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El escritor y su lector, invitaciones

Daban las cinco de la tarde cuando llegué a la sala del Palacio. Una sala con no más de treinta espectadores. Tomé asiento en la primera fila a la entrada del recinto. Buscaba un ángulo que me permitiera voltear, como por descuido y con discreción, para darme cuenta de quiénes llegaban a la cita. Al fondo, en el pódium, estaban las cinco poetas, cada una declamando, lo que les compete, no sé qué de la comida y los sabores… ya no lo recuerdo. Llevaba en mis manos Testimonios de la ausencia, un pequeño libro de poemas. Lo llevaba con la intención de que fuese autografiado, aunque, según en el anuncio del evento, el autor del poemario llegaría a presentarse hasta las seis de la tarde.

Minutos antes de la hora esperada, al voltear con sobredisimulo, me percaté de que había llegado. El profesor Rogelio Guedea (autor del libro) se había sentado filas delante de mí, en una de las sillas de en medio. Al verle me sorprendí. No tenía pinta de poeta, sino de burócrata. Sabía que era profesor porque en varios de sus libros, en la solapa, lo leí. Entonces, decidí que era momento de acercarme. Al levantarme del asiento, irrumpí en la calma de muchos en la sala: en el lugar cavernario resonaba el más mínimo sonido. Algunos me malmiraron con un gesto de imprudencia. No tenían ni idea de lo que estaba por hacer y en realidad poco me importaba que lo supieran.

Me acerqué al poeta. De reojo me observó como cuando miramos una sombra o un reflejo, con una evasión breve. Pero entre más me acercaba, parpadeaba en dos direcciones: una hacia a mí y otra hacia el escenario. Tomé asiento detrás de él. Y, al darme cuenta de su incertidumbre, descarrilé mis nervios y lo abordé de golpe. Para entonces el profesor Rogelio ya había predicho que me dirigía a él. Supuse que fui muy claro con mis movimientos. Volteó hacia mí y le dije: “Profesor, admiro mucho su trabajo y es un honor para mí pedirle que me firme uno de sus libros”. El profesor enmudeció un par de segundos con la típica soberbia de un rockstar. Me dio las gracias y dijo: “Es un placer, con gusto te firmo el libro. ¿Cómo te llamas?” Contesté: “Damián, Damián Aranda.” Y firmó la primera página.

Me levanté con los escombros de mis nervios, nos saludamos de mano y regresé a mi lugar. El Profesor Rogelio es un señor que a pesar de su sencillez, tiene un carisma imponente. Su gesto tan humilde me alegró el día, y la semana. Alimentó los sueños que me inspiraron a leer y escribir, a sentir cada letra por muda o por sorda que fuera. Su escritura me recuerda a aquél personaje que protagonizara el actor Robin Williams en la cinta El club de los poetas muertos, John Keating, el cual expone a sus alumnos en clase que “la poesía no se lee, se paladea”.

En punto de las seis con cinco, en el palco, el profesor Rogelio me miraba a discreción, pero con aparente regocijo y nostalgia, como de esas veces en las que un padre vuelve a ver, después de una larga ausencia, a uno de sus hijos llegar de tan lejos. Supongo porque aquel poemario que yo llevaba entre brazos fue su primer obra escrita. Cada uno tomó su lugar y fueron declamando lo que les compete, no sé qué de la comida y los sabores… ya no lo recuerdo.

El profesor Rogelio fue el último. Recitó cinco poemas de su libro Si no te hubieras ido/If only you hadn´t gone. Libro que no tenía por falta de presupuesto. Tras cada declamación, se oían murmullos de aprecio y admiración. El profesor trató de leer con gracia, pero lejos de entretenerme, me mostraba la dolencia con la cual los escribió. Cada verso reflejaba un tormento que revestía su imagen por la de un miserable despechado, en fragmentos de su vida pasada. Los recuerdos lo asfixiaban.

El cigarro

El cigarro del amanecer
tiene un sabor amargo
A medio día los gatos son tristes
Tu ceniza nocturna
recorre mis calles desiertas
llena los ceniceros calladamente
Mis manos terminan
donde comienza tu cuerpo.

Llegó el cierre del evento. Tenía la cabeza hecha un borlote y mi sentir a flor de piel. Me levanté del asiento sensible, enfermo. Ya dispuesto a marcharme, fue cuando a media sala escuché mi nombre. Una vez, dos veces, y al voltear vi al profesor Rogelio. Me acerqué a la brevedad. Me dijo: “Toma Damián, este es para ti.” Me extendió la mano y me entregó su libro de poemas Si no te hubieras ido… Respondí con un impronunciable gracias y me retiré del lugar.

Agradezco el buen gesto al poeta, me dio una vez más la dicha de leerle. Sin embargo, esto que escribo no es una dedicatoria para él ni para nadie más que para ti, que ya no estás conmigo. Porque ya no estás aquí y quisiera que volvieras. Te escribo esto porque te lo prometí, si es que aún lo recuerdas, si es que alguna vez me vuelves a leer. Sabes perfectamente que te hubiese gustado verme codear con gigantes y pequeños como en ese momento, porque me decías: “Es un orgullo”. Entonces, esto es para ti, esto que quería hacer contigo y que no pude hacer si no te hubieras ido, o si no te hubiera dejado ir. Sé que no debo escribirte, me lo recomendó mi psicólogo, pero erro y objeto. Me eres imposible por las razones que ya bien conoces. “(…) ya sé que mientras escribo esto tú duermes, allá, del otro lado del mundo, y por eso lo hago, sólo para ver si nos encontramos en alguna esquina de alguno de tus sueños: again.”

Texto por: Damián Aranda Alcántara

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