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El Che, 50 años después

2017 es un año nostálgico para la izquierda. Se conmemora el ciento cincuenta aniversario de la publicación del primer tomo del Capital, los cien años de la Revolución rusa y el cincuenta aniversario luctuoso del Che. Nos centraremos en este último, que resulta ser el más cercano en muchos sentidos. ¿De qué se puede hablar a cincuenta años de la muerte del Che? ¿Qué puede decir alguien que ni siquiera estuvo próximo al contexto del Che sobre el Che? Contesto con otra pregunta, ¿cómo se ve el Che desde aquí?

Hoy en día Guevara despierta polémicas extraordinarias. Su nombre aviva todo tipo de sentimientos, desde rabietas realmente tóxicas hasta idolatrías completamente inverosímiles. En la estadística, al parecer hay más de lo primero que de lo segundo. Es sorprendente la cantidad de publicaciones negativas sobre el Che, si escarbamos un poco podemos encontrar un sinnúmero de programas de televisión, de radio, de documentales, de libros, de artículos, de blogs, de comentarios acerca de lo malvado que fue el Comandante. Se le compara con personajes siniestros como Hitler o el mismísimo Satanás. “El carnicero de la cabaña”, dicen sus detractores, fue un asesino racista, homofóbico, machista, cobarde. Para ellos, el Che es el contenedor de los peores adjetivos.

En el mismo sentido, se ha tratado de reducirlo a una mercancía más: el fetichismo revolucionario. De hecho, mi primer acercamiento con el personaje fue a través de la reproducción de la foto de Korda, quizás la más famosa de la historia, impresa en playeras, pulseras, pantalones, pósters, tazas, tenis. Parecía una estrella de rock o un homólogo de Jesucristo. Recuerdo que en mi niñez vi por casualidad un documental sobre su muerte y se me quedó grabada una de las tantas fotografías de sus restos en Vallegrande. Era un mártir, digno de cumplir todos los milagros que se le han atribuido. Es curioso, porque a cincuenta años de su muerte parece ser que no sólo hay una percepción equivocada sobre el personaje, sino que en la superficie destaca justo por lo que no fue, se le achacan las cosas contra las que luchó.

 

En contra de los “guevarófagos”

Se le llama asesino; sin embargo, de acuerdo a la definición estricta no podríamos catalogarlo como tal. El DRAE define asesinar como “matar a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa.” No hay duda que el Che mató, pero sus fusilamientos son de una índole distinta al asesinato. Recordemos que el Che fue un guerrillero y destacó principalmente por su participación en la Revolución cubana. En ese contexto el Che mató a militares batistianos en combate, mandó fusilar a desertores criminales como uno “apellidado Cuervo que había estado expoliando a campesinos de la zona y participado en una violación”. Aunque curiosamente en su campaña en el Congo y Bolivia no mató a nadie. Quizás el único asesinato como tal, fue el cometido a un cachorro en la Sierra Maestra que al no dejar de ladrar y bajo el temor de ser descubiertos por las huestes de Sánchez Mosquera, el comandante ordenó: “Felix, ese perro no da un aullido más; tú te encargas de hacerlo. Ahórcalo. No puede volver a ladrar.”

De igual forma, se le acusa de ser “el carnicero de la Cabaña”. “La Cabaña, fortaleza colonial que dominaba la capital desde la entrada del puerto”, es el lugar donde se instaló el Che una vez que el Ejército Rebelde tomó la Habana y logró derrocar a Batista. En la Cabaña se realizaron juicios sumarios y se fusilaron a más de cuatrocientas personas. El Che firmaba como jefe de Campamento y fiscal supremo si el juicio había sido debidamente procesado. Él no decidía a quién se fusilaba y a quién no, pero sí daba el visto bueno al juicio. Ahora bien, esto no quiere decir que se opusiera a los fusilamientos. Todo lo contrario, el Che los consideraba la opción más viable, al ser la demanda del pueblo: “Las ejecuciones por los pelotones de fusilamiento son no sólo una necesidad del pueblo de Cuba sino también una imposición del pueblo.” Pese a ser sumarios, los juicios no se tomaban a la ligera. Había abogados, testigos, fiscales, jueces y hasta público. Cada caso se examinaba con cuidado. Quizás si lo vemos desde la actualidad podría parecernos terrible, pero si contextualizamos el momento era hasta cierto punto normal. Se trataba de una Revolución armada, basta recordar las ejecuciones en Francia a finales del XVIII o los ahorcados en la Revolución mexicana. En el caso de la Revolución cubana había juicios sólidos. Tan sólo trece años antes habían ocurrido los célebres juicios de Nurenberg. La sentencia a muerte a torturadores, violadores y asesinos estaba a la orden del día. Ahora bien, si el Che destacó, no fue por ser cruel o sádico. Incluso, durante la Revolución, su columna era famosa por liberar prisioneros de guerra. Sólo a los que habían adquirido fama de criminales se les recluía en espera de un juicio. Al igual que todo en él, su sentido de la justicia era radical, pero siempre lo aplicaba primero a él mismo. Así como se exigía, les exigía a los demás.

