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Borges, el museo de la palabra que sonríe

En el museo se resguardan los tesoros más importantes de una cultura. Se coleccionan las búsquedas matéricas del pensamiento con la función de almacenar la historia y su desarrollo, de volver presencia perdurable el objeto referido, por lo tanto, encuentro, sin atinar del todo, que el museo es el espacio diacrónico que se exhibe para provocar (¿experiencias?) en la brevedad de un discurso o es el ser humano en el dinámico reflejo del otro o es Borges y el otro Borges, el de su obra y sus palabras sonrientes.

Borges hizo de las palabras un tesoro, ese que se almacena en la síntesis no de una tradición literaria ni de un territorio privilegiado, sino de la lengua que compartimos, de donde surge una constelación escrita o un museo borgiano que refleja con la brevedad de su prosa, que es poca por sucinta, al hombre en tanto que palabras y demuestra la plenitud de su magnánimo pensamiento.

Borges nació en Buenos Aires un 24 de agosto de 1899, hijo de patriotas, bélicos e independentistas. Ya desde muy pequeño demostró sus dotes como escritor y su inclinación por las letras, basta decir que a los diez años traducía a Oscar Wilde. Para encontrar los gajos de esa infancia lúcida y dorada basta asomarnos a su poesía, testimonio de aquella casa rodeada de jardines donde su abuela Fanny Haslam le enseñó el inglés y el amor a esa cultura, con excepción del fútbol, ya que Borges siempre detestó ese deporte.

Polémica, erudita, inagotable y exquisita, su obra es la contemplación del escritor que escribe para transmutar lo que lee, lo que sabe, porque en las palabras escritas encontró al ser humano deconstruido, se encontró a sí mismo, y con ese hallazgo, Borges, en su oficio, edifica con belleza la lengua, sus límites y al ser que se refleja en las historias y en la Historia: una relación distorsionada que no se detiene en lo que se cuenta, sino que continúa en estructuras narrativas infinitas que borran las fronteras de la realidad y el artificio, del territorio y el espacio, de la verdad y el engaño, de los sucesos y lo sucedido, de Borges y el otro Borges, dualidades opacas que considero son la enunciación del pensamiento borgeano, ese que expone lo literario en sus propias reglas, con sus propios cánones y genealogías.

La escritura de Borges destaca en este sentido por ser un recipiente lingüístico en el que caben dos: el uno y el otro, y por incluir una compleja combinación de posibilidades para transitar entre texto y paratexto, hipotexto e hipertexto con un amplísimo acervo digno del espantoso redentor Lazarus Morell. Por ello, leer a Borges implica tener un diccionario al alcance, una mente dispuesta a dudar de cualquier realidad y creerle a cualquier fantasía, como la de dos Borges o la inexistencia de Borges.

A propósito de Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Una obra literaria que podría ser en sí misma arte, discurso y museo es “Borges y yo”. El juego de la otredad como sí mismo, está en ese Borges que habla de Borges, y cuando habla de Borges, habla de quienes engendraron a Borges, los cuentos, diarios y poemas que leyó, las ideas que inspiraron a los escritores, los escritores que se reflejan en su lengua y el ser humano que dio luz a la lengua:

[…] aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato.

En la brevedad que distingue a Borges está la simpatía de su texto. ¿Cuántas voces de Borges hablan, cuántos ojos de Borges miran, desde cuántos ojos miramos a Borges? El mínimo: un Borges desdoblado y otro, un diálogo-monólogo, una construcción anecdótica; la concatenación eficiente de una narrativa asombrosa y estética.

Borges como artista y escritor, ese que se desdobla como recursividad de sí, en tanto el otro sólo vive y respira en una suerte de “estar aquí” sin pretender ser la presencia, sino el yo que vive las experiencias vitales para otro o para el registro del otro, del escritor. El ser y su contexto son, entonces, recursos para el escritor, quien se alimenta de ellas para trazar el estilo de su literatura, una obra para su museo.

Luego, ¿cuál es la relación que existe entre uno y otro Borges? Una paradoja, la dicotomía entre el nombre y el pronombre: una obra de su museo llamada Borges: hombre + pronombre: el material de los personajes museísticos; entre el sentido de la obra como conjunto y la experiencia del lector como contexto.

Al final del museo borgeano dice: “no sé quién de los dos escribe esta página”, y entonces la palabra sonríe, guiña sus ojos claros cuando pregunta ¿quién está más allá de esa página?, ¿acaso será Borges como un juego en el que participa la indecidibilidad del espectador?: quien decide sobre ese último Borges, una tercera instancia, la incorporación equidistante entre ambos: el propio lector con la duda escéptica del infinito, como infinita la voz del autor; ¿trampa?, tal vez.

El final de su exposición estaría montado en un pasillo largo con espejos y una puerta circunfleja, cóncava donde se refleja el museo entero y al abrirla es el camino al inicio. El poema no termina, o al menos no puede hacerlo porque después del punto final hay algo, la escritura que dura, que deconstruye el grado cero narrativo.

Las posibilidades que dan la obra de Borges para hacer de su narrativa una búsqueda estética es inmensa: el tiempo como recurso espacial en el que sucede el infinito continuo, el desdoblamiento como autor, narrador y personaje, el uso de la lengua como los seiscientos cincuenta y ocho términos en desuso dentro de un cuentario, por mencionar ese cielo estrellado en el museo borgeano.

Acercarse a Borges es viajar a otra dimensión, a un enigma lo mismo metafísico que material; una experiencia en la que el lector completa el sentido con la infinita interpretación compartida de unicidad, que dice sin optimismo barato que el ser humano es una dualidad con un mismo fin: ser uno mismo las dos mejores versiones, pero siempre separadas por un intervalo atesorado de memorias, experiencias y palabras que sonríen, que mejor, literatura.

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