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“Conócete a ti mismo”: de la filosofía griega a “Demian”

En en el oráculo de Delfos se encontraba la inscripción: “Conócete a ti mismo”. Podemos entender dicha sentencia a la luz de la filosofía de Platón, pues versa sobre alcanzar el conocimiento de lo divino a través del conocimiento de uno mismo. Esta interpretación considera al hombre como reflejo de una esfera no terrestre, ya que en ella ha quedado una huella de su naturaleza etérea, por tanto, si se quiere llegar a ella, primero es necesario conocer el alma del hombre. De este modo se completa el ciclo que une lo divino con lo terrenal, se alcanza la unidad que da sentido a la cosmovisión del hombre.

En ese conocerse a uno mismo se encierran los aspectos más oscuros, un caminar por parajes luminosos y sombríos para llegar finalmente al equilibrio entre esos ámbitos en apariencia contrarios. En el viaje suelen aparecer guías, arquetipos que están presentes en el mundo, y otros que parecen provenir de otra esfera, como el caso del arte. Para Platón hay una división tajante entre el cuerpo y el alma, y los aspectos que se relacionan con ellos. Al primero le corresponden los sentidos que lo unen al mundo, mientras que al alma le es propia la razón.

Al conocimiento del alma sólo se puede llegar a partir de razonamientos, no de los sentidos. Quienes preparen su alma lograrán la trascendencia y el conocimiento de la verdad, es decir, los filósofos. Pero si lo corporal engaña y confunde al alma alejándola de su fin, qué sucede cuando en la contemplación de una obra de arte los sentidos comportan experiencias más allá de lo corporal y del entendimiento humano. El filósofo se prepara para en la muerte acceder a la verdad, pero el poeta se acerca a él de manera diferente gracias a una cualidad especial. 

Podemos ejemplificar este proceso de conocimiento de uno mismo en una obra que para muchos ha sido clave en nuestro propio camino: Demian, de Hermann Hesse. La historia de Emil se halla dividida desde un inicio en un mundo luminoso y uno oscuro; cuando se inclina hacia uno su alma se ve envuelta en tinieblas, perdida. Al final encuentra que precisa de ambos planos para llegar al objetivo que encarnaba uno de sus guías: Abraxas, dios y demonio, símbolo de unidad.

Tenemos, por un lado a este dios que sería la encarnación de lo divino, y por otro, al arte, que también será fundamental, pues será esa voz que representa el llamado de su propia naturaleza como el reconocimiento de su pertenencia al mundo, a lo terreno como una reivindicación, pues se refiere a esa huella etérea que permanece en todo hombre y que se exhala gracias al influjo del arte. Un intento por definir ese trance lo encontramos cuando Emil escucha la música de Pistorius:

“En su música no lo oía solamente a él mismo. Me parecía también que todas las cosas que tocaba eran afines entre sí, que todas ellas estaban enlazadas por una secreta conexión […] Los maestros anteriores a Bach y los antiguos italianos eran interpretados con exquisito cuidado. Y todos decían lo mismo, todos decía aquello que también el organista llevaba en su alma”

Con el arte el hombre puede crear y crearse a sí mismo, con él el individuo se acerca a la muerte en cada cambio que experimenta, renace y se hace creación, y en ella alcanza la maduración espiritual de su alma. A pesar de ello, lo sensorial sí puede apartarlo de su camino a la verdad cuando decide que sólo es real lo que puede percibir con los sentidos. Sin embargo, las crisis son necesarias, se tiene que conocer por uno mismo, caer y ensuciarse para no pasar sin haber experimentado el error en carne propia. Se tienen que aprender a emplear los sentidos para alcanzar la sabiduría, utilizarlos como un medio adecuado a su fin, es decir, dignificarlos en su doble naturaleza: divina y terrena, pues a través de lo sensorial se accede al arte. Se trata de abrirse a la voz que resuena a través de nosotros y encuentra eco en el arte y dejar que nos guíe como hace Emil al escuchar la música de Pistorius.

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