Estás aquí
Home > Cine > A la deriva, estética moral

A la deriva, estética moral

La violencia es una cotidianidad desagradable con la que identificamos espacios, designamos formas, orillamos situaciones y representamos al otro; una problemática a la que otorgamos, quiero pensar, inconscientemente los beneficios categóricos de la duda, al menos más de los que su breve desplante merece.

En una comunidad acostumbrada al orden social, la violencia no tiene cabida: es eso que se evita, se esconde, es lo que se mira sobre el hombro y de soslayo, lo que en su articulación se presenta, eso que se profiere cuando nadie mira, pero todos conocen, es la forma áspera, oculta, mimetizada, pero humana y que compartimos todos. Desde nuestra perspectiva moral, el otro, por ser el otro, ya violentó de alguna manera la construcción de nuestro mundo.

Con estas premisas se presenta la cinta A la deriva (2015)opera prima de Peter Gronlund, en la que Minna, una mujer problemática para el orden establecido y los convencionalismos en los que se desenvuelve, se presenta ante nosotros inmersa en un caos de anfetaminas y espacios como cuerpos deturpados. Desde los primeros momentos su conflicto es permanecer en ese estado en el que ella es. Sin deseos de formular o repensar su vida, corre de una escena a otra para conseguir dinero y pagar el alquiler, de lo contrario será desalojada y perderá su refugio: un territorio construido para reflejar su psique: las consecuencias de no pertenecer; así, dentro de ese significante de pocilga confortable, ella guarda y almacena su personalidad.

Para conseguir el dinero estafa a uno de sus camaradas, vendedor de narcóticos, quien le da dinero de su “patrón” para un negocio más grande. Escapa con lo conseguido hasta su departamento para pagar la renta. Al llegar, la dueña del lugar y un par de personas más sacan sus pertenencias de aquel sitio, uno de ellos llama a la policía al encontrar su báscula y unos cuantos gramos de cocaína. Hasta este momento la relación de Minna con su entorno, las personas que la rodean y su gata, cambia, se aferra a unos mientras a otros engaña, proponiendo una resignificación de sus vínculos: tejido de lo peor y lo mejor de ella, pero sin ser ella misma; esto a lo largo de la cinta tendrá la peor de todas las repercusiones.

Se entromete con la persona equivocada, el dinero que tomó no era de su camarada (¿advertencia, un antihéroe que conoce el riesgo de su iniciación?), sino de un delincuente peligroso, Korsbäck. Un personaje monstruoso, mal encarado, deforme: en desacuerdo con la estética moral (¿o por qué está construido de esa manera?); con un rostro demacrado por la violencia, la genética aterradora y la exageración de sus expresiones, se desenvuelve de manera casual y vívida con el síntoma patético del delincuente para iniciar el conflicto de toda la historia: escape y expiación de Minna.

Cuando Minna lo estafa conoce por accidente a un personaje, Katja, quien a lo largo de la cinta se vuelve casi su amiga, o algo similar (¿al parecer esta vida no tiene ni amnistía ni amistades?). Los vínculos de la cinta no son muy fuertes, o por lo menos no alcanzan la profundidad deseada para las acciones cometidas, ya que están como detenidas en un momento, no conocemos el trasfondo de sus historias, por eso no podemos juzgar esta relación. Esa ausencia de información se vuelve una parálisis en el desarrollo de los personajes, al no conocer más que lo superficial, el vínculo entre ellas es vacuo y nimio, lo que no alcanza y se detiene.

Ellas se refugian en una casa rodante dentro de una comunidad de viajeros con costumbres, reglas, normas y permisos a la orilla o a la deriva de un suburbio bien establecido, normalizado y sistémico. Es ahí donde conocemos mejor el “ser ahí” de Katja o al menos su presente como el resultado de lo desconocido. Ella es un símbolo arquetípico de la mujer alcohólica: pierde a su familia o la cambia por una botella, su hijo la desprecia por momentos, la despidieron de su trabajo, pero busca superarse sin dejar la bebida. Eso cambiará a lo largo de la cinta, quizá porque quiere reencontrarse con su hijo antes de perderlo, aunque parece más un pretexto, ya que si en toda la cinta un personaje va a la deriva, es ella por todos los significantes como recursos.

Una discusión entre Katja y Minna tiene como resultado que Korsbäck la encuentre y vaya hasta ella para violentar su estancia en aquel espacio, donde Minna vive con la condición de no causar problemas ni alterar la ¿armonía? La maldad de la violencia está en todo lo que continúa hasta su desenlace: no puede pagarle el dinero que le robó y como penitencia tendrá que trabajar para Korsbäck. A propósito, Levinas dijo en Totalidad e infinito: “la violencia no consiste tanto en herir y aniquilar como en interrumpir la continuidad de las personas, en hacerles desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, en hacerles traicionar, no sólo compromisos, sino su propia sustancia; en la obligación de llevar a cabo actos que destruirían toda posibilidad de acto”. La historia se detiene y como si volviera a empezar, cualquier avance que tuviera Minna era destruido por Korsbäck, todo el planteamiento, hasta aquí, es como para reflexionar en el mundo del que no podemos salir porque la violencia ya terminó con toda la posibilidad de actos.

La cinta continúa en estas sentencias moralistas en la que, para el colmo, hay dos sociedades en relación: una macro, sumamente marcada y colonizadora; y una micro, a la deriva. Esta última es la comunidad de casas rodantes a la que Minna llega a vivir, la primera es la de los “vecinos”, el suburbio que se hereda, el territorio establecido de los privilegiados, esos que siguen las leyes y a quienes, al parecer, esta cinta está dirigida.

Con violencia mesurada (para este contexto) se pone en términos de “a la deriva” ese río que va hacia la cascada de lo perdido, un borde muy sistemático, pero una orilla que no cae a los abismos, sino a una colcha inflable de rescate por una razón, la comunidad establecida tiene la categoría moral para no permitirlo. La sociedad de casas rodantes a la que llega a vivir Minna es sin duda viciosa, empobrecida, es la comunidad echada a un lado, el reflejo de la indiferencia y desigualdad, esa historia romántica e hipócrita de progreso (¿qué es el progreso?) y disparidad, traicioneros (de un sistema, de su mismidad), pero sin delinquir, con macro y micro límites que, en una especie de concilio, nadie sobrepasa y quien lo haga es expulsado: reglas que son vigiladas por los vecinos, gente que tiene (por mandato social normativo) el derecho de imponer las reglas para la convivencia, porque tienen un trabajo, un automóvil (todos significados del “su progreso”), perros a los que pasean y molestias acumuladas por esos invasores que están A la deriva: lúdica moralista.

A decir verdad, me siento terrible porque no tuvo un efecto en mí y creo que ni en mi contexto, debido a que aquí impera la evasión de la reconciliación, donde los convencionalismos se olvidaron con el sentido común, donde la palabra no se empodera desde la comunidad, sino desde el sistema, donde se ha desgastado la noche del crimen; un lugar hecho al viceversa bifurcada, donde se culturalizó esa violencia levinasiana y esa forma de vida que los otros prefieren mantener oculta y como algo a la deriva. Ese fue el verdadero balde de agua o sangre fría que me despierta para descubrir la insensibilidad como cause de la indiferencia a la problemática nacional: el asesinato y el narcotráfico.

Déjanos tu comentario

Si te gustó nuestra nota, ¡compártela!

Top