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¿Dónde quedó la rabia?

“… Vi tu nombre escrito en el muro de un panteón, en una pinta punk. ¿Y qué ha sido de ti después de tantos años? ¿Qué fue del rock and roll? No supe más de ti.”

Trolebús – Balada chilanga

La música, esa magnífica manifestación que nos hace delirar, sentir, reflexionar, cuestionar, en fin, vivir y crearnos visiones específicas del mundo para sobrellevar la realidad y revitalizarnos. Cada quien su gusto, eso es innegable; millones de personas disfrutan de géneros tan diversos que parecen incontables e incategorizables o, simplemente, una variación de esto y aquello, pero que finalmente no olvidan una matriz primaria.

Hoy en día somos testigos de un bombardeo sin tregua de nuevas bandas y compositores que buscan abrirse un espacio de entre tantos personajes con las mismas expectativas y, quizás, una calca de las mismas ideas; la originalidad siempre ha sido un concepto peligroso, por ello, mejor denominaremos estos casos como “llamativos” o “populares”. Ante esto, surgen personas que toman las nuevas propuestas, las hacen suyas y continúan con la tarea de consumir y descubrir más y más artistas; por otro lado, encontramos a aquellos que conservan la idea romántica de “un tiempo mejor”:

“En mi época sí había música de calidad.”
“Éstas sí eran letras, no como ahora.”
“Ya nadie hace música de verdad.”
“Antes sí había onda.”

Con estas frases enmarcamos la opinión de una audiencia cobijada en un anhelo por el pasado, el cual reivindica y glorifica la labor musical de íconos impolutos que dejaron huella en décadas pasadas y que su legado parece no tener fecha de caducidad. Mencionen la banda que quieran, inglesa o estadounidense, aquellas que aún venden playeras a montones en los tianguis (ya no tan underground) de la Ciudad, como el Chopo o la Ciudadela, para darnos cuenta del tamaño del pedestal que justamente se ganaron y resguardarán por mucho tiempo. Pero, ¿serán estos enunciados más que una llamada de atención o un simple regaño?

Tan sólo los inicios de la primera década del siglo XXI pegaron hondo en la producción musical global con la aclamada “ola indie” de un mercado dominado, en su mayoría, por agrupaciones británicas y estadounidenses, quienes, a su muy respetable estilo y mérito, establecieron un sonido, un fondo, una composición, un estilo e, incluso, una distribución tan propia de la modernidad que resultó llamativa para la juventud ávida de música, cuya manifestación cantaba por y para ellos: problemas con la autoridad, amores, amistad, historias de amigos, vivencias urbanas, todos esos sucesos lozanos que algún día nos harán repetir las mismas frases que alguna vez nos atacaron.

Sin embargo, este abrumador dominio de estilo, que fue abarcando cada vez más territorio (¡y qué bueno!), también produjo una especie de homogeneización de imagen y sonido, de letra y ruido, de fondo y forma; lo novedoso que alguna vez los caracterizó, hoy parece un requisito para pertenecer a “uno más” del club de los alternativos. Y no es que este movimiento se haya perdido con el paso del tiempo, sino que el modelo se ha repetido tantas veces que se ha desdibujado en un discurso de eterna fiesta y amor, temas por demás encantadores y esperanzadores, pero no por eso apegados a la realidad que vivimos.

No vayamos muy lejos, México, con todo y los problemas culturales que ha sufrido a lo largo de los años, fue un país que logró una identidad musical “independiente” entre la década de los 70 y los 80, la cual, además de estar compuesta en su mayoría por influencia popular de figuras como Rigo Tovar o Enrique Guzmán, logró erguir la bandera de “naco es chido” de la mano de Botellita de Jerez para marcar el grito de guerra mexicano por excelencia. Peyorativo, satírico, transgresor, irónico, despectivo, sí, pero con una identidad forjada a base de letras que retrataban la realidad amarga de la urbe mexicana llenándola de sátira y positivismo autóctono, de imágenes populares que todos los mexicanos hemos sido parte.

En una entrevista para El Financiero, Armando Vega Gil, bajista del grupo, habló sobre la postura de la naquez como ideología para la construcción de una identidad social:

“Era como asumir quiénes somos. No hay que reivindicarla: la naquencia es. Pero sí había que tomar una postura frente a lo que se hacía culturalmente en México entonces.
(…)
Volvamos a ‘naco es chido’: si nos ponemos en el lugar de alguien que ha sido despreciado en una sociedad clasista, podemos entenderlo; aunque hayamos usado como herramienta el chiste”.