Se la ha llamado racista. ¿Lo fue cuando combatió al lado de los congoleños o cuando luchó con los cubanos o cuando trató de ayudar a los campesinos indígenas en Bolivia? ¿Su racismo se extendió a tal grado de alentar la lucha de los vietnamitas y empatizar con los chinos maoístas? Para que quede claro: nunca se preocupó por cuestión de razas. También se le ha acusado de ser machista. Parecería que todos eran machistas en la década de los cincuenta y sesenta. Sin embargo, el Che destacó por su ferviente igualitarismo, “por ejemplo, al dar la orden, en una fábrica textil siendo ministro de industria, para que hombres y mujeres ganaran igual”. A su vez, se le ha llamado homofóbico. Probablemente sí, sin embargo, insisto, estamos hablando de medio siglo atrás. Al Che se le juzga desde una visión hipersensible, pero a su vez hipócrita. Además, se le tacha de cobarde. Lee Anderson, su biógrafo más reconocido, confiesa que su interés por el Che nació a raíz de la admiración que provocaba no sólo en el sector comunista, sino también en sus enemigos que destacaban principalmente su valentía. No es gratuito que Félix Rodríguez, ex agente de la CIA, haya pescado asma después de ser partícipe del asesinato del Che o se haya negado a cortarle la cabeza al Comandante por considerarlo “una medida salvaje”; o que el agente cubano-estadounidense Gustavo Villoldo guardara una carpeta de recuerdos con un mechón del Che y sus huellas como trofeo de guerra; o la absurda pelea por el diario del Che entre los altos mandos bolivianos y la CIA; o “El insólito periplo de las manos del Che” como lo llama Homero Campa. El Che se ganó a uno que otro enemigo.

            ¿Qué queda del Comandante Guevara en el siglo XXI?

 

Las guerrillas en América Latina prácticamente se han extinto. El hombre nuevo, el hombre revolucionario ya no es viable tal cual lo concibió el Che. La lucha armada y las tácticas guerrilleras se han vinculado a los grupos terroristas. Los reclutamientos voluntarios de la guerrilla de la época de Guevara ahora son levas del crimen organizado. Los ideales, si es que los hay, se subordinan al miedo. En la crisis los valores guevaristas deben perdurar: su espíritu de lucha, su idealismo a prueba de muerte, su incapacidad de renunciar, su igualitarismo, todos ellos deben estar presentes en la actualidad. El legado del Che va más allá del estandarte de la protesta, del nacionalismo cubano o el orgullo de algunos argentinos. La huella del Comandante está presente en la lucha incansable por la igualdad y la búsqueda de la utopía.

Aunque no hay condiciones subjetivas para la revolución (el Che diría “hay que crearlas”), están presentes las condiciones objetivas. En América Latina y en el mundo persisten la desigualdad, la represión, las dictaduras (de cuello blanco), el imperialismo. En esas circunstancias el Che está más que vigente. En un mundo donde los valores se degradan y se diluyen ante el reconocimiento social, recuperar los principios guevaristas no sólo es importante, sino necesario. Requerimos de la voluntad y de la práctica, necesitamos la responsabilidad y la disciplina, debemos ser consecuentes con nuestras ideas, pensar y hacer lo que se piensa, ser autocríticos para ser críticos. Integrarnos a los valores del Che e integrarlos a las generaciones enajenadas de este siglo es hoy la tarea de todo guevarista.

En palabras del Comandante:

Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos. Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica. La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de la ruta. Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el Partido. La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud, en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera.

                                                                               

Fuentes:

“Che” Guevara, Ernesto, Pasajes de la guerra revolucionaria, Cuba, Ocean Press, 2006. https://www.marxists.org/espanol/guevara/escritos/op/libros/pasajes/index.htm

“Che” Guevara, Ernesto, “El socialismo y el hombre en Cuba” en Archivo Che Guevara, Uruguay, Marcha, 1965, https://www.marxists.org/espanol/guevara/65-socyh.htm

Taibo II, Paco Ignacio, Ernesto Guevara también conocido como el Che, México, D. F., Planeta, 1996, 860 pp.

Lee Anderson, Jon, Che Guevara: una vida revolucionaria, España, Anagrama, 1997, 792 pp.

Campa, Homero, ed., El Che, a medio siglo. El hombre, el mito, México, D. F., Proceso, Edición especial no. 55, 2017, 82 pp.

 

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