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El coco: Edmundo Ortega

Durante muchos años toqué en una banda llamada Pateta, pero por diferentes motivos tuvimos que dejar de tocar, sin embargo, el rock se queda en tu ser o como nos diría alguna vez el gran Sergio Arau (próximo presidente de México): “El rock es una enfermedad terminal”.

Haber tocado por tantos años nos dio la oportunidad de conocer a muchas personas con las que, incluso ahora, seguimos teniendo contacto.

Recuerdo haber estado platicando con mi amigo Zanoni Blanco que en aquél entonces le hacía luces a La Castañeda, le comenté que habíamos ido a ver al guitarrista de Ansia, Rogelio Gómez quien con el tiempo se convirtió en un prolífico productor de discos de artistas “sumamente exitosos” como algunos personajes salidos de La Academia y otros más que no son objeto del presente texto. Rogelio, por decir lo menos, destrozó a mi banda diciendo cosas como “por dinero lo produciría pero… no me gusta”.

Así que Gabo García (nuestro bajista) y yo le dimos las gracias y nos fuimos con nuestro cassette bajo el brazo. Regresando a la plática con Zanoni y a la narración de lo que nos había sucedido, me comentó que Edmundo Ortega, bajista de La Castañeda, tenía un estudio cerca del metro Indios Verdes, que lo fuera a visitar y a ver qué pasaba…

Un par de días después le marcamos e hicimos una cita para el siguiente sábado a las 11 de la mañana, cuando llegamos nos encontramos con una persona amable que escuchó el material que llevábamos en cinta, comenzó a preguntarnos sobre nuestros gustos musicales y finalmente nos preguntó cómo estábamos de tiempo, afortunadamente pudimos ponernos de acuerdo para comenzar con la grabación una o dos semanas después. En total estuvimos unas cinco semanas metidos en el estudio con Edmundo, Ramón Sánchez, quien tocaba en aquél entonces el saxofón en La Castañeda, y diferentes invitados como Salvador Moreno, quien hizo coros en nuestra canción llamada Al infierno.

En este escrito no entraré en detalles de lo que fue la grabación o de las dificultades que para nosotros significó pagar ese tiempo en el estudio y lo que sucedió después con dicha grabación. Hoy sólo quiero rescatar algunas anécdotas vividas con Edmundo, porque me enteré que falleció luego de una enfermedad que lo tuvo en el hospital mucho tiempo, se ha ido.

Comida motivacional

Luego de haber grabado las bases de las canciones que iban a conformar el disco de Pateta,  Pesadillas, venía la grabación de las guitarras y finalmente la voz. El día previo a la grabación de las voces, me invitó a comer a una fonda que estaba a media calle del estudio, diciendo que lo hacía para comentarme que era una parte importante del disco y que debería poner mucho énfasis en la grabación (hice lo mejor que pude) y en la plática salió el tema de las artes marciales que Edmundo practicaba (aikido en aquél entonces), me invitó a tomar una clase y de ahí en adelante comenzaría un gusto de mi parte por la práctica de estas disciplinas, gusto de Edmundo Ortega que conservo hasta el día de hoy con el Win Chun.

Usted amable lector dirá “Pues ese detalle no es tan significativo”, sin embargo, sí que lo fue, ya que debo comentarle que en ese entonces las posibilidades de moverte al estudio y hacer tres comidas al día eran limitadas y él lo sabía, por ello lo considero un gran detalle.

Cenit

Uno de los días en que quedamos de ir al estudio por la tarde, llegué como una hora antes de la cita porque me había ido directo de la escuela, cuando entré al estudio que era como un departamento, Edmundo me dijo: “Escucha esto, carnalito”, y comenzó a tocar las notas de lo que después se convertiría en la canción Cenit de La Castañeda. Cuando terminó me preguntó: “¿Qué te parece?” y yo le respondí: “Me gusta cómo suena y creo que le irían muy bien unas cuerdas, en medio… como unos violines…” 

Un monstruo

Otro día de grabación estábamos listos para comenzar, sin embargo, Edmundo nos insistía en esperar porque algo muy especial iba a suceder, entonces nos esperamos un rato, pero no pasaba nada, le preguntamos qué esperábamos, qué era lo que sucedería, pero él sólo nos decía: “Esperen es que va a venir un monstruo, un verdadero monstruo, aguanten”.

Total, pasó como una hora en la que no estábamos haciendo nada, sólo viendo unos discos que les había regalado como promocionales y que nadie pelaba, como por ser material nuevo. Nos dio tiempo para poner un par de canciones de ellos: El alacrán de una banda nueva llamada La Barranca y que recuerdo nos encantó,  así como More human than human de un tal White Zombie.

 

De repente, sonó la campana que funcionaba de timbre para anunciar que alguien había llegado y me pidió que abriera la puerta para que fuera yo quien recibiera al “monstruo”. Era Chava, el cantante de La Castañeda a quien yo no conocía y ¡sí que fue una sorpresa! Un par de días después de ello me marcó Edmundo a mi casa cerca de las 9 de la noche, me pedía que fuera en ese momento al estudio, pues algo había pasado, al preguntarle qué sucedía y comentarle que no era fácil llegar hasta el estudio a esa hora, sólo me dijo “tienen que venir, es algo muy importante”.

Sólo dos de nosotros pudimos ir, Humberto (nuestro baterista) y yo. Resultó que Chava había escuchado el disco completo y le gustó Al infierno y por lo que Edmundo lo invitó a participar en esta canción. Cabe mencionar que a Edmundo le gustó mucho otra canción del disco: Cocodrilo rosa, tanto que también participó en ella tocando el bajo.

Los inmortales

Un día, luego de varios años de no vernos, aunque manteníamos comunicación por mensajes, Edmundo se comunicó conmigo y me invitó a una clase de jiu jitsu, el arte marcial que estaba practicando en ese momento. Luego de una tremenda friega que me pusieron porque no sabía en qué me estaba metiendo, me enseñó el demo de la banda en que estaba comenzando a tocar: Los inmortales. Me preguntó qué me parecía y luego de darle mi opinión estuvimos platicando un buen rato sobre lo que había sucedido con La Castañeda, qué había hecho después y qué era lo que iba a hacer con su nueva banda. Después de ello nos dimos un fuerte abrazo y quedamos en que nos daríamos el chance para armar algo juntos, “ya habrá oportunidad carnal, vas a ver”, me dijo.

Hoy ya no está físicamente, pero en lo personal guardo un muy buen recuerdo de él. Su último mensaje fue sobre una tocada a la que me invitaba: “Yeahhh carnal, ahí te veo”, me dijo. Nos veremos.

Texto: Jorge Huitrón

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