealistas que intentaban recobrar el orgullo por lo mestizo y lo indígena ya que sabía a quienes estaba dirigido inicialmente, y no por ello dejó de lado su técnica de artista académico.

A partir de esto, también se encargó de crear escenas que llamaran al nacionalismo y el progreso del país, así como las tradicionales imágenes de la adelita, el mariachi, el charro, la cocina mexicana y la fiesta de los bailes tradicionales, todo ello con la viveza de colores cálidos para resaltar lo llamativo de la obra.

El caso de Helguera nos remite irremediablemente a una producción conducida a un fin, es decir, el deleite de las clases populares y su referencia “bonita” en sitios cotidianos, quizá por ello jamás se consideró a sí mismo un artista de verdad, sino un simple pintor de almanaques. Hoy en día, sus estampas pueden apreciarse en algunas colecciones privadas y en el Museo Soumaya de la Ciudad de México, además de ser reproducidas todavía en playeras o lonas ostentadas por las clases populares, lo que es calificado como marginal, “naco”, de mal gusto, tal vez, por la idealización cursi de cada una de las escenas, además del rechazo social hacia aquellas manifestaciones que no cumplen los cánones de belleza que tantas veces nos han implantado.

La obra de Jesús Helguera no se salva del kitsch, si bien es cierto que debe cumplir una función mercadológica, también se encarga de idealizar la imagen del mexicano, sus costumbres, sus tradiciones y sus colores a partir de una técnica digna de un pintor de verdad. Quizá sea el primer ejemplo de “naco es chido” en la cultura popular mexicana, pero, más allá de eso, se encarga de plasmar una conciencia que no recobra su fuerza mas que en ecos de partidos de la selección o en fiestas patrias; más allá de la idealización, Helguera retomó las bases ancestrales, la evolución de la raza y buscó enaltecer la existencia de lo que somos, no desde una perspectiva derrotada, sino desde la ensoñación de nuestra figura ya no como una burda imitación, pero sí como una oportunidad de vernos también como la raza cósmica que hemos creado.

Un fenómeno curioso que hoy en día ya no reviste nuestras paredes, pero que tal vez marcó una brecha en nuestra concepción de lo mexicano.

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