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El arte del beso < El beso del arte

Para todos los fragmentos que hemos besado.

 

No debe resultarnos extraño que uno de los temas más recurrentes en el arte sea el amor. Si bien es cierto que el amor puede ser clasificado o percibido de diferentes maneras, no cabe duda que el amor de pareja es el que mejor se presta (y el que más se busca) para la creación y la apreciación artística.

El amor como concepto es también un sistema de signos, y como toda red de signos y relación entre los individuos, se manifiesta a partir del discurso, de un conjunto de signos que dotan a los involucrados de características o papeles fundamentales para la relación. El enamorado y el objeto amado se entrelazan en un intercambio de roles indiscriminado mientras la unión prevalezca: hoy puedo amarte más yo, mañana seré(mos) más amado(s).

Este discurso, dice Barthes, hoy en día es solitario, marginado y una locura.(1) Efectivamente, el enamorado crea su discurso primero para sí y, después, para su destinatario, es decir, la persona amada. Sea por la razón que sea, el discurso amoroso se ha relegado al grado de ser una empresa de comprensión heroica. Hoy, quien quiera ser un verdadero enamorado debe, primero, reconocer el deseo y abismo que éste conlleva, para luego entrar en una red de comunicación entre los amantes con todos los signos que implica.

Dentro de esta red de signos podemos identificar algunos que pueden derivarse del discurso y representan un significado trascendente; uno de ellos, quizá el primario o elemental para nuestra cultura, es el beso. Puede resultar increíble que el beso como comportamiento social y práctica amorosa entre parejas tenga apenas el 46% de aceptación, encontrando incluso tribus que lo consideran desagradable.

Pero, ¿a qué puede deberse este distanciamiento entre culturas? Probablemente tenga que ver con la función primaria del beso: el reconocimiento de las propiedades del ser amado. La evolución humana trajo consigo muchos beneficios para la fisiología y cognicidad, pero también debilitó notablemente nuestro olfato, el sentido más importante en la naturaleza para establecer la elección de pareja entre diversas especies.

Entonces el beso emerge como acto de reconocimiento, una especie de caricia y percepción de la esencia del ser amado. El beso se vuelve el punto de encuentro primigéneo de las feromonas que nos unen como pareja, un acercamiento hipersensible a lo que deseamos pertenecer y poseer al mismo tiempo; el deseo y la entrega al abismo.

La duración de este reconocimiento puede ser indistinto, ya que dependerá del encantamiento de los amantes. No obstante, sólo basta el primer instante en que los cuerpos (o labios) se encuentran y se asimilan para comenzar la exploración. Es, muy probablemente, este lapso el que evocan nuestros recuerdos y referencias del beso amoroso, el olor y el tacto de ese signo que producimos y nos (re)produce simultáneamente, transformándonos también en significantes del amor sólo para darnos cuenta que, precisamente como señala Octavio Paz, dos amantes han transformado el mundo.

Los amantes se saben poseedores de una gran dicha: el amar y ser amados. El deseo los consume en un arrebato de fuerza única, una fuerza equiparable a la tragedia que sólo ellos comparten en una celosa actividad restringida a sólo dos actantes, porque el beso es también celoso, sólo de dos: tuyo y mío (nuestro). Cualquiera que haya besado sabrá de lo que hablo.

Es entonces que los amantes, celosos, buscan resguardar lo que en ese instante es suyo, lo que su diálogo y sus signos han construido. Los amantes se recluyen de la mirada pública, resguardan el instante, se sienten protegidos, exclusivos y privilegiados: han entrado al último rincón del mundo, el espacio ideal para los amorosos.

Este rincón destinado para los amorosos ha sido develado por algunos artistas quienes, en una suerte vouyerista, nos hacen cómplices del proceso de reconocimiento, nos volvemos espías de dos amorosos que, probablemente, hayamos sido también nosotros.