Asimismo, el músico habló sobre el quehacer musical de los artistas que dominan la escena mexicana actual:

“Alguna vez escribí un texto en el que decía que ojalá Carla Morrison escribiera una canción en la que no está de acuerdo con la reforma energética, quién sabe qué pasaría con su público, a lo mejor le daría la espalda, o le caerían veintes, no lo sé, pero vale la pena intentarlo. Sí tenemos una responsabilidad como artistas que nos movemos a niveles masivos y tenemos palabra, a veces lo que decimos forma opinión”.

Después de este peculiar argumento surgieron bandas dispuestas a buscar su propio sonido, un sello distintivo, pero con una individualidad que hacía sentir a su público parte de su obra, porque así era: la música contenía un compromiso social. Dicho compromiso correspondía, en primera instancia, a dotar de un toque característico la nacionalidad de la música, las necesidades y vivencias de su audiencia y, en un segundo término, el sentir, quizá, compartido de una voz que clama identidad latinoamericana.

No todo era amor y desamor, teníamos problemas en el transporte público, dudas existenciales provocadas por la jornada laboral, un monstruo insaciable como lo es la Ciudad de México a nuestras espaldas, nostalgia por la migración de seres queridos; en fin, temas que continúan vigentes en nuestra generación. Hemos delegado, de manera despectiva e incluso clasista, las odas al día a día del mexicano, categorizándolas como “muy nacas”.

Aunque parte de nuestra tradición musical “independiente” surge de muestras como ésta, tal parece que la evolución y la ampliación del sistema globalizado (ahora somos ciudadanos del mundo) han llegado hasta los nuevos artesanos musicales, quienes, muy en su derecho, han adoptado esta idea para adueñarse de los estatutos actuales de la música, creando diversas piezas de culto al hedonismo, a la eterna fiesta, al placer, al amor cándido y a una poco profunda instrospección del ser. Sí, es lo que suena hoy, es lo que se produce y se disfruta actualmente, se apoya y se mantiene con vida, fenómeno agradable y cuestionable.

Las manifestaciones musicales y la audiencia deben evolucionar, esa es una sentencia inamovible, sin embargo, ¿habremos evolucionado para dejar atrás las construcciones metafóricas sobre lo grotesco de la naturaleza humana, tal y como una apología a Edgar Allan Poe?

¿También las baladas de bares y hoyos fonki sobre la melancolía y el abandono?

¿Incluso canciones repletas de referencias literarias a autores como Villaurrutia, Kafka, William Blake o Sartre?

Es más, ¿evolucionamos de una reflexión onírica sobre nuestra misma conciencia?

Tal vez la música ha dejado atrás estos convencionalismos para incursionar de lleno a una nueva etapa en la que se pretende dejar de lado todo lo que puede dañarnos: la tristeza, el enojo, la frustración, la depresión, la rabia… el pasado. Quizá es también parte de remitir las imágenes populares a mero folclor y las abstracciones a simple mención para ser apreciadas y no vividas o no querer vivirlas, a pesar de ser elementos que enmarcan nuestra cotidianeidad y la condición social de la mayor parte de la población.

No dudo que existan estandartes de la innovación que retomen o busquen nuevas alternativas a los sonidos y líricas actuales, sin embargo, el panorama que se les presenta para poder salir a la luz es el de siempre: desolado.

Cada generación crea la música que necesita y la nuestra se caracterizará por estar plagada de himnos egocéntricos al placer y al desenfreno absurdo, cuya manufactura ha caído en el reciclaje de temas y sonidos tan repetidos que se tornan sencillos y completamente encasillados a un género en específico, pero perfectamente funcionales para la party y lo trendy.

No se trata de ver todo el tiempo un panorama inadecuado para la existencia o de mantenernos reflexivos acerca de nuestro papel en el cosmos y la sociedad que nos rodea, por supuesto que no. Se trata de dejar de alienar dichas experiencias y poder reflexionarlas, ya que son parte fundamental de lo que somos. Por más que procuremos maquillarla con una actitud fres(c)a, la realidad estará ahí, hoy y todos los días por venir, preparada para recibirnos con los brazos cerrados.

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