Las escenas se preparan para develarse ante nosotros como en una especie de sorpresa catártica. Nos acercamos para sorprender a los cuerpos presos de las figuras amorosas, como diría Barthes, “con el gesto del cuerpo sorprendido en acción, y no contemplado en reposo: el cuerpo de los atletas, de los oradores, de las estatuas: lo que es imposible inmovilizar del cuerpo tenso”.(2) Los amantes, presos de su propio discurso, se vuelven héroes solitarios enaltecidos a través de la mirada del artista (y ahora la nuestra).

Por ejemplo, Munch nos muestra la figura de los amantes encontrándose, reconociéndose, leyéndose, en un acto tal vez simple pero ajeno a lo cotidiano, recluidos a ese rincón. Tras la ventana, el mundo continúa su marcha, se olvida de la presencia de los enamorados y ellos olvidan, aunque sea por un instante -el instante catártico-, las obligaciones de la sociedad que ha abandonado un discurso que ahora ellos practican. Sus cuerpos, sujetos por labios y brazos, se funden en una suerte platónica: el andrógino emerge de las sombras, supera el abismo y permanece a mitad de él sin salir o moverse, presa del deseo de fundirse con el otro. El beso es la unión de este nuevo ser, de él se conforma la nueva figura de los amantes, juntos crean ese nuevo signo reservado para el artista imaginativo y el espectador que busca reencontrarse con algo que siente perdido.

El beso – Edvard Munch (1897)

De igual manera, uno de los pintores que brindó un intrincado uso del beso fue Magritte con su serie Los amantes. Resulta curioso, ya que el pintor belga siempre quiso mantenerse al margen de las interpretaciones de sus cuadros. Para él, los elementos de sus pinturas eran simples signos volcados al lienzo donde “lo que cuenta simplemente es ese momento de pánico y no su explicación”. ¿Es entonces este beso un momento de pánico ante lo desconocido? ¿Se presenta, de nuevo, el abismo común de los amantes? ¿Es el origen de este vacío la unión de ambos labios o los velos que resguardan los abismos individuales de cada uno? Si bien para la escena de Magritte puede haber diferentes interpretaciones (o ninguna), lo cierto es que el beso está ahí dispuesto en un escenario onírico y apartado como un punto en el que los contrastes se encuentran sin que los actantes se percaten de eso. Los amorosos actúan a tientas unidos por un acto tan simple y a la vez tan significante como el besar un velo sobre el rostro (des)conocido y deseado. Polisémico y abierto a la interpretación, este cuadro puede recordarnos las múltiples perspectivas del amor que, a pesar de todo, pueden converger en un solo punto.

Los Amantes I – René Magritte (1928)

Por último, los amantes se vuelven también hablantes de un discurso que sólo ellos conocen. Sólo ellos aceptan sus actos, las deficiencias de sus signos, inventan nuevos y los suman a su repertorio. Ante la mirada de Lautrec, los amantes se rinden, juegan, se entregan, combaten, desfallecen, se ufanan de su privacidad, de su reserva inmediata de lengua, sonidos y labios. Es así como entregan exahustos un aliento de complicidad, el acercamiento anunciado para sellar los actos a los que sólo ellos pueden acceder, y agradecen ser ambos los protagonistas de una lucha augurada en la tregua momentánea.

En la cama: el beso – Toulouse Lautrec (1892)

Es ante la mirada (o el beso) del arte y la fuerza del instante que los espectadores evocan cuadros donde sólo ellos conocen el rostro y, seguramente, los labios de sus protagonistas. Este pequeño recorrido no tiene como fin inmortalizar una serie de amados anónimos, sino levantar un espejo o ventana en la cual todos los amantes puedan llegar a reconocerse, reinventen sus propios signos, los reconozcan y continúen “bebiendo las palabras en los labios amados”(3) para, de una vez por todas, (re)encontrar su anhelado significado.

Al final, este ejercicio puede ser un somero acercamiento al augurio de Barthes: la boca se cansará de significar con palabras y buscará la libertad de su uso común para cumplir una simple y poderosa función: hablar besando, besar hablando.

(1) Barthes, Roland, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, México, 2009, 294 p.
(2) Ibid. (pág. 18)
(3) Barthes, Roland, Roland Barthes por Roland Barthes, Paidós, España, 2010, 272 p.

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